jueves, 3 de mayo de 2018

"Historias simpáticas detrás del momento justo"


Quienes somos amantes del vino, además de disfrutar de beberlo joven, también solemos comprar alguna que otra botella para guardarla ya que una de las cosas más lindas para un enófilo es ver la evolución, en el transcurso del tiempo, que va teniendo ese vino que tanto vamos atesorando.



Si a esta costumbre, cada vez es más habitual entre los fanáticos, le sumamos que cada día nuestro mercado ofrece más variedad de etiquetas a través de diversos tipos de proyectos, que van desde una pequeña partida de 300 botellas que hace un productor de garaje, hasta las decenas de miles que puede tener una bodega de las grandes en cada una de sus líneas, la cava o el espacio destinado para guardar el vino tendrá que ampliarse al ritmo de las oportunidades de compra, l
ógicamente siempre que la billetera lo permita.

Hace cerca de veinte años que transito este mundo tan lindo del vino, de hecho buena parte de mis amigos y relaciones están dentro de él, y hay cientos de historias de catas, momentos, viajes, los cuales muchas veces trato de compartir en alguna nota en el blog o personalmente con quien ya tengo oportunidad de recibir en la cueva. 

Pero hay otras historias que muchos de quienes estamos tan enganchados con el vino tenemos en común pero por pudor, o vaya a saber que, muchas veces evitamos contar. 

Estas historias tienen más que ver con el momento o la forma en que adquirimos nuestros vinos y cuánto es lo que realmente blanqueamos entre nuestros seres más cercanos (se entiende por blanquear cuánto pagamos por ellos). 

Pensando en esta nota compilé diferentes anécdotas aportadas por los propios protagonistas.

Imaginen que para lograr esos testimonios necesité garantizar que los mismos no irían acompañados de los nombres reales ya que, lógicamente, muchas historias comienzan en la vinoteca.

“cuando mi señora me acompaña a la vinoteca - e intenta bajar del auto -suelo sugerirle que me espere allí: mirá que hago rápido, en la vinoteca te aburrís, yo regreso enseguida - le digo mientras tomo la chequera y la guardo en la campera”.

Esta es una de las escenas que me comenta "Sergio" cuyo colmo mayor es que viaja 50 Km para ir hasta ésa vinoteca especializada y en algunos de esos viajes, para que se le haga más ameno el trayecto, su pareja lo suele acompañar.

Pero hay otros que si bien fueron solos y sólo para hacer una compra regular, llegaron justo al comienzo de una degustación y se metieron en un temita familiar.

Por ejemplo Javier que cuenta que un sábado temprano salió de su casa para buscar solamente una botella de vino, ya que su mujer prepararía especialmente unos ravioles con estofado para el almuerzo y quería alguna etiqueta para acompañarlos, y terminó llegando cuando las raciones de pasta ya se habían terminado. No quiso detallar los reclamos al momento de ingresar a su casa pero eso sí, fue precavido en comprar botellas para toda la semana.



También está Miguel que en una situación similar se había olvidado que tenía reserva junto a su familia en una de las mejores parrillas de Buenos Aires. Todavía recuerdo a su esposa e hijas, que algo asustadas porque que no respondía las llamadas al celular, se acercaron hasta el local en medio de una concurrida cata - pobre - bien colorado se puso cuando su familia interrumpió la misma, en la que tan compenetrado estaba.

Hasta un niño es participe de una historia ya que le hizo un interesante planteo a su padre Marcelo quien me cuenta: “luego de una visita junto a mi familia a la bodega de Carmelo Patti, donde entre otros vinos me compré una caja de Assemblage, antes de retirarme le pedí que me firmara una botella. Ya de regreso y en el auto, mi hijo que en ese momento tenía 5 años, me pregunta porque le había pedido a ese señor que me firme una botella; le aclaro que - ese señor es un productor de vinos muy reconocido, y para un coleccionista esa botella en 20 años podría llegar a valer mucho dinero - muy interesado el niño, pero con mucho más énfasis le vuelve a preguntar: y si es así porque no lo hiciste firmar las seis?”.

Para los que evitan la vinoteca eligiendo el servicio de entrega a domicilio tampoco se les hace tan simple ya que recuerdo a alguien que en el momento de una entrega, en el hall de un moderno edificio en la zona de Recoleta,  me recibe con gestos, murmullos al oído y guiños indescifrables, claro, resulta que intentaba decirme que me ubicara en otro ángulo ya que no quería que su mujer pudiera ver cuánto dinero le daba a través de la cámara del edificio.

Mucho más paranoico aún fue aquel que dividía su pedido mensual en tres canales de comunicación diferentes, repartido entre mail, whatsapp y llamada telefónica, obviamente sin aclarar precios, sólo le faltaba pedir que hablara en clave por miedo a que el teléfono estuviera pinchado.

Pero también ocurren historias jugosas en cada casa y estas tienen que ver cuando se empieza a ocupar más espacio extra para asegurar la guarda de las botellas, las cuales en un principio se evitan blanquear, hasta que llega un momento en el que se hace insostenible disimular las cantidades y allí también hay algunos relatos interesantes.

Por ejemplo está ese que reconoce que no gasta tanto pero sí que su departamento es muy pequeño y el día que la conservadora quedó chica empezó a guardar vinos debajo de la cama en esas cajas planas de seis botellas. No faltó mucho para que, al momento de limpiar, su pareja descubriera el botín y pasara a contar entre el stock blanqueado.

Otro, con mayor ventaja ya que vive en una casa, me comentó que sigue manteniendo el sistema "doble cava", es decir, una declarada y otra en negro, esta última la ubica en una pieza que está en el fondo de su casa.

