jueves, 4 de mayo de 2017

"La nueva tribu de mi ciudad”

Son muchas las veces que en charlas o notas, ya que me gusta mencionarlo, suelo hacer referencia a mis compañeros de la “ruta del vino”. Al hacerlo, no estoy hablando precisamente del clásico circuito de bodegas que solemos recorrer cuando realizamos algún viaje enófilo o visitamos un destino turístico relacionado con el tema.
Vivo en la Ciudad de Buenos Aires, donde residen, en una superficie de 200 km2, más de tres millones de habitantes, y no hay espacio para establecimientos que elaboren vino, mucho menos para viñedos. La bodega más cercana se encuentra aproximadamente a no menos de 400 km, dentro de la misma provincia pero retirada de la ciudad. Para llegar a la región vitivinícola más importante de nuestro país, que está ubicada en la parte noroeste de otra provincia, Mendoza, debo transitar más de 1.000 km de ruta desde mi ciudad.
La “ruta del vino” a la que hago referencia, si bien no existe físicamente, creo que cada día se puede sentir más por estos pagos. Siento que soy parte de ella desde aquella vez que comencé a interesarme de una manera más especial por el vino. A partir de entonces empecé a recorrer un camino, que al principio lo transitaba junto a algunos pocos, o al menos eso era lo que me parecía a mí. Hoy, cuando están por cumplirse casi dos décadas de aquella primera vez, luego de que el propio vino me haya regalado un lugar de privilegio que me permite observar desde un ángulo especial a aquellos compañeros de ruta, me doy cuenta de que se multiplicaron por tanto que ya es imposible contarlos.
Dejaron de ser un puñado de fanáticos del vino, para transformarse en lo que para mí ya es un nuevo grupo social en mi ciudad, que va mucho más allá del comprador y consumidor clásico. Este grupo, que tranquilamente me animo a identificarlo como una nueva “tribu urbana”, comparte ciertas características que lo distinguen del resto de los consumidores. Ser fanáticos de la más noble de todas las bebidas no sólo los ubica en un puesto de avanzado degustador, sino que cada vez son más protagonistas en esta cadena o “engranaje del vino” que nos une a todos: productores, comerciales, comunicadores, consumidores.

Perfil y características a destacar
Los fanáticos de los que hablo no prueban menos de 600/700 etiquetas diferentes al año, y en muchos casos pueden duplicar o triplicar ese número, ya que suelen ser asiduos concurrentes a degustaciones, presentaciones y ferias, o miembros de una o más cofradías. El circuito que nos propone el vino en nuestra ciudad viene creciendo constantemente y es más que tentador. Las alternativas son cada vez más variadas y, si uno se lo propone, podría ocupar su agenda con el 80% de los días de cada semana; basta con empezar a recorrer el circuito para enterarse de cada una de ellas. A esto se suman los posibles viajes enófilos a las diferentes zonas vitivinícolas, que no suelen ser menores a una o dos veces al año, y se caracterizan precisamente por su intensidad: días enteros probando, además de vinos del mercado, primicias próximas a salir o perlas que quizás nunca lleguen a la góndola.
Creo que ni siquiera la mayoría de la gente que trabaja en la industria tiene semejante “training”, dedicando tantas horas semanales a probar y probar. Si empezamos a acumular la cantidad de años en que ese individuo mantiene tal entrenamiento, ¿se dan una idea del nivel de registro que puede llegar a tener en el transcurso de una década? Si tomamos en cuenta que en el vino la práctica es casi todo, a medida que suma experiencia, ese consumidor claramente puede opinar con suficiente criterio sobre temas específicos como añadas, zonas, climas, fincas, momentos, profesionales, tendencias, estilos, y una serie de temas de seguro muy lejanos aún del interés del resto de la gran paleta de consumidores.
Para definir mejor este perfil, quiero destacar que estos fanáticos acostumbran a mencionar a los profesionales de la industria por sus nombres de pila o apodos, sin la necesidad de aclarar mucho más para que la otra parte comprenda a quién se refieren. Te hago una prueba para saber cuán cerca estás de este perfil: Ale, El Gato, Seba, El Colo, Mati, Daniel, Don Ángel, Carmelo, Don Raúl, Los Miche, El Flaco, Marcelo, El Pelado, Roge, Edy o David. Decime a cuántos conocés y te diré tu grado de fanatismo.
Estos fanáticos, a quienes todavía no se los identifica con ningún nombre, aunque por una cuestión personal me encantaría llamarlos “cueveros”, empiezan a ser reconocidos, además de por sus pares, por los propios protagonistas de la industria. Entre los eventos que suelen desarrollarse en la Ciudad de Buenos Aires, ya que buena parte de ellos se concentran ahí, los viajes a las diversas zonas vitivinícolas y, sobre todo, la gran actividad que buena parte de ellos despliegan en algunas o en todas las redes sociales (Twitter, Facebook e Instagram), van tejiendo una relación cada vez más solida con los propios profesionales (enólogos, agrónomos, bodegueros), la cual en muchos casos llega a la amistad.
Claramente la dinámica de las redes sociales ha sido fundamental, porque aceleraron y potenciaron la comunicación de las actividades de las diversas partes. Gracias a ellas soy un testigo cotidiano de lo que les cuento. Además de fuente de consulta, las utilizan para compartir sus experiencias con cada vino que prueban. Así, poco a poco, su rol de consumidor se va transformando casi sin querer también en el de comunicador y –por qué no– en el de formador de opinión entre quienes siguen su actividad.
Fanáticos de los vinos on line, enófilos 2.0, cueveros, llámalos como quieras. Lo claro es que estos tipos que pagan por los vinos que beben y los comentan en las redes sociales llegan instantáneamente a potenciales interesados y, además, incentivan su consumo con buenos comentarios, cuidadas imágenes y data fresca y precisa. Creo que los productores de vinos de gama media/alta no pueden tener un socio mejor que esta nueva tribu urbana que les estoy presentando.

En el difícil momento que está atravesando nuestra industria, con la gradual baja en las ventas y en el consumo, deseo que se “viralicen” fácilmente, es decir, que se multipliquen, ya que la fuerza de esta tribu es doble. Ellos cumplen con dos de las funciones del engranaje que les mencioné, la de consumidores y la de comunicadores. Además, no le suman ningún costo adicional al productor, todo lo contrario, ya que lo único que necesitan para funcionar es el combustible de la pasión.

lunes, 6 de marzo de 2017

"Tintillo, se abre una puerta a nuevos consumidores"

El Tintillo es un nuevo vino de Bodega Santa Julia que salió al mercado hace apenas algunos meses, para ser más preciso, en diciembre de 2016. Por el momento, su destino de venta está focalizado para restaurantes y vinotecas. Más allá de un diseño de etiqueta y de un nombre que para algunos pueda resultar bastante particular, algo que llama más aún la atención es que, si bien se trata de un tinto, sobre su etiqueta, debajo del nombre, lo segundo que se lee es “Bébase Frío”.


Podría quedarme con la sugerencia de enfriar, beber y disfrutar, que de hecho fue lo que hice con la primera botella: gustó tanto entre los presentes que “voló” mucho más rápido de lo imaginado. Sin embargo, desde mi experiencia como consumidor, comunicador y vendedor de vinos, creo que el Tintillo puede ser la puerta de entrada a un nuevo estilo, sobre todo para un amplio espectro de consumidores masivos que hasta hoy pueden sentirse lejos de ser seducidos tanto por el nombre como por la sugerencia de beber frío. Más aún, su tipo de cierre screw-cap (tapa a rosca), a pesar de ser cada día más habitual y acorde sobre todo para vinos jóvenes, sigue siendo resistido por muchos.
Este corte cosecha 2016, en cuya contraetiqueta se aclara que fue elaborado con uvas de malbec y bonarda fermentadas en granos enteros, de alguna manera resume el proceso por el cual fue vinificado, técnicamente conocido como “maceración carbónica” (MC). La MC es una técnica que consiste en dejar que fermenten dentro del tanque los racimos enteros sin despalillar ni prensar previamente. De este modo, el peso de los racimos ubicados en la parte superior genera que las uvas que están debajo se rompan, liberando parte del mosto que comienza una fermentación alcohólica (FA). De esa fermentación se libera el dióxido de carbono (CO2) que desplaza el oxígeno que hay en el tanque y, en ausencia de este último, las levaduras pasan de una respiración aeróbica a una anaeróbica, lo cual propicia la atmósfera ideal para que cada grano inicie lo que se llama su propia fermentación intracelular.



