miércoles, 1 de noviembre de 2017

“San Pablo, buen presente y mejor futuro”


Siempre con intenciones de empezar a conocer los lugares donde nacen los vinos que bebemos, en esta oportunidad decidí elegir uno para poner el foco, profundizar en las características que lo distinguen, compartirlas con ustedes, y sobre todo tratar de relacionar el lugar con los vinos al momento de degustar, y así lograr entender mejor de qué manera pueden influenciar cada uno de éstos en los vinos. Es un tema que no hace muchos años poco y nada teníamos en cuenta, y que en lo personal considero que es el paso que debe dar nuestra viticultura para seguir creciendo; para ser más preciso, ello consistiría en explotar la diversidad que nos pueda aportar nuestra inmensa y rica geografía, y dejarla expresada con la mayor claridad posible a través de los vinos. Esto nos hará crecer sobre todo a nivel país y de esa manera, en el futuro, el mundo nos podría empezar a reconocer más allá que por la calidad de nuestros malbec, como es hoy, por cada uno de los diferentes lugares que dan origen a los vinos.





El lugar que elegí para desarrollar es San Pablo (SP), ubicado en la zona más alta del departamento de Tunuyán dentro del Valle de Uco. Recordemos que el Valle de Uco se encuentra al sudoeste de la ciudad de Mendoza con una superficie plantada de 30.000 has, formado por la Cordillera frontal y la región de las Huayquerías; la altitud varía desde los 900 a 1.700 msnm, y los otros dos departamentos que lo forman son Tupungato y San Carlos.






Producto de la altura y la cercanía a la Cordillera, en general la región se caracteriza por inviernos rigurosos, veranos con días templados tirando a cálidos, sobre todo con noches bien frías. Esa amplitud térmica favorece a una muy buena producción de color y taninos en las uvas, lo cual permite disponer de materia prima ideal para obtener vinos de alta calidad con aptitudes especiales para una crianza más prolongada.


En la última década muchas bodegas que nacieron en otras zonas con mucha historia vitivinícola de Mendoza, como Luján de Cuyo o Maipú, se inclinaron por el Valle de Uco para obtener sus vinos de mayor calidad, en un principio seleccionando sólo sus fincas. En la actualidad varias han instalado en el lugar un segundo establecimiento exclusivo para la alta gama; zonas como Gualtallary o Paraje Altamira son claros ejemplos de las más renombradas hoy. Por suerte, están cada día más lejos de ser las únicas; de hecho, hoy mi elegida es SP, y no fue al azar. La decisión está fundada en haber bebido estos últimos años e identificado ciertas características que me agradaron de manera especial, y que además me hicieron pensar en un gran potencial de la región.


                                          



SP se inicia al pie de la Cordillera frontal y se extiende hacia el sureste con una pendiente natural; sus suelos son producto de materiales de la Cordillera, trasladados y depositados por el viento y por el agua. Enmarcado entre dos importantes cursos de agua de la zona, como son el Río Las Tunas y el Arroyo Villegas, muestra una distribución de suelos jóvenes que van de limos y arenas finas a conglomerados de medios a gruesos. Los suelos en promedio son más profundos y más homogéneos en profundidad que en zonas vecinas. El contenido de calcáreo también tiende a ser menor, pero más homogéneo. SP abarca una superficie aproximada de 5.300 has y, para agregar un dato más, se ubica dentro del distrito de Los Árboles.

Debo confesar que la primera vez que escuché hablar a alguien del lugar con mucho entusiasmo fue a Sebastián Zuccardi en un almuerzo que coincidimos casualmente en Mendoza a principios del 2013. Él contaba sobre la altura, recuerdo como si fuera hoy aquella charla en la que resaltaba lo extremo del clima, las bajas temperaturas. Y hoy vuelvo, casi como retomando aquella conversación, como si el tiempo no hubiera pasado, pero con más de una docena de vinos degustados recientemente de diferentes productores para compartir aquí.
La altura en SP va de 1.100 a 1.700 msnm. Como sabemos, la altura es una de las variables que inciden para las bajas temperaturas, y más aún en un lugar particularmente muy abierto; si la comparamos con el resto de las regiones del Valle de Uco, su promedio de T° es el más bajo de todas. Incluso, a pesar de estar tan cerca y tener bastante en común con su vecino Gualtallary, SP tiende a ser más húmedo, lo cual colabora a esas condiciones extremas provoquen que a la vid le cueste más tiempo en alcanzar la maduración azucarina (futuro alcohol) y polifenólica (taninos y color). Por tal motivo esta zona originalmente fue pensada para base de espumantes o variedades de ciclo vegetativo más corto como algunas blancas precisamente de climas fríos. Otra particularidad que tiene es una pendiente algo más marcada sobre todo en la parte más alta, en pocos metros de distancia las alturas pueden variar de 1.200 a 1.400 msnm, por ende, la temperatura promedio también.
A pesar de todas esas adversidades, hubo productores que no dudaron en plantar algunas tintas, aunque para ello tuvieron que adaptarse con sus trabajos a las condiciones del lugar. Por ejemplo, en la altura de SP un malbec tarda casi 30 días más en madurar que en sus vecinas Altamira y Gualtallary. Mientras que en estas últimas hay que practicar una viticultura para evitar la sobremadurez, en SP hay que trabajar especialmente para alcanzarla. Eso me decía Seba Zuccardi mientras probaba su Polígonos del Valle de Uco Malbec San Pablo 2015, con una nariz que me recordaba mucho más a hierbas silvestres que a la concentración de fruta roja o negra característica de otros vinos del valle. De igual manera, su intensidad colorante me llevaba más a la de un pinot noir, que al profundo de cualquier otro par. Esto último es producto de extracciones bien moderadas que prefiere practicar Seba, lo cual considera ideal para lograr la expresión más franca aclara. Recuerdo haber encontrado matices un tanto similares cuando probé hace un año los Island, los vinos personales de Ariel Angelini, que nacen también en la región.

Los suelos en SP pueden combinar arena, caliche y piedras cubiertas de carbonato de calcio pero de un tamaño mediano, en comparación menor a las que solemos encontrar en Paraje Altamira. Ya conocemos también de esa sensación de textura en boca que suelen aportar este tipo de suelos; Seba aclara que ésta, más una parte de racimo entero que utiliza al momento de la vinificación, suman a darle más boca a su malbec, que como aclaramos naturalmente tiende a nacer con un alcohol más bajo.


Hasta aquí la interpretación de uno de los hacedores que más me motivó a elegir esta zona. Ahora bien, de igual manera que tratamos de hablar de la riqueza en nuestra geografía, lo quiero cruzar con la diversidad de interpretación de cada uno de los productores. Otro vino del lugar que también me gustó fue Las notas de Jean Claude de Bodega Tapiz, una de las grande bodegas que tempranamente llegaron . Éste no tiene absolutamente nada que ver en estilo al que describimos anteriormente; un vino con un 91% de merlot de SP (1.350 msnm); evidentemente Jean Claude Berrouet, quien se desempeñó durante 30 años como director de Cháteau Pétrus, y asesorando para esta etiqueta de Bodega Tapiz, también fue seducido y creyó en el potencial del lugar para elaborar un vino que por su fineza, firmeza en boca y complejidad, se ubica claramente en otro nivel entre la media de nuestros alta gama. Quizás, a ciegas, resulte muy difícil descubrir su origen. Pero esa bella frescura que encontré en ambos vinos, producto de la acidez natural que imprime el lugar, colaboran a que mientras al desnudo el Polígonos se mostró sumamente característico, al tope de gama de Tapiz le otorgue una cuerda para seguir desarrollándose y acomplejándose por bastante tiempo más, a pesar que ya cuenta con cinco años encima.