Y amplía: “Utilizo la técnica de contrabando hormiga para ingresar las botellas al fondo ya que no siempre es sencillo; he llegado a introducirlas mezcladas entre la ropa de fútbol cuando volvía de los partidos. O alguna vez también aprovechar la compra de algún electrodoméstico y utilizar su caja al mejor estilo Caballo de Troya".  

Roberto, serio y más preciso, desarrolla su caso: “cuando uno va creciendo como consumidor empieza a buscar vinos con otras características y que lógicamente tienen valores cada vez mayores, aunque nunca necesité aclarar demasiado ese tema con mi mujer, sí se me complicó el día que empecé a ocupar diferentes rincones de la casa porque en la cava ya no entraba más una botella; y lo que me quedaba pendiente era en un mueble debajo del televisor, hasta que se rompió una botella de tinto salteño, de esos bien concentrados, en el living y manchó toda la alfombra de piel blanca (…)”

“empecé a blanquear más en serio esto de guardar y, sobre todo, explicándole a mi pareja la importancia que tiene la misma para determinado tipo de vinos”.

Otro profesional del buen beber y obviamente de la compra amplió y profundizó más en su respuesta: “comprar vinos no es una cosa simple ya que lleva mucho tiempo el entender el propio paladar para saber qué comprar y más tiempo aún cuesta el encontrar al vendedor que te recomiende lo que te hace feliz a vos y no a su bolsillo, pero más difícil aún es el poder ingresar la compra a casa sin que eso signifique un divorcio por la suma gastada mes tras mes”. 

La ingeniería dista de ser simple o una ligera mentira. Es una operatoria digna de agente secreto en película de acción. Compras con cuentas paralelas o dinero en negro (no me refiero a la AFIP, si no al conocimiento hogareño), amigos que te guardan los vinos en su casa hasta el día que tu mujer sale con las amigas y llegás con el auto cargado cual flete, arrastrando el culo para meter las cajas en la cava y que pasen desapercibidas, o llegar con una caja que se supone que es para tu amigo y al otro día te la llevás, vacía, para que quede en claro que esa caja no era tuya.

Claro que la mejor manera de ingreso siempre fueron los asados multitudinarios, esos donde te traen los vinos que estuviste comprando por semanas y entran mezclados con los tubos que serán ajusticiados en la reunión.

Siempre puede fallar pero suele ser la opción más sincera. El vino es nuestra bebida nacional, pero el comprarlo es un deporte de riesgo que hace de nuestros vinos una aventura maravillosa de ser vivida.

No faltaron los que me dijeron que no tienen la necesidad de dar explicaciones pero si reconocen que les terminaron complicando la vida a algunos amigos. Ahí me acordé de un vecino y amigo que metí al mundo del vino. 

Él no solía tomar vino cotidianamente y compraba siempre en los chinos, se tomaba un Trumpeter o un Luigi Bosca Reserva y los disfrutaba de sobremanera e incluso sabía explicar las diferencias, entonces me di cuenta que paladar tenía y sólo le faltaba instrucción.

La primera vez le regalé un Amauta Malbec, y le dije "voy a hacer que te guste el vino de verdad, pero andá pidiendo un aumento de sueldo porque es un camino de ida". Desde ahí que nunca más paró, y dentro de sus posibilidades, hoy toma buenos vinos de forma cotidiana. 

En los primeros momentos del cambio, cuando yo le llevaba las botellas, le decía a la señora que se las regalaba porque estaba promocionando unos vinos que mi hermano vendía. Con el tiempo le fue diciendo que empezó a comprar algunos, lógicamente sin hacer demasiada mención a los precios, y actualmente además de llevar todo bien blanqueado se lo ve muy feliz compartiendo junto a su esposa el nuevo mundo que descubrió. 

Las reuniones también son testigo de algunos momentos se zozobra.

Así Jorge tiene siempre a mano una respuesta preparada para el momento social y le da buenos resultados: “muchos amigos, familiares o conocidos que no están en el tema vinos venían a casa, descorchábamos alguna botella y después del "que rico vino" preguntaban indefectiblemente “Cuánto cuesta?” a lo que yo respondía honestamente su precio. Lamentablemente para los que no tienen "el bichito del vino" como tiene uno, es realmente incomprensible que uno pueda gastar $500, $1000 o más en un tubo. Te miran con cara de "estas loco"?! o lo que es peor: de que te la das?? y nada más lejos de esto último.

Por eso con el tiempo aprendí que cuando abro botellas determinadas, ante este tipo de personas, y viene la pregunta de rigor, mi respuesta es "No tengo idea, es un regalo"

“En una caja de Cheval 2005 escribí una frase que todo enófilo casado debería firmar al pie:

"Amor: No vendas mis vinos por el precio que yo te dije que los pagué"
Con ese mensaje para sus pares Jorge concluye su relato.


También en situación social similar Charly confiesa otra operatoria: “en todas las reuniones los vinos siempre los elijo yo, y no importa que seamos 4 o 20 y tomemos 1 o 15 botellas, siempre el costo por persona es de 200 pesos. Todos saben que les miento, pero prefiero absorber la diferencia del gasto ya que si les dijera cuanto deben poner cada uno me dejarían de invitar o lo que es peor permitirme elegirlos. Para mi es imposible disfrutar un vino a solas, y tampoco me parece lógico que el resto deba pagar el costo de mi gusto, por eso desde hace un tiempo decidí hacer así, y a pesar de que muchas veces se ríen y me cargan por mi fanatismo, no me importa, me da mucho placer compartir mis elegidos con ellos”.