Los vinos obtenidos a partir de este proceso suelen ser bien frutados y con menos contenido de taninos. En el caso del Tintillo, el proceso de MC duró cuatro días, y posteriormente se realizó el prensado y se completó la FA. En similar segmento de calidad, desde hace algunos años han llegado al mercado algunas etiquetas con este tipo de elaboración, pero siempre con partidas acotadas y, por ende, con vinos destinados a un pequeño nicho de consumidores, seguramente el de los más inquietos o el de los constantes buscadores de novedades. Este público los supieron reconocer como tintos livianos, refrescantes, de acidez vibrante, bebibles; quienes saben de lo que estoy hablando, sospecho que terminarán siendo pocos en proporción a la cantidad de consumidores a los que podría llegar a conquistar el Tintillo, en cuya primera partida nos entrega 30.000 botellas.
Todos sabemos la capacidad de producción de la bodega que puede multiplicar este número a la cantidad que sea demandada; pero no es sólo una cuestión de volúmenes y alcance logístico, porque a las cualidades que enumeré típicas de los “tintos de sed”, en el Tintillo se agregan las siguientes: paladar con volumen, redondez, suaves taninos y acidez moderada. Estos atributos lo ubican en un punto intermedio, que lo hace bien amigable, fácil de disfrutar y, sobre todo, de entender para una media importante de consumidores.


El Tintillo, además de un corte de cepas, es un blend de zonas. El malbec del Valle de Uco, fresco, aromático, de buena acidez y firmes taninos naturales, se combina con el bonarda de Santa Rosa, desierto al Este de Mendoza, zona más caliente, de un perfil algo más maduro, que aporta centro de boca y una sensación más golosa. Aunque en el resumen final del corte resulte un vino seco, fresco, de gran balance y frutuosidad, que imagino para beber dentro del año, esto no quiere decir que se vaya a “caer” rápidamente, porque se percibe con nitidez muy buena calidad de fruta. De cualquier modo, creo que dentro del año será cuando demuestre su máximo esplendor.
Charlando con Rubén Ruffo, enólogo responsable de Santa Julia, me comentó que desde los comienzos de la bodega solían hacer vinos de MC, pero siempre para mercados externos. Si bien tenían experiencia, hoy la uva utilizada para el Tintillo fue pensada originalmente para otro nivel de vino superior: de hecho, los rendimientos oscilan entre 100qq/ha en el malbec y 120 qq/ha para el bonarda. Ruffo aclaró que, al tener el malbec una piel bastante más fina que el bonarda, los procesos de MC hay que efectuarlos forzadamente por separado, para luego armar el blend, que en este caso es de 50 y 50.
Vuelvo al tema de la degustación. A pesar de que la ficha técnica de la bodega me recomienda beberlo —o, mejor dicho, sacarlo de la heladera— entre 11° y 12°, quise experimentar y probar cómo funcionaba en un espectro mucho más amplio, por ejemplo, entre 8° y 18°. El primer sorbo lo hice con el vino a 8° y me resultó placentero; eso sí, allí lo disfruté puramente por sed, con sensaciones similares a las de un blanco seco pero con volumen; a pesar del frío, su acidez nunca me molestó. A medida que la temperatura comenzó a subir, me pareció que entre 14° y 15° fue la ideal, cuando más sabroso me resultó. A partir de los 11/12° empecé a imaginarlo acompañando algún alimento, comida de picnic (tartas, sándwichs, picada), pizza a la piedra, vegetales grillados o salteados; sobre todo platos fríos. Entre los 16° y 18° me animo a acompañar hasta algún corte de carne magra (frío o caliente).

                                       

Son pocos los vinos que pueden adaptarse a semejante flexibilidad simplemente con variar la temperatura de servicio. Sabemos que muchos, si se escapan de los 17°, fácilmente tienden a sentirse alcohólicos, y que a bajas temperaturas suelen remarcar sus taninos y aplacar la intensidad aromática, aunque en el caso de los criados en roble la madera también tiende a sentirse en el primer plano cuando se los sirve fríos.
Otra nota de color es que, además de la prueba de las temperaturas, también lo degusté en un vaso de vidrio común. Me sorprendió que el vaso no opacara sus atributos, sabiendo que en la mayoría de los vinos de calidad siempre es notable lo que le suma un lindo copón. Vuelvo a pensar en el picnic, un escenario poco recomendable para los copones de cristal.
                               


Luego de la experiencia propia, y de haberla compartido junto a otros amigos con diversos niveles de interés y conocimiento, me animo a afirmar que por su estilo hasta puede llegar a gustarle a gente que inclusive nunca llegó a disfrutar plenamente de los tintos. Por todo lo detallado, se darán cuenta de que, al menos para mí, el Tintillo es un golazo. Remarco que, a mi favor, en ningún momento mencioné la cuestión del cambio climático que va sufriendo nuestra región: cada vez tenemos menos días del calendario para los tintos de invierno, pesados y corpulentos. 

La gente de la bodega también está muy conforme con la recepción que tuvo el vino en este primer trimestre de vida. Así me lo confirmó su “Brand Ambassador”, Nancy Johnson. Además de aplaudir a Rubén Ruffo, a Seba Zuccardi y al equipo de Santa Julia por el excelente resultado, creo que aquí también fue valioso el convencimiento que tuvieron aquellos pequeños productores al momento de elaborar sus primeros MC de calidad, y que poco a poco hicieron crecer ese nicho de seguidores. A partir de entonces comenzó a funcionar algo que me gusta destacar a nivel país, lo cual trasciende marcas, bodegas y profesionales. Lo importante es que se hagan cosas, se plasmen proyectos, ideas nuevas que sirvan de inspiración, para hacerlas crecer año a año, y —por qué no— para que otros las mejoren, las adapten, y así simultáneamente contagie a nuevos productores. Ahora hablamos de vinos, pero también pueden ser formas de comunicarlo o comercializarlo, obviamente siempre privilegiando qué es lo mejor para que crezca nuestra industria de manera genuina. La familia Zuccardi es un claro ejemplo de todo ello: trabajo, investigación, consistencia, comunicación. Esos resultados, que un nicho bastante especializado venimos observando en su alta gama, también se van reflejando en sus vinos masivos, como el Tintillo, una puerta nueva y grande para nuevos consumidores.

jueves, 9 de febrero de 2017

“ #QueSeCepa. Petit Verdot, cada día más protagonista"



En el marco de una nueva actividad en conjunto titulada #QueSeCepa, en coordinación con Argentina Wine Bloggers, elegí la variedad petit verdot (PV) para compartir con ustedes, además de mi experiencia con vinos de esta cepa, algunas de sus características distintivas, junto al testimonio de seis productores que la elaboran.
Desde la época que comencé a beber vino, hace unos 20 años, fue gradual el protagonismo de la variedad en nuestras góndolas, al menos hasta donde uno tenía conocimiento. Intuyo que esto posiblemente se debió a que, por sus características, debe haber sido utilizada para cortes o para reforzar algunas elaboraciones, sin necesidad mencionarlo en la contraetiqueta o hacerlo público. Tengo el recuerdo de aquellos primeros varietales PV, de un perfil concentrado, compactos, con importante aporte de madera, y que necesitaban varios años de crianza en botella para que su paladar fuese más redondo y amigable.
A medida que fue creciendo la oferta en número de etiquetas, también aumentaron las alternativas. Al mismo tiempo, a la par de la tendencia del mercado en general, fueron transformando su estilo: los cargados, maduros y maderosos ya no lo eran tanto, y se sumaron los de paladares más sueltos, frescos y bebibles —en mi opinión, sin resignar carácter, sabor e intensidad—. Una prueba de este cambio puede confirmarse, sin dudas, en la cata detallada a continuación, de la cual participé recientemente junto a un grupo de colegas.

Adaptación, potencial enológico, características agronómicas y origen del petit verdot
Se trata de una variedad rústica, con buena adaptabilidad a todo tipo de suelos y a la sequía. Da mostos muy coloreados y bastante tánicos. Resulta interesante para climas cálidos, donde produce uvas ricas en azúcares y elevada acidez.
Sus frutos generan un vino con cuerpo potente e intenso en aromas y color; mezclada con otras variedades, aporta los mencionados atributos. Los vinos elaborados con esta cepa se caracterizan, sobre todo, por contar con aromas a frutos negros, como por ejemplo pueden ser las moras, además de los especiados y vegetales.
Su racimo es de tamaño pequeño, cónico corto, relleno, alado, con pedúnculo largo. Sus bayas también son pequeñas, de tamaño uniforme, con epidermis violeta oscuro, y pedicelos largos, de difícil desprendimiento de las bayas, y de pulpa blanda. El hollejo es grueso y la pulpa no pigmentada, compacta, muy jugosa. Es una cepa de vigor medio y entrenudos cortos, con porte semierguido y fertilidad elevada; de brotación y maduración tardía.
Con respecto a su origen, vale recordar que nació en la región del Médoc, en Burdeos (Francia), y que, de manera similar al malbec, parece haberse adaptado muy bien a nuestro terroir. Algunos de los factores que favorecen su maduración son el sol, la luminosidad y la falta de humedad. El hecho de que madure mucho más tarde que la mayor parte de las otras variedades, impide que prospere con éxito en muchas de las regiones francesas, donde su uso se limita a aportar color, acidez y taninos a muchos de los grandes tintos, mediante una adición nunca superior al 10%.