Casualmente mientras preparaba este informe, coincidió la oportunidad de probar muestras 2017 para futuros vinos de alta gama que me acercó Roberto Romano de Barroco. Fue una tanda de 10 vinos, en la que otra vez se me presentó la oportunidad de comparar un malbec de SP en similar instancia con dos de zonas vecinas como Gualtallary y Los Chacayes. Si bien en este caso a la vista eran todos de aspecto bastante similar, en boca claramente al de San Pablo le encontré taninos más suaves y más amables que a los otros dos, y nuevamente aparece esa sensación de seductora fluidez que colabora al largo de boca. Romano me anticipaba que sólo el de Gualta y Los Chacayes seguirán su crianza en barrica; al de SP sólo le espera tiempo en botella. Me parece muy acertada decisión para no perder esa sutileza que lo distinguió de los otros. Un comentario aparte: en lo personal, me dio felicidad distinguir claramente cada uno de los lugares, y no saber cuál elegir, porque todos estaban bárbaros.


La tanda de vinos seleccionados para probar y seguir sacando conclusiones fue la siguiente:

̶ Salentein San Pablo Single Vineyard Chardonnay 2013 Plot N°2
̶ Salentein San Pablo Single Vineyard Pinot Noir 2012
̶ Diego Rosso Pinot Noir 2010
̶ Trivento Golden Reserve Pinot Noir 2016
̶ Polígonos del Valle de Uco San Pablo Malbec 2014
̶ Polígonos del Valle de Uco San Pablo Malbec 2015
̶ Tupun Reserve Single Vineyard Malbec 2014
̶ Diego Rosso Malbec 2010
̶ Trivento muestra de Malbec 2016
̶ Trivento muestra de Malbec 2017
̶ Tupun Singular (Malbec/Cabernet Franc) 2014




Si bien todos fueron elaborados con fruta proveniente de SP, claramente los hubo en diversos estilos: con mayor, menor o nula presencia de madera; con diferente tiempo de crianza, más o menos maduros. Pero hubo un denominador común a todos y fue esa frescura que venimos resaltando desde el comienzo; porque no sólo la encontramos fácilmente en los vinos de perfil más calcáreo, como fue el caso del Polígonos, sino también en los más evolucionados, maduros y con más aromas de crianza en roble, como fueron los casos del SV Pinot Noir y el SV Chardonnay de Bodega Salentein.



Aromas a hierbas silvestres, florales y fruta tirando a ácida se compartieron tanto en las tres muestras de Trivento como en las de Tupun, y a pesar de todos poseer crianza en madera, y que se percibió en las cinco muestras, pero que no opacaron en ningún caso las características mencionadas. Allí, además, me permite percibir una sensación de buen futuro, porque estoy seguro de que tienen mucho por delante el Singular y las muestras de Trivento. Manuel Pelegrina, dueño de Tupun, me decía: “cuando en la bodega catamos diferentes añadas de las diversas fincas, con el tiempo en botella, suelen ser los de SP los que siempre se destacan porque tienden, además de crecer con la guarda, a sentirse siempre jóvenes”. Confirmo esa apreciación cuando tomo el Malbec de Rosso con 10 años encima, y veo que está transitando un gran momento, ya que combina complejos aromas terciarios, pero muy bien sostenidos con toda la fluidez típica de un vino joven, combinación ideal.


En algunas charlas que tuve, todos los productores hablaron de la belleza de SP, algo que pareciera ser menor, pero cada vez más coinciden en que estos lugares tan especiales cuentan con un paisaje único, y con una postal que los diferencia a primera vista de cualquiera de sus zonas vecinas, de igual manera como luego ocurre cuando los empezamos a descubrir degustando sus vinos.


Precisamente le pregunté a Germán di Césare, enólogo de Bodega Trivento, sobre qué percibía él cada vez que llegaba al lugar, y me comentó algo así: “es un zona que me encanta visitar. Desde bodega Salentein llegás subiendo por la calle San Pablo, siguiendo por una huella de tierra te empezás a encontrar al costado del camino con chañares, jarillares, algo de zampa, y hasta tomillo silvestre, que cuando lo pisás te sentís rápidamente rodeado por su perfume; esos viñedos tan altos, inmersos en ese típico paisaje de montaña, todo 100% natural es incomparable; sus piedras, arroyos, el aire en ese lugar te reaviva el alma. Disfruto mucho el simple hecho de sólo acercarme hasta ese viñedo”. Escuchando a Germán, me nació la pregunta: “¿cuánto tendrán que ver esas hierbas que me describe con las que percibimos en varias de las etiquetas degustadas?”.



Volviendo al clima, mucho se habló de una zona extrema, con vinos de PH tan bajo, similar al de un blanco, y lógicamente responsable principal de esa alta acidez natural que tanto destacamos. Éste es un atributo fundamental para una larga guarda. A pesar de que, en función de la marcha climática, puede que algunos años resulte muy complicada la maduración, seguramente habrá otros que no, y serán aquellos que seguramente se destacarán por excepcionales. Constancia, precisión en el trabajo, tiempo, y sobre todo catas verticales, evidenciarán en el futuro ello que les comento, estoy seguro.


Varios hablaron de lo importante que es la menor intervención para que el terroir quede expresado de la mejor manera posible. En lo personal, reconozco que yo también me estoy convirtiendo casi en un fundamentalista de los vinos “más desnudos” en pos de poder percibir más claramente su origen. Sin embargo, no dejo de festejar cuando cada productor aporta su interpretación a través de un estilo que va definiendo con coherencia y dedicación cosecha a cosecha. Es entonces cuando mi experiencia como consumidor me ayuda a distinguir esas dos variables, estilo del productor más lugar de origen, que combinadas suman en complejidad, y en ampliar las chances para lograr día a día vinos más especiales, únicos.


En resumen, para que nos distingamos en el mundo, un vino se debe distinguir previamente de su vecino del valle. Eso sí, ante todo respetando la identidad del lugar. Hoy aquí le tocó a San Pablo. Sólo espero yo también en mi relato, aunque simple, haber sido lo más respetuoso posible de lugar; también soy responsable, nunca más convencido de que esto se lleva adelante entre todos.