Necesité mostrar estas historias simpáticas para llegar a lo que creo es la parte de la nota que más me interesa.
Seguramente la mayoría tenemos algún hobbie; coleccionar y/o invertir en lo que pocos o nadie estaría dispuesto a hacerlo, con el único justificativo que simplemente es porque es el gusto de uno, aquello que nos llena verdaderamente.

Ahora volviendo al nuestro, que claramente es el vino, que es ese que compramos especialmente siempre pensando en compartir, porque nadie que adquiera aquella botella tan preciada lo hará para descorcharla sólo, y eso lo garantizo. 

Quizá sin saberlo, y qué suerte que tenés vos, capaz todavía no te pico ese bichito del vino que comentaba Jorge, pero tal vez algunos de los protagonistas de los relatos anteriores te hizo recordar a algún amigo, ser querido o alguien bien cercano. Te voy a contar algo que estoy seguro que no sabés. El mayor deseo de esa persona es que vos disfrutes de los vinos tanto o más que él; ese fanático, loco, enófilo, que podes llamar como quieras, bebe, se emociona, disfruta frente a una copa, pero mucho más fuerte que ese disfrute es cuando la botella que eligió para descorchar cautiva, encanta y enamora a las personas con quienes la comparte.

Si bebés vino pero el vino todavía no es tan importante en tu vida quedate tranquilo, porque él es tan generoso que siempre estará allí dejándose disfrutar, en el momento y de la manera que vos elijas, como te sientas más cómodo, sin cuestionarte nada y seguro, mientras pasan los años, vas a ir aprendiendo a descubrirlo sorbo a sorbo. Mientras que habrá alguien, no muy lejos, que siempre estará atento y ocupándose de juntar esas botellas tan especiales para mimarlas y, algunas veces, hasta utilizando algún "Caballo de Troya" para que lleguen su cava y así esperar con mucha paciencia que coincida el momento justo de esa botella con el momento justo, ideal, para que mejor la disfrutes vos, y así nada podrá fallar.

(*)Las imágenes son compilados de fotos precisamente de las cavas de algunos de los amigos que nos brindaron testimonio.




jueves, 8 de febrero de 2018

"La búsqueda por el sello propio"


Una de las partes de mi trabajo que más disfruto es cuando puedo seguir bien de cerca cada uno de los proyectos que recomiendo y comercializo. Verlos nacer, ser testigo de cómo crecen a medida que pasan los años, cómo se van poniendo sólidos y empiezan a ser más reconocidos entre los consumidores, y así van definiendo un camino. Sobre todo, disfruto de confirmar cómo lo que uno charla con cada productor se condice con las sensaciones al momento de degustar sus vinos; una relación que suele ser directa y que percibo cada vez con más frecuencia.

Cada día son más los productores que, más allá de desarrollar un proyecto que lógicamente pretenderá ser sustentable desde lo económico, ante todo privilegian la búsqueda del vino que sueñan, en vez de quizás optar por la comodidad de lo que podría ser un estilo puramente comercial. Así los llamo a aquellos vinos con un gusto más estándar, esos que cuando los pruebo me dejan la impresión de una película que ya vi y sé cómo va a terminar.


Hace algunos meses tuve la posibilidad de encontrarme con dos de esos pequeños productores que sigo con mucho placer. Quizás, observándolos de lejos, por sus orígenes o estilos, parecieran tener pocas cosas en común, pero esta actividad de constantes degustaciones y, sobre todo, de largas charlas me permite percibir todo lo contrario.

Tanto a Ale Martorell de Altupalka como a Mariana Onofri de Onofri Wines los conocí hace algo más de dos años, en sus comienzos y con apenas un par de etiquetas en sus respectivos porfolios. Cada uno por su lado, con un solo día de diferencia, eligieron la “cueva” para compartir respectivamente su primera vertical de tres añadas. Si bien este tipo de prácticas sirven para mostrarme el fiel reflejo del trabajo del hacedor y de lo que pudo haber influenciado el clima en cada año, también me deja una idea de lo que vendrá o hacia dónde va cada proyecto. Algo que siempre encuentro –y acostumbro a repetir– es que con los productores que trabajan y se ocupan por mejorar, todo lo nuevo siempre tiende a superar a lo anterior. Esto es lo que siento con Ale y con Mariana.

Recuerdo que en octubre del 2014 probé el Altupalka Malbec/Malbec 2013 en la plaza de Cafayate, acompañando unas empanadas en uno de esos tours enófilos que me llevó a los Valles Calchaquíes. Eso me motivó, ni bien regresé a Buenos Aires, a armar una reunión con Martorell, para conocer su historia. Así supe que optó por la altura de Molinos como el lugar de donde proviene parte de la fruta que utiliza para sus vinos y que para el asesoramiento en su proyecto eligió nada menos que a Roberto de la Mota. También conocí el entusiasmo que se le transluce cuando le toca hablar de su región. Por todos estos motivos, desde aquel momento siempre me interesó seguir de cerca sus lanzamientos. 
El viernes 8 de diciembre de 2017 volví a tener el placer de recibirlo en la cueva, esta vez con la idea de probar todos los vinos que llegaron al mercado hasta el momento, junto a algunos que están por llegar, y así fue que degustamos las siguientes etiquetas.