En nuestro país, donde su existencia se encuentra registrada desde 1852, actualmente se encuentran plantadas 500 hectáreas. En la viña se la solía encontrar mezclada con malbec, y por sus características un tanto similares se las identificaba a ambas con el nombre de “uva francesa”.


Degustación
Fueron ocho las muestras de varietales PV degustadas junto a un grupo de catorce catadores, todos habituales consumidores de vinos tintos. Un 60% nunca había probado PV, mientras que el 40% restante estaba bien familiarizado. Los vinos degustados estuvieron en un segmento de precio entre $ 140 a $ 500.
En líneas generales, los ocho gustaron, aunque por supuesto que algunos se destacaron más que otros. Concluida la cata, creo que lo más valioso fue haber podido encontrar diversidad dentro de una misma variedad. Esto tuvo que ver, en parte, por el origen de donde provenía la uva, y, por otra parte, por el perfil que le imprimió cada productor. Pienso que hace quince años todos hubieran utilizado la misma receta para la elaboración; en cambio, hoy cada uno interpretó la cepa a su manera. A continuación, los resultados.
Comenzamos con el Chikiyam, de la zona de Rivadavia (Mendoza). Se lo percibe de elaboración bien clásica, ampliada más abajo con el testimonio de su hacedor, Genaro Cacace. Por su amabilidad en boca, resultó ideal para abrir la cata y empezar —como quien dice— “con el pie derecho”, sobre todo para aquellos degustadores que hacían su debut con la variedad.
El siguiente pertenecía a Bodega Alpamanta, el Natal, cuya uva proviene de Ugarteche, Luján de Cuyo (1.000 msnm), zona más alta que la del primero, que provenía de la zona Este (700 msnm). Se lo encontró con mayor intensidad aromática y volumen en boca, producto de la altura y, seguramente, de algunas tareas extras en la vinificación. No me refiero a crianza, ya que en ambos casos fue sólo en botella.
Luego le llegó el turno a un clásico reconocido: el Fond de Cave Reserva de Bodega Trapiche (Cruz de Piedra, Maipú, Mendoza), con 14 meses de crianza en madera y también en botella —era 2012—. Está claro que el tiempo lo redondeó y que continúa con resto para seguir afinándose. Sus aromas de crianza son los principales protagonistas y ya no dejan percibir tan claramente de qué variedad se trata, pero de todos modos su estilo fue elogiado por la mayoría de los presentes; quizá para algunos fue hasta entonces lo más cercano al tipo que ya conocían —me refiero a los debutantes en la cepa—.

Promediando la cata, probamos el Tajungapul, que continuó manteniendo el nivel de los primeros. Si bien no teníamos información del origen de su uva, por sus características muchos de los presentes arriesgaron a decir que también pareciera provenir de la zona Este de Mendoza.
Las siguientes tres etiquetas fueron las más aplaudidas, en líneas generales. Me refiero, en orden de degustación, al Aprendiz, de Luis Reginato, proveniente de La Consulta. A diferencia de todos los anteriores, mostró un perfil aún más bebible, más suelto en el paso, de destacada acidez y con ciertos tonos aromáticos minerales distintivos.
Luego se lució el Gauchezco Reserva, del “Japo” Mauricio Vegetti; con fruta de Barrancas (Maipú). Un vino de taninos más amables, mayor profundidad y redondez en boca, con una madera que integra, pero que no suma desde lo aromático, y con un recuerdo algo más dulce. Destaco este último detalle porque en buena parte de las muestras tuvieron un dejo apenas amargo.
Algo similar ocurrió con el Domingo Molina. A pesar de provenir de Yacochuya (Salta), una zona que suele entregarnos vinos de gran intensidad, cargados —a veces hasta algo salvajes—, en este caso los trabajos de finca y la moderada extracción en bodega concluyen en un vino que va en busca de la elegancia, sin resignar complejidad y personalidad.



En gama de precio alta, al igual que el salteño, terminamos la degustación con el Anima Mundi; de un estilo mucho más cargado y concentrado que todos los anteriores, producto de provenir de una zona de altura como es Los Chacayes (Valle de Uco); y de una mayor extracción durante la vinificación y un considerable tiempo de crianza en madera. Seguramente, el que más tiempo tendrá por delante para redondearse en botella.
Aunque no fueron de la partida, aprovecho para recomendarles algunos PV que tuve oportunidad de probar en estos últimos años: Viña Vida Seda, Finca Decero Remolinos Vineyard, Tomero Gran Reserva y Cepas Elegidas Chapeau, de Brennan Firth. Este último es casi imposible de conseguir, pero es de lo más interesante que probé, al menos para mi gusto.
En resumen, es posible afirmar, en primer lugar, que la cepa se adaptó muy bien a las diferentes zonas de nuestro país. Otro punto destacable es que se trata de una variedad compleja en aromas, con descriptores como frutos negros maduros, combinados con especiados y notas vegetales en muchos casos. Además, presenta buen volumen y agarre en el paso por boca, y un leve dejo amargo en buena parte de las muestras. Todos los vinos los imaginé ideales para acompañar un alimento, desde carnes magras a más grasas, y de sabores más intensos o bien condimentados.

Lo positivo de la experiencia fue que en ningún momento la degustación se puso monótona: cada vino tuvo un diferencial para destacar. Esto me lleva a pensarlos a cada uno para situaciones diferentes. Rescato esto recordando viejas épocas en las que, al probar vinos de similar nivel de precio, si bien podían ser diferentes varietales, era probable que se parecieran mucho entre sí, al límite de no poder identificarlos. Antiguos compañeros de maratónicas catas sabrán bien de qué hablo.

Luego de degustar esa nutrida tanda de PV, charlé con algunos de los hacedores, y encontré mucha relación entre sus testimonios y los vinos degustados.

Genaro Cacace, productor de la zona de Rivadavia, Sudeste de Mendoza, trabaja la variedad desde hace quince años y actualmente elabora su vino bajo la marca Chikiyam. Me contó que estila vinificar con levaduras indígenas en tanques de acero, para luego hacer la crianza en pileta de concreto cubierta con epoxi; es partidario de no pasarlo por barrica, para que se expresen de manera más franca los aromas de la variedad. La ventaja de que hoy esté amigable para tomar me confirma que no es un vino de guarda. Quien beba este 2015 durante el presente año encontrará una hermosa pureza.


Luis Reginato, también bastante ducho con la variedad, que tiene plantada en un antiguo viñedo familiar ubicado en una zona de altura y de temperaturas más bajas, como es La Consulta (Valle de Uco), me comentó lo siguiente: “En general cosechamos el PV unos días antes de lo que podría denominarse ‘el momento óptimo’. Lo que buscamos es que los vinos tengan un buen balance de alcohol y acidez. Y también es muy importante para el perfil aromático de los vinos, dado que en ese momento expresan una intensidad y una complejidad que es exactamente lo que buscamos. Pienso que el momento de cosecha es el mayor secreto y es la clave para poder tener PV expresivos, balanceados y con taninos amables. En el momento en que decidimos cosechar el PV, los malbec se encuentran un poco sobremaduros. Entonces colocamos en vasijas de cemento el PV junto con los racimos de malbec enteros. Usualmente la cofermentación tiene entre el 85% y el 90% de PV, y el resto son racimos enteros de malbec, estos últimos aportan amabilidad y cierto dulzor”.


Mauricio Vegetti, quien elabora Gauchezco (uno de mis PV preferidos), defiende su zona, Barrancas (800 msnm, Maipú), como uno de los lugares donde la variedad puede cumplir de mejor manera su ciclo vegetativo, que como aclaré al principio tiende a ser más largo que el de la media. En el sector de Barrancas donde está plantado el PV hay más piedra (pero con cobertura en la superficie), y por ende el suelo es más drenado. Según Mauricio, eso hace que “la planta vaya a buscar con sus raíces bien abajo, y de alguna manera esa gran expresión vegetativa natural de la cepa, entre el calor y el suelo pedregoso colaboran a que la planta se estrese, lo cual genera una autorregulación en la cantidad de racimos producidos”. Mauricio insiste en que lo mejor es que la planta se exprese lo más natural posible, que allí está uno de sus secretos. Además, algunas de las tareas que estila efectuar son desbrotes temprano en el viñedo, y que el vino final es producto de dos elaboraciones de diferente concentración.