(*) Las fotos de las fincas pertenecen a Bodega Tapiz, los mapas y el corte de suelo a Familia Zuccardi.





domingo, 30 de julio de 2017

Vertical + vertical, aprendizaje “al cuadrado”



Hace algunas semanas recibimos por segunda vez en Mr. Wines a Roberto de la Mota, enólogo y socio de la familia Sielecki en Bodega Mendel Wines. Algunos recordarán que su primera visita había sido allá por octubre del 2014. Aquella jornada fue sumamente especial para mí, ya que además de que Roberto estuviera visitando en ese momento mi nuevo espacio, nada menos que para realizar una cata vertical completa de Mendel Unus, luego de ello a ese 1 de octubre decidí tomarlo como la fecha de inauguración oficial de mi cueva. Ese día sentí una mezcla de nacimiento y bendición; siempre lo digo: algo que me marcó un camino que decidí seguir a fondo, y que me gusta contar con orgullo, porque suelo tenerlo muy presente.
Recuerdo también que ni bien habíamos terminado aquella primera vertical del blend, uno de los emblemas de la bodega, ante la “desafiante” pregunta de uno de los asistentes, Roberto se despidió afirmando que la próxima vertical debería ser de Mendel Semillon; blanco que en ese momento me gustaba como otros tantos, pero que tampoco lo sentía de la manera especial que sí lo percibo hoy cuando lo degusto. Esto me indica que mi cabeza, gusto o paladar cambió bastante en menos de tres años, porque si bien aquella noche la propuesta de Roberto pintaba más que interesante, debo confesar que yo poco confiaba en que un blanco pudiera conservarse durante tanto tiempo igual de bien, como lo había demostrado el Unus en esa oportunidad, y que pudiera regalarme la misma satisfacción que me entregó ese gran tinto aquella noche.
Desde aquel 1 de octubre corrieron casi treinta meses; no sé si es mucho, pero sí fue mucho el vino que probé y lo que creo haber cambiado. Fueron meses que, por mi actividad, se vivieron siempre intensos; saben de lo que hablo porque junto a muchos de ustedes lo vivo y lo comparto en el día a día. Así fue creciendo mi ansiedad por finalmente poder concretar aquella vertical prometida de semillon. Estimo que, además de empezar a confiar más en una buena evolución, también aprendí como consumidor a disfrutar de otra manera de los blancos, e inclusive de aquellos con más años de guarda; a valorar aquellas sutilezas que aporta el tiempo, y, al igual que con cualquier tinto, también aprender a identificar en qué parte de la curva de su vida está transitando, para determinar si continuar guardándolo para que crezca en botella o no.
Es cierto que hoy en día también ponemos más foco en distinguir los atributos de algunos blancos y la importancia del lugar de donde proviene la uva; en este caso, un antiguo viñedo de 67 años en Paraje Altamira (Valle de Uco), plantado a pie franco. En aquella primera oportunidad, Roberto también se refirió a los cuidados en su elaboración y al desborre previo a baja temperatura sin protección del oxígeno; de esa manera se oxidan tempranamente los compuestos más oxidables, para evitar que lo hagan en el futuro en su guarda en botella. Sólo un 15% del vino está fermentado en roble francés nuevo Taransaud; este último, además, tuvo seis meses de contacto con lías, sabiendo todo lo que aporta en complejidad, a la boca y a la guarda, lógicamente.


Ahora la única incertidumbre que queda es saber cómo fue realmente su evolución. Finalmente el día llegó: Roberto visitó nuevamente la cueva, en primer lugar para cumplir con aquella vertical prometida que se llevó a cabo junto a los miembros de Argentina Wine Bloggers (AWB). Como si ello fuera poco, la jornada no terminó allí, porque hubo una segunda parte en la que los privilegiados fueron algunos clientes y amigos. Para ello Roberto tenía preparada otra vertical, pero de Mendel Cabernet Sauvignon. Ser dueño de casa lógicamente me permitió realizar ambas degustaciones, así que el disfrute fue “al cuadrado”. Con esto quiero expresar que el placer fue mucho más que el doble, porque pude sacar algunas conclusiones extras.
De los semillon probamos las cosechas 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015 y 2016; del cabernet probamos 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014 y 2015. Para ambos vinos, Roberto aclaró que en cada una de las etiquetas siempre se mantuvieron la misma elaboración y crianza. Por ejemplo, la de los cabernet históricamente combinó 1/3 de barricas de diversos usos, de grano fino y siempre con uva proveniente de su finca de Perdriel (Luján de Cuyo). Todas esas coincidencias año a año fueron ideales para comprobar que, si se encontraban algunas diferencias entre cosecha y cosecha, éstas tendrían que ver principalmente con la marcha climática de cada añada en el lugar de origen de la uva, y de este modo asegurarse de que no obedecían a las prácticas llevadas a cabo.
Para ambas catas servimos todos los vinos al mismo tiempo. La idea era que en copa todos pudieran tener la misma ventaja frente a la aireación. Además, es ideal para ver el comportamiento de cada uno en simultáneo.
Arrancamos con el blanco. Todas las botellas se encontraban en perfecto estado, inclusive el 2009; claro que tanto en nariz como en boca, a medida que transcurría el tiempo y subía lentamente la temperatura en el copón, se empezaban a percibir marcadas diferencias. En nariz, las notas de miel, algo de fruta tropical y, sobre todo, la de frutos secos (avellana principalmente) en los más añejos, se iban resaltando en diferentes medidas; todo muy sutil, pero nítido. En boca, en algunas añadas se percibía claramente su destacada frescura y acidez en el paso. Roberto aclaró que eso tiene que ver directamente con años que fueron más fríos, en los que la uva maduró más lentamente. Esos que se mostraron más vivaces fueron los que resultaron más interesantes al panel de cata, y seguramente sean los que seguirán manteniéndose mejor en el tiempo. En cambio, en algunos años más cálidos los aromas me recuerdan más a fruta tropical, pero madura, y cierto dejo a caucho o goma quemada; esa sensación la recuerdo principalmente en la 2014.
Haciendo memoria, algo similar había ocurrido en aquella vertical de Unus que habíamos realizado en el 2014: los años más fríos, de evolución más lenta en el tiempo, se percibían más vivos. A los semillon 2010, 2013 y 2016 los destaco con esa frescura, aunque el 2016 me genera una incertidumbre extra, ya que fue un año muy especial, según los productores, y así lo encontré también al degustarlo: un vino que se apoya más en la tensión en el paso, aportando largo, y con tonos aromáticos que van más hacia los cítricos. Roberto señaló que en esta añada no se hizo maloláctica, con lo cual esa sensación eléctrica en boca se acentúa. En lo personal, la suma de todo eso me encanta y me anuncia mucho futuro. No me gustaría dejar pasar por alto el momento actual de la 2015; a pesar de que no fue un año tan fresco como los anteriores, en boca se mostró muy expresivo, equilibrado, y con una paleta aromática compleja e interesante que combina mucho de lo mencionado, entre la miel, lo frutal y lo floral.
Un consejo que me gustaría darles a los consumidores es lo atractivo que resultan este tipo de blancos cuando se beben algunos grados de temperatura más arriba de lo que se hace habitualmente. Les aseguro que es otra historia cuando empiezan a abrirse en aromas; además de funcionar acompañando algún plato, porque suelen ser bien gastronómicos, también pueden disfrutarse muy bien solos y casi a la temperatura de un tinto liviano y joven.
Al terminar la cata de blancos, acomodamos rápidamente el salón para que ingresara el segundo grupo y comenzar con la vertical de Mendel Cabernet Sauvignon. Ni bien servidas las siete cosechas, lo llamativo fue no registrar de entrada las diferencias que sí habíamos encontrado con los blancos. Tuve que repasar más de una vez cada uno para tratar de encontrar mi preferido y sacar algunas conclusiones. Se me ocurre que, al menos en esta instancia, la variedad dejaba transparentar mucho menos las diferencias entre una añada y otra; posiblemente, los años en botella colaboran para que algunas se puedan despegar y distinguir en calidad.
Entre mis elegidos estuvieron el 2013 y 2015, o bien fueron lo que me dijeron más en la primera impresión. Francamente no pude tomar mucho más registro; imagínense: dos verticales en mi casa, sólo en un par de horas, tratando de no dejar pasar por alto cada comentario de Roberto, mientras lógicamente colaboraba con el servicio.