De la línea Altupalka Sauvignon Blanc (SB), 2014, 2015 y 2016 (recién salido al mercado):
Los SB de esta región de altura suelen destacarse por ser exuberantes, herbales, con ciertas notas más vegetales que recuerdan a espárragos, arvejas, que los hacen muy especiales y que claramente los diferencian de cualquier otro SB de altura de nuestro país. Como dice un periodista amigo, poseen un encanto que los hacen únicos entre los SB del mundo. Esas notas las encontré algo exacerbadas en el 2014; mientras que en la 2015, si bien estaban presentes, compartían más la paleta junto a algunas notas melosas, quizás de evolución, y frutales, que lo balanceaban. El 2016 lo encontré como el más equilibrado; tales aromas se percibían un poco más moderados: un vino más sutil y claramente más fresco. En lo personal, fue el que más me entusiasmó y creo que tendrá una buena vida en botella durante los próximos años.


De la línea Altupalka Malbec-Malbec, 2013, 2014 y 2015:
Esta línea combina malbec de dos zonas que por sus diversos atributos y características se complementan de manera excelente: Cafayate y Molinos. Quizás por ello no necesitó crianza en madera para entregarnos potencia, carácter y taninos. Lo más importante para mí es que posee una atractiva buena frescura. Aunque encontré un 2013 con cierta evolución, me resultaron mucho más interesantes los momentos que están atravesando las añadas más nuevas.


De la línea Altupalka Extremo, 2011, 2013, 2014 y 2015 (aún no está a la venta):
A diferencia de la anterior, esta línea sí posee unos 14 meses de crianza en barrica de roble, combinando diferente cantidad de usos. La percibo mejor cuando carga con algunos años en botella. Hoy es la 2013 la que está pasando un gran momento. La 2015, que saldrá aproximadamente en un año, creo que tiene un potencial y un equilibrio que prometen mucho; me arriesgo a anticipar que superará a las anteriores: a estar atentos.

Aún no habían pasado 24 horas de la visita de Ale, cuando el sábado 9, bien tempranito, recibí a Mariana Onofri, a quien cuando la conocí en el 2014 me había presentado solamente dos etiquetas: un dúo especial que lo componían un Pedro Ximénez (PX) de Lavalle (Zona Norte de Mendoza) y un blend blanco de alta gama, que combina fruta de Agrelo y Valle de Uco. Recuerdo que en aquel momento los cortes blancos con potencial de guarda todavía no estaban tan en auge como en el último año y medio. Era atípico debutar con una dupla de estas características, o al menos parecía muy difícil en términos comerciales. Sin embargo, en lo personal, ese comienzo me hablaba de un proyecto más que prometedor: me anticipaba el desafío de una productora que elige no caer en la comodidad que les comentaba al principio. No pasó mucho tiempo para que se le sumaran dos tintos criados en barrica: un cabernet franc y una garnacha. 


En esta nueva ocasión, Mariana aprovechó para volver a visitar la “cueva” y ahora sí mostrar sus tres primeras añadas del PX y un nuevo bonarda, también proveniente de Lavalle, que se suma a la línea Alma Gemela. Los vinos de la degustación con Mariana fueron los Alma Gemela Pedro Ximénez, 2015, 2016 y 2017.

Sensación de pureza, frescura y –por qué no– “seductora simpleza” en su expresión. Creo que el 2016 está transitando su mejor momento. El 2015 aún posee un poco más de peso y ganó complejidad en boca, algo llamativo porque no era un vino pensado para la guarda. Mariana me recordó que sólo en esa añada tuvo un pequeño aporte de crianza en barrica y evidentemente hoy le está dando una linda complejidad. El 2017 es exquisito, con esa tensión en boca que me hace acordar más a vinos de zonas frías, y no de un desierto de constantes altas temperaturas como es Lavalle. Vale aclarar que se trata de una zona siempre asociada a vinos de volumen, al igual que el Este mendocino. Mariana contó con detalle los minuciosos trabajos en el viñedo para conservar la acidez natural en la uva. 


Una sensación similar me dejó el nuevo Alma Gemela Bonarda 2017, bien seco y fresco, de taninos firmes, aún un tanto rústicos, que se redondearán en poco tiempo. A pesar de ello, hoy también me entusiasma: es el típico tinto gastronómico que no busca protagonismo, pero que puede adaptarse a diversos tipos de platos, especialmente de esos que nos acompañan diariamente. Este bonarda nació para acompañar al PX, y creo que nunca mejor elegido ese compañero, porque son dos de las cepas más plantadas en nuestro país, que lejos están de destacarse como variedades ideales para alta gama. Sin embargo, Mariana sabe sacar lo mejor de cada uno de esos jugadores, así como cuando un DT elige el puesto ideal donde el jugador se siente más cómodo, para lograr el mejor rendimiento de cada uno.

Para sus tintos de mayor gama, eligió acertadamente fruta de una zona de mayor altura, como es Los Chacayes (Valle de Uco). Allí nacen el Alma Gemela Garnacha 2016, que se destaca por poseer mayor estructura que las que actualmente hay en el mercado, y el Alma Gemela Cabernet Franc 2014, el cual conserva una vivacidad que lo hace parecer más joven. Eso me habla de la buena evolución que va a seguir teniendo ese vino, que además percibo bien seco. Para cerrar, probamos el Zenith Nadir 2015, un blanco que posiblemente se ubique entre mis diez preferidos. Cuenta entre sus componentes con un 35% de fiano, que creo que aporta un papel importante en la evolución en botella, sumando algo graso y buen desarrollo en el paso por boca.

Mariana busca en el desierto del norte mendocino y trabaja artesanalmente junto a Adán, viticultor y “su alma gemela”, como suele presentarlo ella. Ambos cuidan de manera especial planta por planta, para protegerla del sol y así conservar la mayor acidez natural posible. Mientras, tratan de revalorizar el patrimonio acumulado por los años de esos antiguos parrales de la zona de Lavalle.