Otro conocedor de la cepa es “Rafa” Domingo, quien me contó de su experiencia en las fincas que posee en Yacochuya (Salta), también de suelos pedregosos pero a 2.000 msnm. Él también resaltó el manejo agronómico: “si la dejás producir, puede dar entre tres o cuatro racimos por brote, cuando lo normal es de uno a dos en el malbec. Entonces hay que hacer un manejo especial para lograr madurez y que la viña no se vaya en vicio. Manejo agronómico, poda en verde, riego y raleo especial antes de la cosecha. Es una de las variedades que se cosecha último, casi a la par del tannat, inclusive a veces más tarde. Dentro de la bodega decido el tipo de vino que quiero hacer, y como mi búsqueda tiene que ver con el vino fresco y bebible, y en el caso del PV es muy fácil pasarse de rosca, evito las sangrías y las maceraciones largas. Color, concentración, estructura, taninos… —los que se dan naturalmente— ya son más que suficientes”. Incluso aclaró que los remontajes abiertos los hace únicamente al principio de la fermentación, para que no extraiga ningún tanino verde cuando comience a haber alcohol.


Por su parte, Guillermo Donnerstag, de Anima Mundi, me comentó que encontrar cultivada esta variedad en tan bajas superficies, en proporción al resto de las cepas, siempre le generó una atracción especial, en particular, para vinificarla como varietal. Pudo cumplir su deseo en el 2013, porque mientras la plantaba en Las Pintadas (Tunuyán, Valle de Uco), la vinificaba con uva de un viñedo “bellísimo” de Los Chacayes, también otra zona de altura del Valle de Uco, y que fue el que tuvimos oportunidad de probar en la degustación. Este vino fue elaborado en pequeños volúmenes, con cuatro pisoneos diarios, largas fermentaciones y crianza en barrica. A Guillermo le encanta la “estructura monumental” que logra. Efectivamente la percibimos en la cata; por ese motivo lo imaginábamos apto como para una considerable guarda. Guillermo reconoció que es una variedad que aún le falta conocer. Según él, previo a la cosecha la uva desde la degustación no le da tanta información como sí lo hacen otras variedades. Sobre la finca de Las Pintadas, comentó que tiene el atractivo de poseer diferentes tipos de suelos en el mismo viñedo, partes con pura piedra y otras con solo arena. En este sentido, resaltó los diferentes resultados: desde lo aromático se parecen, pero en boca no tanto.


Por último, Sergio Case, winemaker responsable de la alta gama de Bodega Trapiche, que trabaja desde hace varios años la variedad en diversas zonas de Mendoza, dio más detalles. “A mí me gusta tener dos tipos de PV. Uno, con maceraciones más extensas, con lo cual logro más estructura y gordura; para este caso los prefiero de Agrelo y del Valle de Uco, y mayormente su destino es para cortes. El otro, con maceraciones normales y no tantos movimientos diarios de remontajes; con esto logro vinos más suaves en términos de estructura, lo cual me permite usarlo como varietal puro; para ese caso prefiero usar el de Cruz de Piedra (Maipú)”. Con orgullo Sergio cerró la charla con una reflexión: “Pensar que por no llegar a la plena madurez, los franceses sólo lo utilizan en pequeñas porciones en sus blend, y nosotros, gracias a la generosidad del sol que brilla en Mendoza, nos podemos dar el lujo de tener petit verdot 100% en una botella, a precios acomodados y con diferentes grados de sofisticación”.


Luego de las charlas, me quedó la sensación de que cada productor, con sus posibilidades, su experiencia y los diferentes “colores” que les brinda cada lugar, logra combinar el PV en función de su conocimiento, su gusto y su intuición, siempre en busca de un vino que ante todo lo deje satisfecho a él, que le dé placer. Por eso cada vino brinda una historia, un gusto y una sensación diferentes. Creo que esta diversidad percibida en la degustación nunca debe detenerse, y que siempre debe ir transitando de la mano de la calidad y en busca de la superación constante. Así habrá crecimiento ante todo y para todos, por el bien de nuestros vinos, de nuestra cultura y de nuestro conocimiento como consumidores, sencillamente, de nuestra vitivinicultura.

(*)Las 3 fotos de fincas fueron aportadas por el Rafa Domingo de Domingo Hermanos.


lunes, 2 de enero de 2017

“Calidad y conocimiento versus marca y oferta”



Para quienes disfrutamos de comunicar pequeños proyectos de vinos, uno de los puntos más atractivos es precisamente poner nuestro foco en las personas que lo llevan a cabo, a la par de los lugares de donde proviene la uva con la que se elaboran o las historias que suelen acompañarlos. En la última década han crecido de modo considerable los proyectos de partidas limitadas, que poco a poco comenzaron a hacerse un espacio en el mercado. Conozco de cerca el tema, dado que fui testigos de cómo diversos profesionales (enólogos, agrónomos, sommelieres), que se desenvuelven en diversas áreas de medianas y grandes bodegas, fueron haciendo sus propias elaboraciones.

Esas partidas de 2.000, 5.000 o 20.000 botellas posiblemente tuvieron su origen en un vino de garaje para amigos o familiares. A medida que se hicieron conocidos, comenzaron a ser demandados por un circuito más especializado de vinotecas boutique o pequeños locales gastronómicos de alta calidad que, además del servicio, le dan un atractivo especial a sus cartas con propuestas poco conocidas. De este modo, los nombres y las caras de estos profesionales empiezan a trascender entre el público más inquieto.

Por el contrario, al momento de comunicar sus productos, las grandes bodegas casi nunca hablan de los responsables de sus elaboraciones. La bodega grande vende sus vinos en locales donde la gente lo compra de manera masiva, como puede ser en la góndola de un supermercado, plataformas en Internet o cadenas de vinotecas. En estos sitios la compra suele definirse por marca y precio. Luego de evaluar estas variables, el consumidor terminará comprando donde lógicamente encuentre la mejor oferta, de igual manera que suele ocurrir cuando se resuelve la compra de cualquier otro alimento.

En cambio, el consumidor más especializado —una minoría en ascenso— decide su compra por algunas de las variables que considera influyen en la calidad del vino: lugar de origen de la uva, añada, enólogo, agrónomo, detalles de la elaboración, de la crianza, o la combinación de todas. Por supuesto que el costo del producto también será una variable a tener en cuenta, pero que tendrá que pujar con las anteriores, asociadas directamente a la calidad del producto, al contenido en sí, y no precisamente a la marca o al nombre de la empresa que lo elaboró.

Podemos afirmar, entonces, que es en el local especializado donde el consumidor suele absorber más información, lo cual colaborará a formarlo como tal. Quizás, gracias a esa etiqueta boutique, se empiece a reconocer al profesional y, entre otros datos, a la gran bodega donde se desempeña. Así, es el pequeño proyecto el que arrastra a que se hable de la gran bodega, en un ámbito de consumidores que compran por conocimiento y calidad, antes que por marca y oferta.

Cuando me entero que hay algunas grandes bodegas que tienden a estar “celosas” de que sus profesionales intenten llevar adelante su pequeño proyecto personal, francamente me cuesta entenderlas. No se dan cuenta de que por el volumen y el público al que estos profesionales pueden apuntar, con sus acotadas vinificaciones, nunca podrían ser una competencia directa; además, cuando uno recomienda por calidad el vino personal de un enólogo, resulta inevitable mencionar la bodega grande en la que se desempeña, y así está colaborando a que ese consumidor conozca algo más sobre la gran bodega y la calidad del profesional que la conduce.

Por suerte, ya hay algunos productores exitosos que apoyan el proyecto personal de sus empleados. Esto retroalimenta el trabajo y el éxito de ambas partes. Aunque seguro ya los conocen, igualmente voy a mencionarlos porque se lo merecen: Leo Erazo y Revolver, su proyecto propio fuera de Altos Las Hormigas, el cual confirma la constante búsqueda e interpretación del terroir de este joven enólogo; los chicos de Desquiciados Wines que crecieron junto al “Colo” Sejanovich y desde que “salieron a la cancha” cosecharon puros elogios; y Cristian Morelli, siempre junto a los hermanos Michelini, primero en Zorzal y ahora en La Milonguita, quien “la rompe” con sus vinos Refrán y Caliche. Seguro hay muchos más casos que podrían enumerarse. Y a las “bodegas celosas” les digo: “siempre están a tiempo de cambiar la postura; sepan que ello hablará mejor de ustedes”.

El crecimiento de nuestros vinos está a la vista. El consumidor debe ir a la par con su conocimiento; es fundamental que entendamos el trabajo de nuestros productores, para que año a año, además de exigirles que se superen, valoremos y sepamos bien cuánto pagar en función de la calidad, y no de la marca. Comprar únicamente pensando en marca y oferta no suma a crecer como consumidores. La tarea consiste en educar al consumidor con información genuina, mediante una atención personalizada. A mi entender, entre estos dos caminos, sólo hay uno que vale la pena seguir. Cada uno de los que formamos parte de esta cadena, que va desde el responsable de la elaboración hasta quien lo adquiere para su consumo, somos responsables de elegir por cuál de los dos ir.


lunes, 28 de noviembre de 2016

#EnPrimeurEnMrWines (2ª Parte: Comunicación y Encuesta)


La comunicación

El hashtag que antecede al nombre del evento tiene que ver con los utilizados en la red social Twitter al momento de hacer una mención sobre algo relacionado a determinado tema, y también puede ser usado para realizar una búsqueda sobre éste. Estimo que aproximadamente entre el 70 y el 80% de quienes participaron de #EnPrimeurEnMrWines utilizaron esta red social para compartir su experiencia. A continuación, una estadística que refleja datos relacionados a la cantidad de menciones utilizando el hashtag.