Pienso en la cata de Unus, blend que, a pesar de tener cabernet sauvignon en su composición, igualmente supo reflejar de manera franca y clara cada año. Quizá sea responsable de ello el malbec, que ocupa el mayor porcentaje de ese corte; mientras que el cabernet, no menos importante, aporta estructura y boca, y por ello resulta fundamental; en síntesis, es igual de efectivo en su función, pero mucho más en silencio.
Feliz, al igual que todos los asistentes, esta intensa y única jornada fue coronada con un petit verdot (PV) que Roberto utiliza en muy bajo porcentaje en el corte de Unus, del cual tiene vinificado como varietal sólo una barrica, y que lógicamente, al ser tan poca cantidad, nunca sacó a la venta. Esta variedad poco a poco me viene enamorando cada día más, y a éste me animo a ubicarlo entre los PV que más me gustaron en mi vida. Tiene una particularidad muy especial, que seguramente colabore para diferenciarlo del resto de los vinos que hay en el mercado con esta cepa: proviene de un clon que Roberto había traído de Chateau Margaux (Burdeos, Francia) allá por la década del 80, cuando poco y nada se sabía de esta cepa por nuestros pagos. Seguramente todos los clones que se importaron posteriormente no tienen nada que ver con éste. El vino proviene de un viñedo actualmente de 17 años, ubicado en Mayor Drummond (Luján de Cuyo) frente a la bodega; posee una crianza en barrica de doce meses, similar a la que se le hace al Mendel Cabernet Sauvignon.

Fue un lujo que Roberto haya traído para compartir semejante joya que sólo entrega 300 botellas al año, y que las conserva guardadas en su cava para compartir con sus amigos en momentos especiales. Desde ahora me hace empezar a soñar que la próxima vertical en la cueva la tenga como protagonista, para que el placer y el aprendizaje se sigan potenciando “al cubo”. 

sábado, 15 de julio de 2017

Mr. Wines Tour: el lugar, las personas y algunas conclusiones (Parte I)


La mayoría de nosotros solemos disfrutar mucho del vino en diferentes momentos o circunstancias, acompañando la mesa diaria, el finde junto a algún menú particular o en acontecimientos más especiales. Lo probamos, y frente a él decimos lo más importante –“me gustó”, “no me gustó”– o, quizás más simple aún, disparamos un “maso”. Podemos profundizar un poco más y preguntar qué variedades de uvas lo componen, si tiene crianza especial o no, de qué zona de nuestro país proviene. Todo eso para retener en nuestra memoria su marca, y así repetirla, para luego recomendarla o no.
Cuando uno avanza en esa relación con el vino, las preguntas empiezan a multiplicarse, y es grande la satisfacción cuando uno comienza a encontrar respuestas y puede asociarlas de manera directa con aquello que está degustando. El tema es que por suerte esas preguntas nunca se acaban; al contrario, se siguen multiplicando. Algo así como “cuanto más entiendo, más descubro, y más placer me da”; al menos eso me pasó a mí.
Como siempre, vuelvo a repreguntar. Entonces aprovecho la visita de un productor a Buenos Aires para “bombardearlo” en un interrogatorio, y que me cuente sobre esa etiqueta que tanto disfruto, como si fuera un director de cine hablando sobre el guión, los actores o el backstage de su película; o tal vez como cuando el chef, además de presentarme su plato, me relata al detalle sobre el origen de cada uno de sus ingredientes. Ese dato tan preciso hace que pueda imaginarlo todo o casi todo, lo cual posiblemente termine justificando la belleza, el sabor, sus sutilezas o hasta incluso su valor.
Cuando uno se introduce en este mundo, tener la posibilidad de conocer el lugar de origen de donde provienen las uvas con que fue elaborado y charlar con quienes participaron o tomaron las decisiones de esa vinificación me completa una buena parte de la película. No digo “toda”, porque tenemos la suerte de que cada año fue, es o será diferente: así es cosecha tras cosecha. Por eso siempre seguiré necesitando de más tiempo, de más viajes, de más gente y lugares por conocer.
Hoy quiero comentarles sobre un viaje de cuatro días en Mendoza, puramente enófilo. Durante más de 14 horas diarias, charlamos con más de veinte productores, probamos más de 120 vinos y recorrimos una docena de fincas. Por supuesto, se me dispararon mil veces más las preguntas que hace 15 años, cuando tuve un momento de mi vida que equivocadamente creí entender algo sobre esta bebida maravillosa, que disfruto cada vez con más intensidad. A medida que uno avanza en edad y experiencia, empieza a disfrutar más a pleno cada momento, tal como ocurre en otros aspectos de nuestras vidas.
Como es habitual todos los años, en el marco del Mr. Wines Tour, junto a un grupo de “amigos muy interesados en el vino” –no hablaré de “enófilos” para evitar que piensen que es cerrado y super selecto–, viajamos a Mendoza con la idea exacta de estar full time visitando a productores sin discriminar en tamaño, aunque los más pequeños suelen ser siempre mayoría.





Por mi actividad laboral (aunque tranquilamente podría decir mi hobby), cargo con varios de estos viajes, que para cualquiera de los casos son lógicamente muy productivos, sobre todo porque me doy cuenta de que cada uno de ellos agudiza mi sensibilidad. No me refiero precisamente al acto de catar, mucho menos al de ser un profesional puntuador. Catar, en este sentido, sería como elegir “Miss Mundo” desde un panel sobre el costado de un escenario iluminado en un concurso de belleza internacional, donde conviven cientos o miles de personas de diferentes partes del planeta. ¿Esto se puede comparar a vivir una experiencia con alguien, cara a cara, más íntima, donde se abre la posibilidad hasta de generar una conexión luego de un sorbo de vino, una mirada, un silencio, en la pureza de un lugar único? ¿Puedo ponerle puntaje a ese momento? Sólo puedo vivirlo, disfrutarlo, relacionarlo y, como es mi caso, luego tratar de contarlo, aunque soy consciente de que nunca me alcanzarán las palabras. Cuando más profundos son los lazos que se generan, más difícil describirlos.
Es así como llego al punto que no puedo pensar en un vino que me gusta, sin pensar en quién lo hizo o de dónde proviene la uva con que fue elaborado. Por suerte entendí que calificar desde la platea es la parte más aburrida de toda la película, y que lo más jugoso es cuando me acerco a vivirla, aunque sea como un actor extra, pero efectivamente estar lo más cerca posible para no perderme detalle.


En el viejo mundo creo que poco se sabe de las personas que están detrás de cada etiqueta. Si bien cada día soy más defensor de que los vinos deben ser lo más representativos del lugar de donde provienen, porque sueño a ciegas poder descubrir dentro de una copa Agrelo, Lunlunta, Los Chacayes, El Cepillo, San Rafael, Chapadmalal o los Valles Calchaquíes, quisiera no perder nunca de vista la interpretación que cada hacedor puede hacer con la uva de esos lugares. No quedan dudas de que el aporte de ellos es fundamental, sobre todo para sumar a más diversidad. Lugar y personas, dos variables que, combinadas de manera sana y genuina, dan un resultado único y positivo.
Esta introducción algo extensa fue más que nada para que conozcan mi manera de pensar y el valor que le doy cada vez más a conocer a las personas y a involucrarse plenamente en lo que uno ama. No voy a dejar de mencionar cada una de las experiencias y compartir imágenes del viaje en una segunda entrada del blog, pero ahora –a continuación– opté por aportarles algunas conclusiones o conceptos más generales, lógicamente todo desde mi humilde opinión.
Con respecto a los vinos, no es novedad que desde algunos años venimos encontrando elaboraciones que han bajado en concentración, en sobremaduración y en uso de la madera, cada vez más moderado. En un principio, lo observamos en los proyectos más chicos, seguramente con intensiones de distinguirse mostrando el lugar; sin embargo, la misma tendencia también se fue trasladando poco a poco a los más grandes y masivos.