Ale desafía la altura extrema de Molinos, lugar que ya conocemos por el carácter único que imprime la región, donde se cosecha “cuando la naturaleza lo permite”, ya que es precisamente durante los meses de verano cuando el agua de deshielo baja de la montaña y resulta un obstáculo en un momento clave como es la vendimia. Hace cuatro años decidía debutar con un desafiante SB, a pesar de que también tenía plantado torrontés, pero desde su nacimiento –por lo visto– ya aspiraba a diferenciarse.

Ambos siempre están buscando y evitando la zona de confort. Precisamente es eso lo que los distinguirá de sus pares cuando probemos sus vinos y encontremos aquello que los hace especiales. Algunos suelen decir que las personas pasan y los lugares quedan, pero ¿qué pasaría si no existieran estos emprendedores de empuje, de constantes desafíos? En definitiva, ellos son los que se esfuerzan para lograr lo mejor, o al menos lo que interpretan que será lo mejor. Me pregunto cuántos, en el mismo lugar, abandonarían ante el primer tropiezo, o se les agotaría la paciencia esperando aquel vino que tampoco nadie les asegura que algún día llegará.

También me pregunto qué sería de mí, consumidor, comunicador, vendedor y entusiasta del vino, si no pudiera compartir la cantidad de horas, experiencias y copas que me regalan cada uno de estos productores. Seguramente mi trabajo sería aburrido, o tal vez tampoco hubiera llegado a elegirlo como tal, si me faltara esa “pata” que al menos para mí resulta crucial. Ni hablar de cuánto menos tendría para contarle a quien viene a mi “cueva”, que precisamente prefirió el “mano a mano” para conocer la otra parte de ese vino que tan especialmente eligió para beber.

La diferencia está en poder interpretar hasta que mis propios umbrales me lo permitan, o poder encontrar además aquello que logra conectar a otros sentidos, a un momento, al corazón. Los umbrales se pueden mejorar con la experiencia de probar y probar, pero para la conexión se necesita que siempre haya historias de personas involucradas.

Mientras tanto, me voy volviendo cada vez más fundamentalista de conocer a las personas y sus lugares. Estos últimos, por suerte, en nuestro país cada vez son más, y afortunadamente van entregando características de las más variadas. Por su parte, celebro a las personas que buscan, las del trabajo de hormiga, las de los resultados a largo plazo, las que piensan que la mejor cosecha es la que está por venir. Brindo por ellos, que trabajan para dejar una huella, por moldear un sello propio, para distinguirse. Hoy me tocó contarles sobre Mariana y Ale; por suerte estoy tranquilo, porque el grupo que más me gusta y elegí cada vez está más grande.































martes, 5 de diciembre de 2017

#EnPrimeurEnMrWines 2017



En esta nota quisiera compartirles mis impresiones sobre #EnPrimeurEnMrWines 2017, realizado el 7 de octubre pasado. La nueva edición del evento que organizamos en nuestra “cueva” tuvo, por segundo año consecutivo, el objetivo de probar los vinos de la cosecha para sacar algunas conclusiones más generales, que sobre todo tengan que ver con lo que fue su marcha durante el año.

En total se presentaron 85 muestras, lógicamente todas cosecha 2017. El 20% fueron vinos terminados, listos, que ya se encuentran en la góndola; mientras que el 80% restante se repartió entre algunos que estaban a punto de salir y otros que lo harán en un tiempo más, ya que hoy puede que estén transitando diversas fases de crianza (barrica, botella, huevo de concreto, etc.). La mayoría se mostró ya con un destino definido, aunque no faltaron también algunas muestras de investigación o posibles futuros componentes.



A diferencia de la edición 2016, casi se duplicaron el número de muestras participantes, y la cantidad de asistentes también se incrementó en un 25%. Vale destacar que la totalidad de ellos son habitúes de nuestro espacio, todos consumidores acostumbrados a asistir a ferias y degustaciones. En esta oportunidad, pudieron probar un promedio de entre 30/40 muestras cada uno, en el término de los 120 minutos.



Entre la totalidad de las muestras, el 80% fueron tintos, mientras que el resto se repartió entre blancos, rosados y espumantes. Vale señalar que disminuyó el porcentaje de este último grupo con respecto a la edición 2016. Quizás esto tenga relación con que ese año haya sido particularmente especial para aquéllos y no tan ideal para los tintos, con lo cual los productores se mostraron algo más tímidos, sobre todo para anticiparlos en aquella ocasión.




Desde temprano, en este 2017 los tintos cumplieron con un muy buen papel, que quedó demostrado en la degustación. En general, se percibieron con un gran balance entre expresión, concentración y frescura. De las 240 muestras que se descorcharon, sólo dos fueron descartadas porque no se encontraron óptimas, lo cual pudo haber tenido relación directa con un mal cierre del corcho.

Al igual que el año anterior, terminado el evento había una encuesta on line para que cada uno de los participantes respondiera. Mis conclusiones serán un resumen del resultado de esta encuesta, mi experiencia personal y, desde luego, el haber estado durante toda la jornada que superó las 14 horas, además de degustando, charlando tanto con los asistentes como con quienes se encontraban al frente mostrando los vinos que representaban. De los 35 productores que acercaron muestras para degustar, 12 lo hicieron mediante sus hacedores o bien un representante de la marca.