La siguiente imagen grafica la captura de momentos en el que el #EnPrimeurEnMrWines fue trending topic en Twitter.





Los usuarios que más utilizaron el #EnPrimeurEnMrWines para comunicar su experiencia fueron éstos:


En una población con una paleta amplia de consumidores de vinos, es relativamente muy bajo el porcentaje que consume etiquetas de alta gama. Dentro de ese grupo mucho menor es el que está dispuesto a tomar vinos crudos (sin terminar) y que aún no están disponibles a la venta. Si cruzo este dato con que la gente que utiliza Twitter es ínfima relacionada con el total de los consumidores de vinos, podemos llegar a la conclusión de que la repercusión obtenida por #EnPrimeurEnMrWines es bastante alta, sobre todo sabiendo que es un impacto genuino y no producto de una campaña publicitaria.

Hay un nicho de consumidores inquietos por crecer como tal, que intentan ir a la par y no perderle pisada al crecimiento de nuestra vinicultura; que utilizan Internet para informarse y las diversas redes sociales para estar a la vanguardia o enterados al minuto de todas las novedades. De igual manera que la usan para nutrirse de información, lo hacen para compartir cuando consideran que su aporte puede ser útil a un par. De este modo, se genera un ida y vuelta natural en el que absorber y aportar termina siendo un código o una norma de respeto.

Sabemos que los vinos que acostumbramos a tomar y contar son especiales. Mientras los masivos se comunican mediante campañas publicitarias en diversos medios (gráficos, TV, Internet), los que nos convocan a nosotros son muy diferentes. Somos conscientes de que es fundamental un trato más personal al comunicarlos: más allá de lo que ofrece el vino en la degustación, debemos acercar al consumidor a una nueva dimensión, que tiene que ver con el conocimiento más a fondo, y que hace que el consumidor se involucre de tal manera que su disfrute sea especial. De hecho, muchas veces la decisión de comprar una etiqueta tiene que ver, para algunos, con la historia que ésta tiene detrás; un valor agregado que marca la diferencia con aquel millar de botellas que están en una góndola, que pueden ser tentadoras en precio y en imagen, pero no cuentan esa historia.

Recibir novedades, información e historias, así como compartir experiencias son todas acciones que podemos efectuar en Twitter, ese ámbito virtual donde las distancias, los tiempos y las posibilidades económicas no son obstáculos para que se generen lazos. No hace muchos años estos lazos eran impensados, como también era impensado compartir en tiempo real el disfrute de un vino con su propio hacedor. Entre personas todo lazo es más fuerte, porque juegan la emoción, la sensibilidad, el compromiso y el ser parte, haciendo casi posible lo imposible.
No me alcanzaría la vida para juntarme con los miles de usuarios de Twitter a probar botellas, pero con muchos ya me puedo sentir muy cerca, por el simple hecho de tener en común algo tan importante para mí y para ellos como es la pasión por el vino. Por supuesto que nada es como estar en persona, pero para la comunicación o para cuando no es posible ese acercamiento real, creo que generar esta conexión personal que nos facilitan las redes sociales es algo que debemos aprovechar; sobre todo porque, además, cuentan con el potencial de la difusión y multiplicación instantánea, aunque no sea precisamente el vino un tema que tienda a viralizarse con facilidad. Sin embargo, observando la propia experiencia de #EnPrimeurEnMrWines, y si se tiene en cuenta que el evento fue organizado por una vinoteca unipersonal, producto de su repercusión, fueron muchos los que pudieron seguirlo en tiempo real durante diez horas a través de imágenes, información y opinión. Las pruebas y estadísticas están a la vista, con resultados mucho más que satisfactorios.

La siguiente encuesta fue respondida por quienes asistieron a #EnPrimeurEnMrWines; de un total de 85/90 personas que participaron de la mini feria, aproximadamente un 30% accedió a contestarla. Observando los porcentajes en cada respuesta, y luego de haber sido partícipe del evento, considero que los resultados son lógicos y criteriosos.




 Ver la encuesta on line


sábado, 19 de noviembre de 2016

#EnPrimeurEnMrWines #Cosecha2016 (1ª Parte)


Quienes somos fanáticos del vino solemos caracterizarnos por esa constante inquietud de conocer e interiorizarnos cada vez más acerca de lo que bebemos. Cuando compramos y probamos un vino, nos gusta imaginarnos cómo será su vida en el tiempo, si debemos seguir guardándolo o no, su potencial, entre otras cuestiones. Adelantarnos a lo nuevo y tener la posibilidad de probar en anticipo aquello que aún no salió nos lleva a imaginar lo que vendrá; a la vez que alimenta nuestras expectativas, también le suma experiencia a nuestro conocimiento. Para crecer como consumidores de vinos, las “horas de vuelo” que pasamos degustando son tan o más importantes que la teoría.
Por ello mismo, con las intenciones de ver qué nos ofrecerán los vinos de la cosecha 2016, hace algunas semanas realizamos #EnPrimeurEnMrWines, una mini-feria donde diferentes productores de nuestro país acercaron más de cuarenta muestras de vinos, de los cuales, excepto uno, ninguno estaba a la venta aún. Lógicamente, todos se encontraban en diferentes instancias de su elaboración o crianza: mientras algunos estaban ya casi listos, a buena parte le faltaba al menos un año

Fusionando mi rol de organizador del #EnPrimeurEnMrWines, y otro poco como uno de los más de ochenta degustadores que se acercaron durante el transcurso de todo un sábado a probar cada una de esas primicias, trataré de compartirles mi experiencia del evento junto a algunas conclusiones personales. En una segunda parte de la nota, estarán los resultados de una encuesta realizada con multiple choise, que respondieron el 35% de los participantes, y cuál fue el impacto en Twitter, la red social que utilizo para comunicar buena parte de mis actividades relacionadas al vino.
A pesar de que los productores suelen ser algo reacios a mostrar los productos sin terminar, fueron dieciocho los que aceptaron la propuesta. Al mismo tiempo, los consumidores que participaron de la degustación también eran conscientes de que se encontrarían con vinos que, en su mayoría, estarían –como suele decirse– “crudos”. Sin embargo, creo que las expectativas de los consumidores fueron superadas, porque hubo bastante, bueno y, sobre todo, bien variado.



Mi pedido original a los productores fue que, además de vinos del año, aprovecharan esta oportunidad si tenían algo nuevo o diferente para compartir. La respuesta fue excelente: no faltaron las zonas nuevas, las cepas no tradicionales, los vinos base para espumoso, blends poco habituales, jóvenes “a punto de salir a la cancha”, alta gama que verá la góndola no antes de los dos años, futuros componentes de etiquetas sin definir; hasta tuvimos la oportunidad de conocer un proyecto nuevo que aprovechó el evento para mostrarse en exclusiva.
Algunas impresiones propias
En líneas generales, todos los vinos me dejaron muy conforme con respecto a su calidad. La variedad que les detallé colaboró a que el evento sea sumamente entretenido en cuanto a diversidad.
Cada vez más productores apuestan a otras cepas: nebbiolo, garnacha, roussanne, marsanne, chenin. Lo más llamativo fue que, además, los concurrentes las estaban esperando de una manera especial. Cada vez se genera mayor expectativa ante lo nuevo o poco conocido.



Poco a poco más productores “le ponen fichas” al petit verdot como varietal. Casualmente –o no–, los tres que tuvimos oportunidad de probar fueron con muy buenos resultados. De cosechas anteriores ya conocidos, eran el de Gauchezco y el Natal de Alpamanta. Ahora se sumó uno de Calamaco, aún con destino incierto; por su carga, lo imagino componente de algún alta gama, aunque podría salir así “puro” tranquilamente; personalmente me gustó.
Cada vez más productores se entusiasman con la parte alta de San Pablo(1.450 msnm), aportando otros matices a lo que ya conocemos que nos entregan los vinos de las diferentes regiones del Valle de Uco  (Mendoza). Seba Zuccardi y Ariel Angelini, dos enamorados de esa zona, nos acercaron sus respectivos malbec: perfumados y sutiles en nariz, filosos en boca, y sumamente representativos del frío extremo del lugar, del cual ambos hacen hincapié en su potencial.
En un escenario de consumidores inquietos, los blancos siguen ganando protagonismo. Fueron muchos los enófilos que se acercaron al evento para probar primicias como Geisha de Jade, Revancha Chenin o el nuevo semillon de “Juanfa” Suarez. No fueron menores las ganas de probar las nuevas añadas de los ya conocidos Mendel Semillon, El Relator SB o el Bacán Reserva SB. Efectivamente, los buenos resultados a los que nos tienen acostumbrados sus añadas anteriores generaron expectativas extras en esta 2016. 