Cada día estoy más convencido de que muchas de las tendencias suelen nacer en los proyectos más pequeños, y a medida que van siendo aceptadas por los consumidores, se van expandiendo. Eso es bueno: el chico tiene más chance para jugar, con resultados más rápidos; cosecha a cosecha se pueden reacomodar mucho más rápidamente, a diferencia del que elabora cientos de miles o millones de litros.




Sabemos que también comenzaron a tomar protagonismo los vinos de perfiles más calcáreos, de pronunciada acidez, con esos tonos aromáticos que recuerdan más a aromas frescos minerales que a fruta dulce madura. No lo digo exclusivamente por el viaje, sino que es algo que vengo observando en el último tiempo en el mercado. En lo personal, me encantan esos vinos, pero, cuidado: no sea cosa que así como alguna vez se pusieron de moda los vinos pesados y con roble nuevo, ahora nos vayamos completamente para el otro lado, y el único camino sean los filosos y eléctricos. Equilibrio ante todo: evolucionar, crecer, mejorar, adaptarse a los tiempos que corren, pero sin traicionar el estilo personal y, en lo posible, ser francos con uno mismo y el lugar. Esta última variable marca la diferencia, y no hay que desaprovecharla.
En los pocos vinos que pudimos probar de la cosecha 2017 se percibió la buena maduración polifenólica que algunos productores señalaron; esto tuvo que ver con altas temperaturas en el verano y con un rendimiento natural más bajo. Vinos con buena carga, tanto en boca como en su aspecto y color, de buena acidez, taninos y alcohol. Todos los atributos con generosidad y en equilibrio; en algunos puntos en contraposición a lo que fue la 2016, que dio caldos un poco más livianos, ligeros, de exaltada frescura. No tiene nada de malo percibir esa diferencia en la misma etiqueta de un año a otro. Todo lo contrario: los productores dejaron que se expresaran las cosechas, y eso habla, en muchos casos, de que optaron por no ocultar. Enmascarar es estandarizar. Venimos resaltando que ese no es el camino. Como consumidor, reconocer las características de cada año me ayudará mañana a decidir qué vino elegir para cada momento, para guardar, beber joven, recomendar, etc.




Mientras durante muchos años se plantó malbec y más malbec, y paralelamente a ello se iba cometiendo el crimen de eliminar antiguas plantas con otras variedades, porque parecía que lo único que podíamos hacer era vender y beber malbec, desde hace un tiempo se están volviendo a plantar otras variedades de cepas, algunas con nombres de lo más inimaginables. De hecho, varias de las que tuve oportunidad de probar nunca las había escuchado mencionar. Cuánta riqueza por explorar, cuánto patrimonio perdimos por moda; espero que haya servido de experiencia y no nos vuelva a suceder algo similar.
A diferencia de otras épocas, en las visitas ya no se muestran tanto las salas de barricas como si fueran el capital más valioso de la bodega, o lo más bello. Hoy se pone la mayoría del foco en la finca, en el suelo, y en entender cómo éste se traduce en la copa. En cada región, en cada micro región, en cada parcela, en cada hilera; así de fino es el tema para algunos. Atención: esto recién empieza; los resultados se irán viendo con mayor nitidez a medida que pasen los años. El hombre y el lugar empiezan a relacionarse como nunca antes lo habían hecho; los años, las décadas contribuirán a un mejor entendimiento del terroir.


En este punto, se me mezcla una doble sensación personal. Por un lado, cierta tristeza ante la gran media de los consumidores, que siguen eligiendo únicamente por marca/oferta, y aún están muy lejos de todo esto que estoy comentando. Por otro, la felicidad de poder ser testigo de este proceso, de este cambio que no me quedan dudas de que marcará un antes y un después en nuestra viticultura.

También es constante la búsqueda de nuevos lugares para el cultivo de la vid; seguir subiendo en dirección a la cordillera, donde la combinación de altura, clima extremo, más los diversos suelos que se pueden encontrar en esas formaciones de millones años, pueden generar un cóctel de aromas, sabores y texturas nuevos, muy valioso para seguir descubriendo, profundizando y diferenciándose. En este viaje tuve la sensación de que nuestra geografía es infinita por explorar. Es cuestión de tiempo y de importantes inversiones a muy largo plazo, sobre todo; profesionales capacitados con muchas ganas de descubrir hay de sobra.



Por otra parte, cada vez se valora más que los viñedos sean manejados de la manera más natural posible; además de lo orgánico, algunos empiezan a optar por prácticas biodinámicas. No es que éstas impacten directamente en la calidad del vino, pero sí en propiciar suelos con más nutrientes y, por ende, uvas menos propensas a enfermedades. Algo así como crear las condiciones ideales para que las plantas se desarrollen más sanas, sobre todo en búsqueda de un equilibrio natural.
Algo muy valioso también fue charlar con diferentes productores y darme cuenta de que cada uno tiene su propio “librito”, y que lo sigue a rajatabla. Me encanta cuando defienden y justifican su elección, totalmente convencidos del camino que eligieron para su elaboración, aunque el vecino o aquel colega quizás más exitoso comercialmente vaya por otro. Destaco esto porque recuerdo una época en la que el discurso era muchas veces bastante similar. Hoy por suerte esto no ocurre; y es allí cuando uno encuentra franca relación entre el discurso, el lugar y los vinos, y así podemos tener estilos tan diferentes entre sí. Por ello es que al principio destaqué la importancia de este viaje para poder conocer a cada uno un poco más a fondo.
Productores que conducen diferentes proyectos, y tienen la claridad para que se diferencien bien entre ellos, intentando seguir un estilo, un concepto, y al mismo tiempo sin tener que traicionar el propio. Suena contradictorio, pero no lo es. Imagínense un virtuoso de la guitarra interpretando diferentes géneros; puedo disfrutar de todos, porque me gusta o mejor dicho valoro la música cuando es tocada con calidad, aunque el ritmo pueda ser mi preferido o no.
Uno de los encuentros del Mr. Wines Tour fue en Casa Vigil, previo a una cena. En un principio iba a ser junto a tres pequeños productores, más que nada para probar primicias; pero, al enterarse algunos de sus pares de esta juntada, nadie quiso perdérsela. Así, lo que pensábamos que sería una cata de seis o siete vinos, terminó siendo de 34 etiquetas, repartidas entre diez pequeños productores que orgullosamente dijeron presente. Cuánta alegría se vivió mostrando cada uno su proyecto, compartiendo, opinando, hablando de lugares, de búsquedas, de proyectar juntos: camaradería, inquietud, pasión al mil, cero celos. ¿Se dan cuenta de cuánto potencial tenemos? Estos tipos, la mayoría bastantes jóvenes, no discriminan en cepas, ni en estilos, ni en zona; tal es el caso de algunos de ellos que vinifican partes de sus elaboraciones en el Este mendocino, quienes demostraron su indignación hacia las bodegas más grandes que cada vez más se ocupan de asociar a esa región con el volumen y la baja calidad, y no valorar el patrimonio de algunas cepas muy antiguas. Por lo tanto, si bien para la mayoría el Valle de Uco parece ser la gran vedette, son jóvenes y muy pequeños productores quienes se están ocupando de rescatar aquellas viejas fincas en otras zonas cada vez más olvidadas, y mostrar lo mejor de ellas.