Uno de los puntos que me pareció interesante es cómo los concurrentes tenían el mismo interés tanto por probar un vino de un productor debutante como etiquetas ya consolidadas de reconocidas figuras de nuestra industria. Entre esos dos extremos, hubo de todo, porque si bien la cueva claramente es sinónimo de pequeños productores, no faltaron las grandes bodegas que mostraron futuros vinos de alta gama, aprovecharon la ocasión para presentar zonas no tan reconocidas, o explicar, por ejemplo, cómo pueden impactar los diferentes tipos de crianza (barrica o foudre) en el mismo vino.




A la pregunta de la encuesta de si se encontraba relación entre la información aportada por el productor y las muestras degustadas, la mayoría de las respuestas se repartieron entre “sí en general” y “en varias de las muestras”. Es llamativo que, al justificar las respuestas, muchos de los asistentes destacaron que aquellas muestras que degustaron de mano de sus representantes fueron las ideales para encontrar esa relación. Esto muestra lo relevante que es comunicar los vinos en forma directa: cuánto que ayuda a comprender mejor cuando al consumidor se lo guía. Si bien estoy de acuerdo en que el vino ante todo deba ser para disfrutar de un modo relajado, sin la necesidad de ser un experto en la materia, no me caben dudas de que ese consumidor “mejor educado” mañana priorizará su compra por conocimiento, experiencia y reconocimiento de calidad, y que no decidirá una compra sólo por la marca que lleve en su etiqueta, el tamaño de la botella o una oferta tentadora.



Cuando se trató de reconocer la zona, las respuestas ya no fueron tan claras. Sin embargo, en líneas generales estuvieron bastante cercanas a lo que podría haber imaginado. Las más reconocidas fueron Gualtallary y Paraje Altamira, sobre todo la primera. Recuerdo haber asistido, hace cinco años, a una cata a ciegas en la que participaron exclusivamente vinos de esos dos lugares, junto a profesionales del vino, y estuvimos muy lejos de percibir con tanta claridad la procedencia. Si seguimos a este ritmo de búsqueda, dentro de cinco años serán otras zonas las que también se vayan sumando a esta lista de las que podamos reconocer casi a ciegas (confío en Los Chacayes para que pueda sumarse a este grupo).



Al mismo tiempo, me alerta que haya otras zonas con destacadas particularidades y sobre todo historia, justamente en las afueras del Valle de Uco, y que directamente no nos ocupemos para identificarlas o, mejor dicho, reconocerlas por sus características mediante la degustación. Creo que tiene que haber más trabajo de comunicación de los productores locales, exponiendo los matices que nos pueden aportar diferentes lugares de Luján de Cuyo, Maipú o San Rafael. Menciono aquí sólo a las mendocinas, pero lógicamente que lo hago extensivo a todo el país. Los vinos provenientes de los Valles Calchaquíes corren, en este aspecto, con clara ventaja sobre todos, ya que a ciegas se los suelen identificar más fácilmente. Un próximo paso podría ser empezar a distinguir diferentes lugares dentro de nuestro NOA; confío en que esto ocurrirá: la camada que hoy está trabajando en la región va hacia la búsqueda de ello.




De la encuesta también extraje que para un porcentaje de los participantes es relativamente importante reconocer la zona. Me encantaría poder compartirles cada una de las justificaciones, por lo precisas que fueron en la mayoría de los casos. Ello refleja el interés de los consumidores por el reconocimiento. Quiero aclarar que la mayoría no era profesional que trabaja en la industria; eran consumidores, pero con mucha madurez como tal, por lo visto.


Por mi experiencia de conocer desde hace rato ambos lados del mostrador, me animo a decir que a veces no encuentro esa madurez en la propia gente que se desempeña en la industria. No hablo de técnicos, por supuesto. Trabajes en el puesto que trabajes dentro de la industria, así seas el CEO de una multinacional o el vendedor que camina día a día la calle, tenés que ser una persona entusiasta del vino, apasionado por él, tener una clara lectura frente a una góndola, y sobre todo capacidad para pensar siempre como un consumidor. Eso precisamente se logra comprando y probando mucho vino, y si es a ciegas, con los pares o en competencias, mucho mejor, para así comparar y analizar. En definitiva, me refiero a la importancia de capacitarse en el conocimiento del vino de igual manera, o más, que en la especialización o área en la que le toque desempeñarse.



Casi un 84% dijo que reconocería la variedad en sólo algunos casos. Como consumidor me siento identificado con ese grupo también. Increíblemente creo que estuvimos muchos años tomando vinos que no reflejaban de modo claro las variedades; perdimos años de práctica, de capacitación en ello. Cuando se puso de moda la varietabilidad en los vinos, el estilo o el perfil que perseguían los productores tuvo más peso que respetar la tipicidad varietal en sí. La concentración y la sobreextracción poco colaboraron a que pudieran percibirse diferencias marcadas entre las variedades. Es una suerte que cada día estemos más lejos de aquello, y hoy cada cepa, cada lugar y, en algunos casos hasta cada finca, sea tratada para sacar lo más puro de ella. Esa sutileza se empieza a percibir, y es todo un ejercicio, el de probar, reconocer, recordar…




Hubo dos preguntas que debían responder únicamente quienes asistieron a ambas ediciones del #EnPrimeurEnMrWines (2016 y 2017), es decir, de 44 personas que venían respondiendo, en estos casos sólo respondieron la mitad, un número considerable, de todos modos. La pregunta tenía que ver con la comparación de calidad en los blancos y en los tintos respectivamente, comparando las diversas añadas. En ambos casos fue relativamente alto el porcentaje que indicó que encontraron claras diferencias. Esta respuesta tan definida es la que, como organizador, disfruto de encontrar.