Otras de las sorpresas fue la base de chardonnay que presentó para un futuro espumante la gente de Tajungapul, de haber estado embotellada para la venta, nunca llegaría a convertirse en “burbuja”, ya que para la mayoría resultó una delicia tal como se encontraba; sutilezas, frescura, tensión, de menor ancho y más lineales en boca, mayor proyección o capacidad de guarda, fueron algunos de los atributos destacados en la mayoría de los mencionados.


Gualtallary participó con varios exponentes en el #EnPrimeurEnMrWines. Algunas de las vinificaciones fueron aportadas por el “Japo” Mauricio Vegetti; quien presentó, entre otros, diversos malbec, un “chardo” y un cabernet sauvignon, mientras destacaba que para él este año la zona fue de lo mejor, y sus muestras lo confirmaban. Del mismo lugar, también participó un Appellation Malbec de Las Hormigas, que claramente sigue profundizando cada vez más en la búsqueda del terroir. Es en la boca donde más habla el vino, y más allá de los aromas, lo expresa a través de sus texturas en el paso. En lo personal, vuelvo a confirmar a Gualtallary como una de esas zonas que tienen un extra para entregar y muchas veces marcar la diferencia. En este sentido, el productor no debe desaprovechar la oportunidad de dejarlo expuesto; el “Japo” y “Leo” Erazo, cada uno a su manera, evidentemente trabajan para ello.
Los blends siguen ofreciendo su atractivo. Los hubo en diferentes categorías, y supieron salirse de lo tradicional, además de gustar: co-fermentación syrah/ancellota de Los Toneles, por Pablo Bassin; y un Sy/CS/CF/PV también co-fermentado pero esta vez en barrica y por  Juan Ubaldini para El Equilibrista Wines, también anduvo muy bien.
Desde hace algunos años los vinos del Valle de Uco parecieran ser siempre los que se llevan más elogios. En una opinión personal, creo que algunos vinos de otras zonas cuando más los disfruto es cuanto más desnudos los encuentro. En este evento me ocurrió eso con los de la línea Natal de Alpamanta, con el bonarda de Agrelo que aportó Rogelio Rabino (Kaiken), con el malbec de Mayor Drummond, de Roberto de la Mota. Estos últimos tuvieron el plus de ser viejas viñas orgánicas, un valor agregado que se percibe, y está bueno dejarlo al descubierto para que se aprecie mejor.
Fue grato descubrir el potencial de nuevos lugares como Uspallata, donde el “Colo” Sejanovich sacó su primer malbec, con unos tonos aromáticos bastantes diferentes a cualquier par de altura mendocino. Seguramente hará mucho ruido cuando salga al mercado, porque lo hizo la tarde del evento. Si la primera añada es así, me imagino dentro de 10 años a esta nueva zona figurando entre las más mimadas. Además, me confirma lo bien recibidos que son los vinos cuando tienen un diferencial que los caracterice.
Resalto los fines educativos de algunas presentaciones. Entre ellas, las de los tres malbec de Gualtallary que nos acercó el “Gato” Martín Kaiser (Doña Paula). El “Gato” nos mostró las diferencias entre tres vinos vinificados bajo idéntico protocolo de elaboración, con uva de la misma zona, pero proveniente de diversos sectores del suelo con diferente composición (arenoso profundo, pedregoso c/calcáreo, pedregoso s/calcáreo). Resultó interesante apreciar esas diferencias, más en boca que en nariz, sobre todo a través de los diferentes tamaños de “granos de taninos” en cada uno de los casos.



Por su parte, el “Japo” también mostró la diferencia en un vino que proviene de una selección de parcela de Gualtallary, y uno que no, pero de la misma zona. Allí se ve claramente cómo un trabajo sobre un sector seleccionado y enfocado puede lograr resultados muchos más ambiciosos, y también se ratifica que los saltos cualitativos se deben gestar desde el trabajo en la viña.



Tampoco faltaron los vinos de bajo precio, que no dejaron de sorprendernos. Hago referencia a los
Impaciente de los hermanos Battilana, sobre todo al cabernet sauvignon; si yo no lo informaba, ninguno de los presentes hubiera imaginado que su costo sería inferior a $ 100 al público. Parecería que en este segmento sólo pueden competir los grandes con volumen; pues bien, acá hay uno que rompe la regla y sin necesidad de “maquillaje”.
“Edy” del Popolo (Susana Balbo Wines) fue quien acercó dos de los vinos más ambiciosos de la tarde. Ambos son blend que posiblemente necesitarán más tiempo en bodega antes de salir al mercado, pero ya dejan esa sensación de “lógica potencia”, integrada de tal manera que parecen “alfombrarte el paladar” cuando pasan por boca. Esta virtud de potencia, aunque dentro de un guante de seda, es algo que comienzo a percibir en algunas bodegas más frecuentemente: todo es producto del trabajo en viña y de las prácticas en la elaboración. Esto termina de confirmar que los alta gama nacen allí, y no como exclusivo producto de la crianza en barrica, como ocurría hace algunos años atrás.
El cabernet franc cada vez suma más seguidores. Fue una etiqueta debutante la encargada de cosechar más elogios; se trató de un proyecto nuevo llamado Tordos, un franc que proviene de los Valles Calchaquíes y se elaboró bajo la mirada de “Paco” Puga (ex Amalaya, actual El Porvenir). Tordos es un proyecto del cual ya conozco la mayoría de sus vinos y confío que les va a ir muy bien. A esto se suma que los fanáticos de la variedad van en crecimiento, y esto ya no es una moda. Además, el atractivo que sea proveniente de los Valles Calchaquíes le agrega un plus.



Viendo un poco la experiencia del #EnPrimeurEnMrWines #Cosecha2016, todo me asegura que de aquí en adelante siempre será crecimiento en todo aspecto; y lo digo más allá de la marcha climática o el escenario económico que pueda haber cada año. De hecho, sabemos que las condiciones estuvieron lejos de ser las ideales. Sin embargo, este pequeño muestreo nos indica que con trabajo, tiempo, más trabajo y experiencia, vamos a llevar al vino argentino al lugar que merece y tanto soñamos.




jueves, 29 de septiembre de 2016

"Morelli, pequeño proyecto y sueños en crecimiento"


Esta nota forma parte de la movida llevada en conjunto con Argentina Wine Bloggers bajo la consigna: #AWBPresenta a... Se difundirá vía redes sociales TW, FB y tiene como objetivo darle espacio a nuevos y pequeños productores.


Hace aproximadamente cuatro años, cenando en Parrilla Don Julio junto a algunos productores de vinos, colegas y otros amigos, Matías Michelini acercó a la mesa un vino para probar, sólo indicó que se trataba de un bonarda y lo dio a degustar a ciegas. Si bien estábamos casi terminando de comer, tras una intensa jornada de cata —sabrán a qué me refiero—, aquel bonarda dejó una muy buena impresión entre los presentes. Después Matías aclaró que era el vino de “El Cristian”, haciendo referencia a Cristian Morelli, quien en ese momento trabajaba en Bodega Zorzal junto a él y su hermano Juampi Michelini. Hoy no es algo común, y hace algunos años mucho menos aún, que un bodeguero se ocupe de compartir con orgullo el vino que elabora la persona que trabajaba para él.
Por supuesto, a partir de ese momento empecé a estar atento a todas las elaboraciones de Cristian, desde aquel bonarda 2011 que pronto salió a la venta con la etiqueta Caliche, y todo lo que se fue sumando a medida que transcurrieron los años. En la actualidad el bonarda ya va por su tercera añada; recientemente se le agregó un blend a la línea Caliche, y algo más arriba se sumó la línea Refrán, que ya cuenta con dos añadas de malbec: dos de cabernet franc y dos de un blend blanco muy interesante y particular, al menos para mí.

Soy de los que piensan que conocer y charlar con los productores colabora a interpretar mejor cada uno de sus vinos. Sin embargo, aunque no había podido tener contacto con Cristian, sus vinos siempre me engancharon mucho desde el primer momento que los probé. Él nunca había venido a Buenos Aires a presentarlos, y de mis viajes a Mendoza recién en mayo pasado pude compartir apenas unos minutos con él cuando visitamos “La Milonguita” en el #MrWinesTour.




“La Milonguita” es la bodega donde Andrea Muffato y Gerardo Michelini elaboran actualmente Gen del Alma, y bajo ese mismo techo van creciendo varios pequeños proyectos más, entre ellos “Morelli Vinos de Cava”, así se llama el proyecto de Cristian. “La Milonguita” está ubicada en El Peral, lugar donde se desempeñó Cristian desde que nació esta nueva casa en febrero de 2016, trabajando día a día junto a Gerardo y Andrea, tanto en la bodega como en los viñedos, y con quienes por lo que me comentó evidentemente se siente sumamente cómodo.