Ellos apuestan a blancos de calidad, pero con otro vuelo, sin apoyarse tanto en la madera, sino más bien en el trabajo de finca, en las tareas en la elaboración (trabajos con lías, pieles, métodos más o menos oxidativos, maceraciones, crianza biológica, etc.) o en la combinación de cepas con diversas características por variatabilidad, momentos de cosecha, o bien porque al provenir de distintos lugares cuentan con diferentes atributos o características. Recuerden la época en que “alta gama” era sinónimo de cantidad de roble; los blancos eran “chardos” untuosos monótonos con aromas a tostados, pocos eran los que podían distinguirse. Hoy el foco se está poniendo en otro lado, por suerte.




Ahora aporto mi experiencia como comercial también. Hay un público que está empezando a valorar mucho estos blancos nuevos que les detallé, y está dispuesto a pagar por ellos tanto como por un tinto de alta gama. Además empieza a ser seducido por la complejidad que puedan adquirir con las medianas y largas guardas. En este punto, aprovecho para hacer una alerta en el tema precios: están ingresando cada vez más vinos importados de diferentes regiones del mundo y de diversas categorías, y para este consumidor que describo, estas etiquetas que cada día son más también cuentan al momento de su elección.
Los asesores internacionales son cada vez menos protagonistas. Evidentemente, nadie mejor que el viticultor local para seguir el desarrollo de la planta durante los 365 días del año. Cada vez se los ve más convencidos de que la base de todo está allí, en su cuidado preciso, en entenderla para obtener de ella lo mejor año a año y de la manera más natural. Aparentemente, el resto después va casi solo.
Algo que ya percibo, pero que me gustaría encontrar más, es que cuando una bodega tiene vinos de dos o tres gamas diferentes, no tenga sólo que apoyarse en cosechar más tarde y usar más madera para el salto cualitativo; se puede ganar en complejidad sin necesariamente apoyarse en la cantidad. Imagino que no es nada sencillo para un productor, como tampoco será fácil para un consumidor comprender o entender que más no es siempre sinónimo de calidad. Si precisamente el camino que estamos buscando es diferenciarse por la sutileza que puede aportar un terroir, eso nunca se podrá distinguir con más concentración. Aquí tenemos que apoyar también mucho quienes comunicamos y vendemos; es un trabajo en conjunto, como la mayoría de las cosas que vengo enumerando, es importante que siempre vayan acompañadas de una buena comunicación, mediante catas o de manera instantánea, simple y directa en redes sociales.
Cuando termina cada viaje, tengo siempre la misma sensación: por el nivel y la experiencia en general, será muy difícil de igualar o superar. Sin embargo, como cada experiencia es única, ocurre que siempre regreso igual de sorprendido, entusiasmado y con la ansiedad de que el tiempo transcurra rápido para ver pronto los resultados de lo que tuvimos la oportunidad de probar en primicia. Comento esto y recuerdo que fueron varios los productores que en el transcurso del viaje –medio en broma, medio en serio– me decían que yo soy muy ansioso, y que en la vitivinicultura se requiere de mucho tiempo, porque los resultados son a largo plazo. Imaginen que de la uva que cosecharon en esta vendimia se verá el vino en un par de años, y luego se necesitarán un par de años más para ajustar las prácticas y así buscar la excelencia. Entender y tratar de mejorar, eso en repetidos e infinitos pasos.



Soy fanático, y seguramente como seguiré sin controlar mi ansiedad, no aguantaré un año para otro tour. Antes que termine el 2017 allí estaré, nuevamente en el lugar, con las personas. Quiero seguir viviendo esa maravillosa película del vino, aunque sea como el último extra.