Se resaltó que los blancos de la 2016 habían sido superlativos, de frescura incomparable, quizás más austeros en aromas pero de mayor fineza y tensión en boca; en cambio, a los 2017 los encontraron más expresivos, con algo más de equilibrio, sabor y volumen en boca. En el 2017 los tintos también fueron claramente más expresivos, más intensos, más jugosos, más redondos; mientras que la edición 2016, tan especial, nos había entregado tintos algo más tímidos en aromas y notoriamente más livianos en el paso por boca.




Todo da para pensar que, en líneas generales, esta 2017 será mucho mejor en cuanto a calidad, algo que quienes estamos cerquita pudimos escuchar de los propios protagonistas desde el día 1 de la cosecha. Hoy, con el #EnPrimeurEnMrWines, empezamos a confirmar que ello fue tal cual así.
Se trata de mirar hacia atrás, observando el presente, imaginando y planificando de alguna manera el futuro, sobre todo para no repetir los errores del pasado. Así, mientras se camina, se va construyendo nuestra historia vitivinícola, algo que tanta falta nos hace, porque lugar, clima y ganas tenemos de sobra. Mientras, reconocemos cuánto crecimos en pocos años, algo que a medida que nos alejemos en el tiempo se notará más notorio. Resalto, desde luego, la fortuna de vivirlo desde este lugar privilegiado que nos tocó de consumidores. Sostengo, cada día más, que ello debe ser con la misma responsabilidad que deben tener quienes lo producen o ya son parte del mercado, porque también somos un eslabón muy importante en este crecimiento de la industria: mientras nosotros probemos y aprendamos cada día más, podremos demandar más calidad en cada uno de descorches que hagamos.




La forma de ayudar a subir la vara de la calidad es ser cada vez más exigentes. Este escenario que describimos, el #EnPrimeurEnMrWines, es simplemente esa posibilidad de brindar más horas de vuelo a nuestros paladares, que sin dudas siempre son fundamentales para seguir creciendo.


miércoles, 1 de noviembre de 2017

“San Pablo, buen presente y mejor futuro”


Siempre con intenciones de empezar a conocer los lugares donde nacen los vinos que bebemos, en esta oportunidad decidí elegir uno para poner el foco, profundizar en las características que lo distinguen, compartirlas con ustedes, y sobre todo tratar de relacionar el lugar con los vinos al momento de degustar, y así lograr entender mejor de qué manera pueden influenciar cada uno de éstos en los vinos. Es un tema que no hace muchos años poco y nada teníamos en cuenta, y que en lo personal considero que es el paso que debe dar nuestra viticultura para seguir creciendo; para ser más preciso, ello consistiría en explotar la diversidad que nos pueda aportar nuestra inmensa y rica geografía, y dejarla expresada con la mayor claridad posible a través de los vinos. Esto nos hará crecer sobre todo a nivel país y de esa manera, en el futuro, el mundo nos podría empezar a reconocer más allá que por la calidad de nuestros malbec, como es hoy, por cada uno de los diferentes lugares que dan origen a los vinos.





El lugar que elegí para desarrollar es San Pablo (SP), ubicado en la zona más alta del departamento de Tunuyán dentro del Valle de Uco. Recordemos que el Valle de Uco se encuentra al sudoeste de la ciudad de Mendoza con una superficie plantada de 30.000 has, formado por la Cordillera frontal y la región de las Huayquerías; la altitud varía desde los 900 a 1.700 msnm, y los otros dos departamentos que lo forman son Tupungato y San Carlos.






Producto de la altura y la cercanía a la Cordillera, en general la región se caracteriza por inviernos rigurosos, veranos con días templados tirando a cálidos, sobre todo con noches bien frías. Esa amplitud térmica favorece a una muy buena producción de color y taninos en las uvas, lo cual permite disponer de materia prima ideal para obtener vinos de alta calidad con aptitudes especiales para una crianza más prolongada.


En la última década muchas bodegas que nacieron en otras zonas con mucha historia vitivinícola de Mendoza, como Luján de Cuyo o Maipú, se inclinaron por el Valle de Uco para obtener sus vinos de mayor calidad, en un principio seleccionando sólo sus fincas. En la actualidad varias han instalado en el lugar un segundo establecimiento exclusivo para la alta gama; zonas como Gualtallary o Paraje Altamira son claros ejemplos de las más renombradas hoy. Por suerte, están cada día más lejos de ser las únicas; de hecho, hoy mi elegida es SP, y no fue al azar. La decisión está fundada en haber bebido estos últimos años e identificado ciertas características que me agradaron de manera especial, y que además me hicieron pensar en un gran potencial de la región.


                                          



SP se inicia al pie de la Cordillera frontal y se extiende hacia el sureste con una pendiente natural; sus suelos son producto de materiales de la Cordillera, trasladados y depositados por el viento y por el agua. Enmarcado entre dos importantes cursos de agua de la zona, como son el Río Las Tunas y el Arroyo Villegas, muestra una distribución de suelos jóvenes que van de limos y arenas finas a conglomerados de medios a gruesos. Los suelos en promedio son más profundos y más homogéneos en profundidad que en zonas vecinas. El contenido de calcáreo también tiende a ser menor, pero más homogéneo. SP abarca una superficie aproximada de 5.300 has y, para agregar un dato más, se ubica dentro del distrito de Los Árboles.