Con motivo del evento OzonoMDA de Ozono Drinks, a Buenos Aires se acercaron la totalidad de los hacedores de las bodegas que representan; entre ellos estaba Morelli, y esta vuelta tuve más tiempo para la cata, la charla y compartir sus vinos. Es la primera vez que él empieza a tener contacto con quienes en Buenos Aires suelen comprar sus vinos. No deja de mostrarse sorprendido y sobre todo agradecido, si bien le cuesta creer el lugar de reconocimiento al que llegó dentro del circuito de aquellos consumidores que eligen los vinos de pequeñas producciones. Casi sin querer, aclara que cuando elaboró sus primeras botellas del 2011 no tenía intenciones de transformarse en un productor de un proyecto propio, y más lejano aún imaginaba que algún día recibiría tantos elogios, principalmente vía redes sociales, desde diferentes puntos de nuestro país, cuando alguien descorcha algunas de sus cinco etiquetas.




Por el contrario, hoy creo que sus sueños no tienen límite y, como cuenta él, que cuando empieza a volar, son sus tres amores (sus hijas Regina y Angelina, y su mujer Cintia) quienes lo traen y le vuelven a poner los pies sobre la tierra; lo dice entre sonriente y emocionado, como un juego que hoy disfruta junto a sus hijas y seguramente lo alimentará por siempre.

Cuando cuenta sobre sus raíces, termina de cerrarme todo, porque son 100% viñateras: tanto su padre y como su abuelo trabajaron en viña. Recuerda cómo cosechaba de pequeño junto a su abuelo aquellos últimos racimos de bonarda que solían quedar colgados del parral pasada la cosecha, para así luego elaborar el vino para la familia, y cómo pisaban la uva junto a su hermana en el patio de su casa. Dice que nunca olvidará aquellos aromas que, si bien siempre los buscó, tampoco pudo encontrarlos en ningún vino. Ese fue uno de los motivos por el cual eligió al bonarda para su primera elaboración.
En una de las catas que compartí con Cristian junto a otras personas, en el momento de presentarse hizo hincapié en que siempre trata de elaborar con los menos agregados posibles, de la manera más natural, y precisamente no quiere decir ello que deje algo librado al azar. Cuando saco algunas conclusiones luego de probar sus vinos, encuentro esa combinación entre equilibrados, amables, pensados y personales, que pueden fácilmente resultar atractivos para un amplio espectro de consumidores.


Uno de los vinos que más me gusta es la nueva añada 2016 del Blanc de Noir. Escucharlo describir cómo trabajó de modo artesanal cada componente de ese blanco me hace entender el porqué de sus resultados. Éste cuenta con base de chenín, variedad complicada ya por su fácil oxidación, que además combina 20% de un malbec vinificado como blanco; otro mérito es que no dejó el mínimo rastro de color. Lo completa un moscatel algo más maduro, trabajado con pieles para extraer lo máximo para su expresión. La integración de todas las partes es perfecta, y por supuesto un paso por boca fino, integrado, vertical y —sospecho— con interesante futuro.

Repasando el resto de sus vinos, por ejemplo el malbec, si bien hay cientos en ese segmento de precios en el mercado y que muchas veces caen con facilidad en lugares comunes, el Refrán combina fruta de Tupungato y Gualtallary, sin perder frescura y soltura en boca. Posee una atractiva “punta sobremadura” en sus aromas: alguno de los tantos detalles que cuidó, los cuales se perciben y aportan cierta complejidad.




En la presentación que hizo junto a una docena de catadores, el Caliche Bonarda fue uno de los que más elogios recibió. Habiendo probado las tres añadas, fue notable cómo año a año siempre estuvo mejor. Con cada año compensa la disminución de la presencia de los aromas provenientes de la crianza en barrica con más nitidez frutal en su nariz y un paso por boca que igualmente se mantiene firme y vertical; tanto en el malbec como en el bonarda, se vinifican combinando capas de racimo entero y uva despalillada. Otro detalle fue cuanto creció en botella el Refrán Cabernet Franc, lo bien que se integró, muy amable por cierto, pero con esa textura en boca que tanto hace recordar a Altamira, el lugar de origen de su fruta; junto al blanco del principio, mis preferidos. La etiqueta más reciente es el Caliche Blend, que combina malbec, bonarda y pinot. Lo imagino más gastronómico, especialmente para la mesa diaria. Hablando de pinot, trajo en anticipo uno de partida limitada, de sólo 600 botellas, que combina fruta de La Arboleda y Gualtallary, que posee 24 meses de crianza en barricas, y donde los moderados tonos que aportan ambas frutas están perfectamente integrados a la suavidad del pinot. Asoma otro vino que dará que hablar.



Tal como les comenté anteriormente, en el #MrWinesTour una de las visitas fue a “La Milonguita”. Allí nuestro compañero de viaje, Manuel Berro, tomó la siguiente foto a las manos de Cristian; cuando le preguntamos por qué las tenía así, nos respondió lo siguiente:


“Para aquel que siente pasión, amor por lo que hace, en mi caso el vino, mis manos son herramientas que se impregnan con el mosto de la misma uva, en todo momento de esa creación; se sumergen día tras día en ese cuerpo vivo, tornándose negras, impresentables, rústicas, agrietadas y hasta lastimadas por sus ácidos. En fin, ellas lo trabajan, lo van amansando llenas de orgullo porque son las manos que hacen el vino...”.


Nombre: Cristian Morelli.
Edad: 38.
Estudios: Técnico Agrario y actualmente cursando Tecnicatura de Enología IES 9009 (Tupungato).
Hoy se desempeña en Finca Don Emilio S.A. como Jefe de Bodega en La Milonguita, y encargado de ejecutar tareas de viñedos. Su proyecto personal junto a su esposa Cintia se llama "Morelli Vino de Cava", para el cual no poseen bodega ni viñedos propios, y siempre seleccionan uva de productores del Valle de Uco.
Cantidad de vendimias realizadas: si bien la primera vendimia para su proyecto personal fue en el 2011, incluyendo la 2016, en total Cristian ya lleva 16 vendimias en su haber.




martes, 23 de agosto de 2016

Sólo quiero tu sensibilidad, Polaco


El próximo 27 de agosto se cumplen 12 años de la muerte del cantor de tango Roberto “el Polaco” Goyeneche. Precisamente gracias a sus interpretaciones, La música y la poesía del tango llegaron a mi vida desde bastante joven, allá por principios de los 90. Ir buceando dentro de sus casi cincuenta años de carrera colaboraron a que el tango me conquistara día a día cada vez más, porque además me motivó a acercarme a otros cantores, orquestas o escritores de este género que tanto nos representa, que muchas veces no valoramos como tal, o quizás nos lleva varias décadas.
No soy especialista en música, pero desde mi humilde conocimiento creo que el tango no es un género musical más: sus letras hay que entenderlas y saberlas “decir”, no alcanza con buena entonación e impostar una voz gruesa. Comprender el mensaje que quiso plasmar cada autor, desmenuzarlo renglón a renglón, y transmitirlo de manera única y transparente, como hacía “el Polaco”, de manera que quien lo escuche lo sienta en lo más profundo, parece simple pero no lo es. Inclusive, en la última parte de su carrera, aunque Goyeneche ya no contaba con el “lustroso caudal” de su juventud, eso no le impedía mantener la agudeza y sensibilidad en el momento de la interpretación.
Puedo trazar cierto paralelismo entre la letra y la música del tango con algunos vinos actuales, que por suerte en los tiempos que corren son cada vez más. El enólogo o productor, un “artista” que deja transparentar mucho dentro de cada botella: el lugar, un instante, una historia. Posiblemente, de entre todos aquellos que beban ese vino, algunos podrán disfrutar quizás más que otros, y seguro que ello tendrá que ver con la experiencia o el nivel de interés de cada consumidor.
Creo que cada una de las personas que se encuentra en la cadena que une al productor que elabora un vino con el consumidor que lo adquiere y lo bebe tiene que tener la misma sensibilidad que tenía “el Polaco” para entender esas sutilezas y poder comunicarlas con la suficiente claridad y pasión que, a quien reciba el mensaje, además de apreciarlo con sus sentidos, lo impulse a comprender y disfrutar de algo más profundo. Desde luego, ese producto tendrá un matiz para diferenciarse y deberá otorgar eso más profundo.
Suelto mi pensamiento al aire para que sea escuchado o leído por un comercial, un responsable de marketing, un vendedor, un comunicador —profesional o no—. Al menos así lo siento yo, desde mi pequeño lugar que ocupo dentro de esta cadena. Sólo deseo, al igual que “el Polaco”, llegar a viejo, sin importar todo lo que pueda perder porque ello ocurra, pero sí contar con la sabiduría para fortalecer y agudizar mi sensibilidad, y poder comunicar de la manera más pura posible, para así acercar y colaborar a que más gente disfrute del tango... perdón, quise decir de la “poesía del vino”.



martes, 19 de julio de 2016

"Caelum, blancos preparados para crecer"


                         


Son muy pocos los consumidores que, al momento de definir la compra de un vino blanco, lo piensan para guardar. Uno de los “mandamientos del vino” parece indicar que los blancos deben beberse al poco tiempo que se los adquiere y que, cuanto más baja su temperatura para el servicio, mucho mejor. Esto ha llevado a que muchos únicamente lo tengan en cuenta para consumir en verano; casi que, si no se tiene un freezer cerca, está prohibido pensar en ellos. Algunos aplican una regla bastante similar también para los vinos espumantes. 