jueves, 1 de junio de 2017

#MiPrimeraVez: una mesa con vino y pan casero


Un antes y un después. ¿Cuántas veces nos pasó que un hecho, una vivencia o una experiencia haya cambiado algo en nuestras vidas, en nuestras relaciones, en nuestros objetivos? Cada uno de los AWB quisimos compartir uno o varios momentos importantes de nuestras vidas relacionados con el vino y, de igual manera al resto de las movidas que realizamos en conjunto en Argentina Wine Bloggers, decidimos titularlo con un HT (hashtag) para su mejor comunicación en las redes sociales: #MiPrimeraVez.
En el 2000 yo tenía 29 años y, a pesar de ya llevar varios años como consumidor de vinos, hubo un instante, frente a una copa y en un lugar especial, que encendió en mí una pasión especial. Quienes me conocen desde hace tiempo saben muy bien que eso nunca se apagó, sino más bien todo lo contrario: aumentó de manera exponencial. Puedo confirmarlo hoy, cuando ya transcurrió bastante tiempo desde aquel momento en que empecé a tejer eso con esta bebida que tanto amo.
¿Cómo olvidar #MiPrimeraVez, si fue en un sitio por donde muchos de nosotros dimos nuestros primeros pasos degustando vinos? El Club del Vino (CDV), aquella antigua casona de la calle Cabrera en el Barrio de Palermo, ¿se acuerdan? Cuando Palermo todavía no estaba minado de tantos bares, turistas y fashion, y aquella considerable propiedad de Cabrera al 4400 era un destino fijo, si no era por el vino o el restaurant, era por algún grosso de la música: era habitual que tocaran figuras como Horacio Salgán, Ubaldo De Lío, Néstor Marconi o Juanjo Domingo. Recuerdo que, cuando entrabas, a la derecha había un wine store vidriado con botellas hasta el techo; me llamaba la atención que había muchas con varietales absolutamente desconocidos para mí en ese entonces. Ahí nomás te encontrabas con el típico patio de las “casas chorizo”, escaleras, ventanas, pasillos, puertas alrededor, con algunas mesas junto a una antigua fuente iluminada en el centro; al fondo, el restaurant, la barra en el wine bar sobre el otro costado y varios espacios más. También recuerdo con detalle aquellos panes caseros que te servían cuando pedías alguna copa. El lugar era bello por donde se lo viera; cada vez que llegaba para una presentación o charla, les juro que sentía que respiraba vino, que había descubierto mi lugar en el mundo. Además de aprender, no había una vez que no regresara a mi casa feliz, lleno, y contando los días para ver cuánto faltaba para la próxima fecha.
En una de esas tantas degustaciones que solían hacerse con bastante frecuencia, recuerdo la presentación de una selección mensual del vino Patrón Santiago 1999, perteneciente al productor Manuel López López. Para ser más preciso, el evento se había realizado en el cafe concert del Club, un espacio más grande destinado a los espectáculos musicales de primer nivel, que en esta ocasión fue reservado precisamente porque esa etiqueta pertenecía a una “Selección Especial Limitada” y, por ende, se daría cita más público del habitual. No puedo recordar junto a quién compartí esa noche aquella pequeña mesa, pero sí tengo registradas todas las sensaciones que pasaron por mi mente con la primera nariz y el primer sorbo de aquel cabernet. Maduro y pesado en boca, provenía de unos viñedos de más de veinte años de Villa Seca Maipú, zona de Mendoza particularmente más cálida, aunque en aquella época no se ponía tanto foco en las regiones, mucho menos en el clima ni en el suelo; su concentración me sugería que podría contar con muchos años de guarda; sus aromas me recordaban a jalea de membrillos, confitura, algo especiado.
Percibir una enorme paleta aromática en ese momento me anticipaba que había un mundo nuevo por descubrir. Ese vino me había justificado por qué era una selección especial, y reconocí claramente ese salto cualitativo con respecto a lo que solía beber. Me refiero a algo que, hasta que no se identifica y se transforma proporcionalmente en placer, no nos permite ampliar el presupuesto destinado para una botella. Ese vino justificaba su precio hasta el último peso, incluso teniendo en cuenta que su costo era más del doble al que estaba habituado a pagar. En ese momento se me despertó una necesidad aún mayor de probar y probar para seguir descubriendo, disfrutando y sobre todo aprendiendo: esas tres necesidades que hoy siguen compitiendo entre ellas con la misma energía de aquella primera vez.
En un momento, las degustaciones del Club dejaron de ser suficientes para mí. El intento de buscar algún grupo de cata ya armado para acoplarme fue un fracaso: había muy pocos y eran menos aún los que estaban dispuestos a abrirlo a un principiante y desconocido. Así fue que empecé a convocar gente allegada interesada en probar vinos, para, de ese modo, armar mi propio grupo. Cuantos más interesados juntaba, más etiquetas se podían probar en menos tiempo; comencé con la familia y amigos, pero no me alcanzaba. En aquella época Internet y el ForodelVino.com.ar me ayudaron a conseguir entusiastas con las mismas ganas y necesidades de probar que yo. De ese modo empecé a meter desconocidos en mi pequeño departamento de la calle Hidalgo, los domingos a la mañana, para probar vinos a ciegas; tampoco podían faltar los panes caseros, en sus diversas variedades, que trataban de replicar a los del CDV, aunque amasados por mí. Llegué a moler el trigo, guardar masa madre y blendear harinas para sentirlos únicos; todo para que seis, ocho o diez nicks del foro, de quienes no conocía casi nada, se ubicaran alrededor de aquella pequeña mesa de mi comedor y dedicaran un par de sus horas a no hablar más que de vino (nada de fútbol, mujeres o política), sólo de vinos.
Recuerdo el segmento de precios de los vinos que degustábamos en esos años: rondaría entre los 20 y 60 pesos. Imaginen que esas reuniones comenzaban tipo 10:30 hs de la mañana, en un espacio que no superaba los 8 m2 y el speater para escupir estaba aún muy lejos de llegar a nuestras vidas. Su ausencia fue directa responsable de que aquellas reuniones siempre terminaran “bien arriba”, previo al almuerzo dominguero, que cada uno continuaba con sus respectivas familias.
Más gente, más vinos, más encuentros. Mejorar en servicio, pulir el procedimiento en la cata, sacar conclusiones, discutir, evaluar RPC, sumar gente, empezar a utilizar frappera para tirar el vino que nos iba quedando en la copa. Es sabido que cuanto menos alcohol consumamos, más afinado podemos tener los sentidos, y así podemos sacar conclusiones más precisas. También descubrí cómo, tapando las etiquetas de las botellas al momento de probar, marcas nada conocidas sorprendían a ciegas en calidad. Mientras tanto, una pasión que no paraba de crecer: cursos, los primeros viajes, empezar a conocer actores importantes de la industria, y más presentaciones, ferias, etc. Hasta con los compañeros de cata más cercanos tuvimos el coraje o, mejor dicho, el atrevimiento de sacar varios números de una publicación gráfica de distribución gratuita en vinotecas, puramente de vinos y no masivos, que se llamaba Cataciegas.
Cuando se despierta esa pasión por el vino, siempre está latente el sueño de poder vivir o trabajar relacionado con él. Lo comento porque en aquella época yo lo sentía así, y sé que hoy en día muchos pueden estar atravesando esa sensación, ese deseo, como un sueño que parece absolutamente lejano, que se vive como una de las tantas fantasías que uno presume que nunca se cumplirán. En mi caso se moldeó de una manera especial, impensada en aquella época, pero se hizo realidad. Finalmente, luego de tanto insistir, pudo llegar a mi vida; no sé si fue Dios, el apoyo de mi mujer, o el resultado de que siempre me moví en forma desinteresada pero con pasión y perseverancia. O todo eso junto. Lo cierto es que, después de muchos años, la vida me regaló la posibilidad de trabajar con él. En un principio, diría que sólo era media jornada, porque tenía otra actividad que también me demandaba el resto del día y la necesitaba sí o sí para vivir y, sobre todo, para alimentar a aquella otra actividad que tanto ansiaba y que necesitaba crecer.
Hoy estoy puramente dedicado al vino: entre mi comercio, las presentaciones propias y de terceros, puede que llegue a compartir días de 16 a 18 hs, pero que lejos están de agotarme. Si estuve cada día de mi vida durante quince años soñando este instante, sería un desagradecido a Dios si así lo sintiera. De pibe, mis padres siempre me enseñaron lo importante que era tener laburo y cuidarlo; ahora me estoy dando cuenta de que mis viejos sólo me hablaban de laburo y nunca de guita. Ahora lo entiendo.
Entremedio de todo eso, no faltaron momentos aparentemente menores, pero que creo muy importantes para mí, que también me gustaría compartirlos porque creo que vale la pena que los conozcan. Uno, porque resultó fundamental en estos años y el otro, porque puede que resulte algo raro cuando se los cuente.
Empezaré por el segundo. Recién en los últimos cuatro años empiezo a encontrar en nuestro mercado el estilo de vinos que más me gustan. No niego de haber disfrutado y aprendido mucho durante los quince anteriores, pero quizás esa haya sido la cantidad de años que necesité para entenderme a mí mismo. O tal vez fueron los productores quienes al mismo tiempo fueron encontrando su camino hasta comprender qué vinos los representarían mejor. ¿Cuánto cambié yo y cuánto nuestros vinos? ¿Qué pensaré en el 2030? El vino cambia, crece, y si yo me dedico al vino, también evoluciono, al igual que los productores.
Me doy cuenta de que necesito que haya cambios, por supuesto, siempre para mejorar. No puedo ver dos años seguidos la misma película. Cada vez que pruebo una nueva añada, pienso en la anterior del mismo vino; más allá de la marcha climática del año, que puede llegar a afectar o a influenciarlo en diversos aspectos, me detengo en el productor: si es inquieto por mejorar, los resultados siempre son positivos. No falla. De un lado, productores inquietos que evolucionan, y, del otro, aquellos que siguen un molde que en algún momento pudo haber sido exitoso, pero, como el confort no es bueno, y la monotonía de tomar siempre lo mismo tampoco, ese éxito que alguna vez pareció seguro tiende a diluirse cada vez más rápidamente. Recuerden que todos cambiamos.
El otro momento, muy valioso también, fue aquel en que descubrí qué camino quería seguir dentro de este mundo: trabajar en relación con el vino puede ser amplio, ya que se abren una infinidad de posibilidades (comercial, marketing, servicio, docencia, periodismo, turismo). En mi caso hubo sólo uno que, sin querer, descubrí y me enamoró, el único, y no lo pretendo cambiar porque confío que es mi lugar. Me refiero, precisamente, a los proyectos más pequeños, a su comunicación y a su comercialización, aunque esas palabras suenen grandes, frías y poco sensibles hoy para mí. Prefiero o me conformo con decir “empujarlos”, así como cuando uno le da una mano a un tipo que se quedó con el auto, está en subida y en el primer instante no hay nadie para darle una mano.
Descubrirlos, entenderlos, caminarlos a la par de sus productores, verlos nacer y sobre todo crecer. Hacerlos llegar a nuevos consumidores, acercar nuevos consumidores al vino. Y mientras tanto contarlos, si es mano a mano, mucho mejor. Llevarlo lo más cercano a una charla de amigos, porque el vino es eso: abrir mi mesa a que sean muchos los que los puedan disfrutar. Un antes y un después, así los espero, en persona, para que nuestro próximo encuentro sea esa primera vez que siempre se renueva.


jueves, 4 de mayo de 2017

"La nueva tribu de mi ciudad”

Son muchas las veces que en charlas o notas, ya que me gusta mencionarlo, suelo hacer referencia a mis compañeros de la “ruta del vino”. Al hacerlo, no estoy hablando precisamente del clásico circuito de bodegas que solemos recorrer cuando realizamos algún viaje enófilo o visitamos un destino turístico relacionado con el tema.
Vivo en la Ciudad de Buenos Aires, donde residen, en una superficie de 200 km2, más de tres millones de habitantes, y no hay espacio para establecimientos que elaboren vino, mucho menos para viñedos. La bodega más cercana se encuentra aproximadamente a no menos de 400 km, dentro de la misma provincia pero retirada de la ciudad. Para llegar a la región vitivinícola más importante de nuestro país, que está ubicada en la parte noroeste de otra provincia, Mendoza, debo transitar más de 1.000 km de ruta desde mi ciudad.
La “ruta del vino” a la que hago referencia, si bien no existe físicamente, creo que cada día se puede sentir más por estos pagos. Siento que soy parte de ella desde aquella vez que comencé a interesarme de una manera más especial por el vino. A partir de entonces empecé a recorrer un camino, que al principio lo transitaba junto a algunos pocos, o al menos eso era lo que me parecía a mí. Hoy, cuando están por cumplirse casi dos décadas de aquella primera vez, luego de que el propio vino me haya regalado un lugar de privilegio que me permite observar desde un ángulo especial a aquellos compañeros de ruta, me doy cuenta de que se multiplicaron por tanto que ya es imposible contarlos.
Dejaron de ser un puñado de fanáticos del vino, para transformarse en lo que para mí ya es un nuevo grupo social en mi ciudad, que va mucho más allá del comprador y consumidor clásico. Este grupo, que tranquilamente me animo a identificarlo como una nueva “tribu urbana”, comparte ciertas características que lo distinguen del resto de los consumidores. Ser fanáticos de la más noble de todas las bebidas no sólo los ubica en un puesto de avanzado degustador, sino que cada vez son más protagonistas en esta cadena o “engranaje del vino” que nos une a todos: productores, comerciales, comunicadores, consumidores.

Perfil y características a destacar
Los fanáticos de los que hablo no prueban menos de 600/700 etiquetas diferentes al año, y en muchos casos pueden duplicar o triplicar ese número, ya que suelen ser asiduos concurrentes a degustaciones, presentaciones y ferias, o miembros de una o más cofradías. El circuito que nos propone el vino en nuestra ciudad viene creciendo constantemente y es más que tentador. Las alternativas son cada vez más variadas y, si uno se lo propone, podría ocupar su agenda con el 80% de los días de cada semana; basta con empezar a recorrer el circuito para enterarse de cada una de ellas. A esto se suman los posibles viajes enófilos a las diferentes zonas vitivinícolas, que no suelen ser menores a una o dos veces al año, y se caracterizan precisamente por su intensidad: días enteros probando, además de vinos del mercado, primicias próximas a salir o perlas que quizás nunca lleguen a la góndola.
Creo que ni siquiera la mayoría de la gente que trabaja en la industria tiene semejante “training”, dedicando tantas horas semanales a probar y probar. Si empezamos a acumular la cantidad de años en que ese individuo mantiene tal entrenamiento, ¿se dan una idea del nivel de registro que puede llegar a tener en el transcurso de una década? Si tomamos en cuenta que en el vino la práctica es casi todo, a medida que suma experiencia, ese consumidor claramente puede opinar con suficiente criterio sobre temas específicos como añadas, zonas, climas, fincas, momentos, profesionales, tendencias, estilos, y una serie de temas de seguro muy lejanos aún del interés del resto de la gran paleta de consumidores.
Para definir mejor este perfil, quiero destacar que estos fanáticos acostumbran a mencionar a los profesionales de la industria por sus nombres de pila o apodos, sin la necesidad de aclarar mucho más para que la otra parte comprenda a quién se refieren. Te hago una prueba para saber cuán cerca estás de este perfil: Ale, El Gato, Seba, El Colo, Mati, Daniel, Don Ángel, Carmelo, Don Raúl, Los Miche, El Flaco, Marcelo, El Pelado, Roge, Edy o David. Decime a cuántos conocés y te diré tu grado de fanatismo.
Estos fanáticos, a quienes todavía no se los identifica con ningún nombre, aunque por una cuestión personal me encantaría llamarlos “cueveros”, empiezan a ser reconocidos, además de por sus pares, por los propios protagonistas de la industria. Entre los eventos que suelen desarrollarse en la Ciudad de Buenos Aires, ya que buena parte de ellos se concentran ahí, los viajes a las diversas zonas vitivinícolas y, sobre todo, la gran actividad que buena parte de ellos despliegan en algunas o en todas las redes sociales (Twitter, Facebook e Instagram), van tejiendo una relación cada vez más solida con los propios profesionales (enólogos, agrónomos, bodegueros), la cual en muchos casos llega a la amistad.
Claramente la dinámica de las redes sociales ha sido fundamental, porque aceleraron y potenciaron la comunicación de las actividades de las diversas partes. Gracias a ellas soy un testigo cotidiano de lo que les cuento. Además de fuente de consulta, las utilizan para compartir sus experiencias con cada vino que prueban. Así, poco a poco, su rol de consumidor se va transformando casi sin querer también en el de comunicador y –por qué no– en el de formador de opinión entre quienes siguen su actividad.
Fanáticos de los vinos on line, enófilos 2.0, cueveros, llámalos como quieras. Lo claro es que estos tipos que pagan por los vinos que beben y los comentan en las redes sociales llegan instantáneamente a potenciales interesados y, además, incentivan su consumo con buenos comentarios, cuidadas imágenes y data fresca y precisa. Creo que los productores de vinos de gama media/alta no pueden tener un socio mejor que esta nueva tribu urbana que les estoy presentando.

En el difícil momento que está atravesando nuestra industria, con la gradual baja en las ventas y en el consumo, deseo que se “viralicen” fácilmente, es decir, que se multipliquen, ya que la fuerza de esta tribu es doble. Ellos cumplen con dos de las funciones del engranaje que les mencioné, la de consumidores y la de comunicadores. Además, no le suman ningún costo adicional al productor, todo lo contrario, ya que lo único que necesitan para funcionar es el combustible de la pasión.

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