Cuando acerco la lupa a la góndola, encuentro que el porcentaje de gama media y alta es bastante menor respecto al total de las alternativas de blancos. También es cierto que el mayor precio no me garantiza que pueda poseer potencial de guarda. En definitiva, dependemos de las intenciones del productor en hacer un vino que a mediano o largo plazo pueda crecer en complejidad, y por supuesto nosotros tenemos que ser capaces de identificar esa cualidad para tomar la decisión de guardarlo o no. Durante muchos años —creo que equivocadamente— otro mandamiento asociado a esta cuestión era que debían cumplir con una notoria crianza en madera, en boca debían ser pesados, y en la mayoría de las veces elaborados con uvas chardonnay. 


El crecimiento en la calidad, diversidad y búsquedas de nuestros vinos en los últimos años es muy significativo, al punto que a veces, si los compradores no estamos bien informados, nos cuesta estar al tanto de todo. De la amplia paleta de consumidores, la mayoría adquiere sus vinos en canales como supermercados o plataformas de ventas online, que seguramente están lejos de brindar el asesoramiento o información necesarios; por lo tanto, si el consumidor no dedica tiempo extra a investigar, seguramente empiece a perderse buena parte de la película que nuestra industria nos ofrece año a año.



                           



No quería dejar de ubicarlos dentro de este escenario, antes de compartir la nutritiva experiencia que tuvimos recientemente cuando hicimos dos catas verticales con blancos de la línea reserva de Bodega Caelum, guiados a través de una comunicación vía Skype por Giuseppe Franceschini y Hernán Pimentel, enólogo y propietario de la bodega, respectivamente. Según mi opinión, “el tano” Giuseppe Franceschini es uno de los elaboradores que mejor entiende esto de hacer blancos para guardar. Hace años que lo sigo, no solamente por sus elaboraciones en Caelum sino también por su proyecto personal Bacán y por muchos otros que asesora.


Bodega Caelum está ubicada en Agrelo, Luján de Cuyo, y es un proyecto familiar que nació en 2009; posee 30 hectáreas plantadas en la región, en parte minoritaria utilizadas para sus propios vinos y en parte mayoritaria para abastecer a otros productores. De las etiquetas que degustamos y pasaré a detallar a continuación, hasta la cosecha 2011 fueron elaborados con uvas provenientes de fincas de terceros, en el Valle de Uco; del 2012 en adelante, de las propias en Agrelo, recién mencionadas.


                        

Los vinos se degustaron en dos tandas, tres copas servidas al mismo tiempo, con intenciones de que la comparación entre las diferentes cosechas pudiera ser más efectiva. Se probó, en la primera tanda, Caelum Chardonnay Reserva 2009, 2010 y 2011; y en la segunda, Caelum Fiano Reserva 2012, 2013 y 2014.



Algunas apreciaciones


— En ambas mini verticales los vinos más interesante por complejidad y estado fueron los más añejos, es decir, el Chardonnay 2009 y el Fiano 2012.


— Otro punto interesante es que en todos los vinos se podía encontrar una fruta con buena maduración, digamos “dulce”, pero excelentemente equilibrada con una atractiva y presente acidez. Atención a este tema: fruta madura/dulce en vinos que a su vez son bien secos, sin azúcar residual, de PH muy bajo. “El tano” comentó que la clave de este equilibrio entre densidad, dulzor y acidez obedece a la composición de los suelos de Agrelo, junto con el trabajo del viticultor, desde luego. 


— Si bien todos los vinos poseían crianza en barrica de roble (nueva, de primer, segundo o tercer uso, o una combinación entre éstas), en ningún caso la madera opacaba la fruta; al contrario, aportaba complejidad desde lo aromático, pero sin anularla.


— La vivacidad y entereza de todos los vinos me sugieren que, obviamente bien guardados, podrían seguir creciendo. Para ser franco, mi falta de experiencia no me permite precisar cuánto tiempo más. Según “el tano”, pueden tener una buena vida entre 7 y 15 años, algo lógico teniendo el cuenta que el chardonnay 2009 ya con siete encima llegó muy bien. Imagino que cada caso será particular y tendrá que ver con las condiciones del año: por ejemplo, mientras el “chardo” 2010 se destacaba por un plus de frescura extra y el 2011 por ser algo más potente; en el caso de los Fiano, si bien el 2013 sobresalía por lo expresivo, la experiencia de Giuseppe afirma que el 2014 será, en el futuro, el mejor de todos. Algo para agregar: el Fiano 2012 comenzaba a tener aromas que, además de minerales, me recordaron a los típicos hidrocarburos que solemos encontrar en los riesling con cierta evolución.


— Un punto no menor: tan importante como una buena copa, es la temperatura del servicio. Uno piensa en la temperatura de un blanco quizás entre 6 °C y 10 °C, pero creo que el mejor punto en éstos es entre 10 °C y 12 °C, dado que la mayor temperatura colabora a una mejor expresión aromática de las sutilezas producto de la crianza. Cabe aclarar que la frescura natural en boca ayuda al desplazamiento suelto del vino.
Con respecto a la elaboración, Hernán comentó que para mantener la identidad de los vinos, excepto en la 2016 que por cuestiones climáticas tuvo una maduración muy diferente a la habitual, siempre eligieron crear las condiciones necesarias para evitar la fermentación maloláctica (FML); vale destacar que, como la fermentación alcohólica (FA) suele hacerse en barrica, tiene que utilizar enfriadores para que la FML no se dispare espontáneamente. Giuseppe agregó que la FA en barrica integra todo mucho mejor, haciendo referencia a la parte tánica y aromática. 


Hablando de roble, nos adelantó que comenzarán a utilizar toneles de 600 litros —más volumen, menos impacto desde lo aromático—, y que los eligió en función de los bosques de donde provienen. Giuseppe no habló de tonelerías ni de tostados, hizo hincapié en los bosques de origen; evidentemente es una variable fundamental y que por lo visto conoce bastante, no sólo porque lo escuché disertar en varias oportunidades sobre este tema, sino porque sus vinos lo confirman. Tal como les comenté al principio, sigo sus elaboraciones en todos los proyectos, y el uso de este recurso suele reflejarse siempre con mucho equilibrio.
El fiano es un capítulo aparte. Poco y nada sabemos de esta variedad típica de Sicilia (Sur de Italia). Franceschini les sugirió a los Pimentel que la plantaran aquí, ya que creía que se adaptaría muy bien, y día a día confirmamos que no se equivocó. Caelum tiene plantada sólo una hectárea y media de fiano en Agrelo; hasta donde mi memoria alcanza, sólo recuerdo que los Zuccardi también tienen plantado para la línea Innovación de Santa Julia, pero en el Este mendocino (recuerdo haberlo probado, y era un buen vino, pero bajo otro concepto, pensado para beberse joven, diferente a las intenciones de hacer algo de guarda como en el caso de Caelum). 


Otra característica de la variedad es que no se destaca precisamente por la intensidad aromática (quizás por ello nunca otros productores la tuvieron demasiado en cuenta), pero sí se destaca por tener buena estructura en boca, profundidad, y acidez natural. Dichos atributos son los pilares fundamentales para la guarda, y seguramente los que motivaron a Franceschini al momento de tomar la decisión de plantarla.


Algo que me llama la atención es que las dos blancas que “el tano” planta en Agrelo son la clásica chardonnay, reina de las blancas, de fácil adaptación al clima de Mendoza, y fiano, por los motivos detallados anteriormente. Sin dudas, Giuseppe, quien aún no era gran conocedor de nuestro terroir, no confiaba en el potencial del sauvignon blanc: necesitó pocos años para descubrirlo, entenderlo y ubicarse hoy entre los que mejor la saben interpretar en nuestro país; me refiero al Bacán, la etiqueta de su proyecto personal.


En marzo pasado escribí una pequeña nota que aquí les vuelvo a compartir, la cual surgió luego de probar diversas añadas de los Espumantes Eclat, también pertenecientes a bodega Caelum. Además de encontrar muchos puntos en común entre ambas catas y conclusiones, se refuerza mi admiración por las familias productoras como la Pimentel, que, fiel a su gusto, principios o “filosofía”, optan por elegir un camino más complejo para sus elaboraciones, sin importar que sea el más difícil, o el que necesite de más tiempo o atención para ser valorado. Así evitan caer en estándares obvios, muchas veces más fáciles de comprender y, por ende, de vender.


                                    


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