Debo confesar que la primera vez que escuché hablar a alguien del lugar con mucho entusiasmo fue a Sebastián Zuccardi en un almuerzo que coincidimos casualmente en Mendoza a principios del 2013. Él contaba sobre la altura, recuerdo como si fuera hoy aquella charla en la que resaltaba lo extremo del clima, las bajas temperaturas. Y hoy vuelvo, casi como retomando aquella conversación, como si el tiempo no hubiera pasado, pero con más de una docena de vinos degustados recientemente de diferentes productores para compartir aquí.
La altura en SP va de 1.100 a 1.700 msnm. Como sabemos, la altura es una de las variables que inciden para las bajas temperaturas, y más aún en un lugar particularmente muy abierto; si la comparamos con el resto de las regiones del Valle de Uco, su promedio de T° es el más bajo de todas. Incluso, a pesar de estar tan cerca y tener bastante en común con su vecino Gualtallary, SP tiende a ser más húmedo, lo cual colabora a esas condiciones extremas provoquen que a la vid le cueste más tiempo en alcanzar la maduración azucarina (futuro alcohol) y polifenólica (taninos y color). Por tal motivo esta zona originalmente fue pensada para base de espumantes o variedades de ciclo vegetativo más corto como algunas blancas precisamente de climas fríos. Otra particularidad que tiene es una pendiente algo más marcada sobre todo en la parte más alta, en pocos metros de distancia las alturas pueden variar de 1.200 a 1.400 msnm, por ende, la temperatura promedio también.
A pesar de todas esas adversidades, hubo productores que no dudaron en plantar algunas tintas, aunque para ello tuvieron que adaptarse con sus trabajos a las condiciones del lugar. Por ejemplo, en la altura de SP un malbec tarda casi 30 días más en madurar que en sus vecinas Altamira y Gualtallary. Mientras que en estas últimas hay que practicar una viticultura para evitar la sobremadurez, en SP hay que trabajar especialmente para alcanzarla. Eso me decía Seba Zuccardi mientras probaba su Polígonos del Valle de Uco Malbec San Pablo 2015, con una nariz que me recordaba mucho más a hierbas silvestres que a la concentración de fruta roja o negra característica de otros vinos del valle. De igual manera, su intensidad colorante me llevaba más a la de un pinot noir, que al profundo de cualquier otro par. Esto último es producto de extracciones bien moderadas que prefiere practicar Seba, lo cual considera ideal para lograr la expresión más franca aclara. Recuerdo haber encontrado matices un tanto similares cuando probé hace un año los Island, los vinos personales de Ariel Angelini, que nacen también en la región.

Los suelos en SP pueden combinar arena, caliche y piedras cubiertas de carbonato de calcio pero de un tamaño mediano, en comparación menor a las que solemos encontrar en Paraje Altamira. Ya conocemos también de esa sensación de textura en boca que suelen aportar este tipo de suelos; Seba aclara que ésta, más una parte de racimo entero que utiliza al momento de la vinificación, suman a darle más boca a su malbec, que como aclaramos naturalmente tiende a nacer con un alcohol más bajo.


Hasta aquí la interpretación de uno de los hacedores que más me motivó a elegir esta zona. Ahora bien, de igual manera que tratamos de hablar de la riqueza en nuestra geografía, lo quiero cruzar con la diversidad de interpretación de cada uno de los productores. Otro vino del lugar que también me gustó fue Las notas de Jean Claude de Bodega Tapiz, una de las grande bodegas que tempranamente llegaron . Éste no tiene absolutamente nada que ver en estilo al que describimos anteriormente; un vino con un 91% de merlot de SP (1.350 msnm); evidentemente Jean Claude Berrouet, quien se desempeñó durante 30 años como director de Cháteau Pétrus, y asesorando para esta etiqueta de Bodega Tapiz, también fue seducido y creyó en el potencial del lugar para elaborar un vino que por su fineza, firmeza en boca y complejidad, se ubica claramente en otro nivel entre la media de nuestros alta gama. Quizás, a ciegas, resulte muy difícil descubrir su origen. Pero esa bella frescura que encontré en ambos vinos, producto de la acidez natural que imprime el lugar, colaboran a que mientras al desnudo el Polígonos se mostró sumamente característico, al tope de gama de Tapiz le otorgue una cuerda para seguir desarrollándose y acomplejándose por bastante tiempo más, a pesar que ya cuenta con cinco años encima.


Casualmente mientras preparaba este informe, coincidió la oportunidad de probar muestras 2017 para futuros vinos de alta gama que me acercó Roberto Romano de Barroco. Fue una tanda de 10 vinos, en la que otra vez se me presentó la oportunidad de comparar un malbec de SP en similar instancia con dos de zonas vecinas como Gualtallary y Los Chacayes. Si bien en este caso a la vista eran todos de aspecto bastante similar, en boca claramente al de San Pablo le encontré taninos más suaves y más amables que a los otros dos, y nuevamente aparece esa sensación de seductora fluidez que colabora al largo de boca. Romano me anticipaba que sólo el de Gualta y Los Chacayes seguirán su crianza en barrica; al de SP sólo le espera tiempo en botella. Me parece muy acertada decisión para no perder esa sutileza que lo distinguió de los otros. Un comentario aparte: en lo personal, me dio felicidad distinguir claramente cada uno de los lugares, y no saber cuál elegir, porque todos estaban bárbaros.


La tanda de vinos seleccionados para probar y seguir sacando conclusiones fue la siguiente:

̶ Salentein San Pablo Single Vineyard Chardonnay 2013 Plot N°2
̶ Salentein San Pablo Single Vineyard Pinot Noir 2012
̶ Diego Rosso Pinot Noir 2010
̶ Trivento Golden Reserve Pinot Noir 2016
̶ Polígonos del Valle de Uco San Pablo Malbec 2014
̶ Polígonos del Valle de Uco San Pablo Malbec 2015
̶ Tupun Reserve Single Vineyard Malbec 2014
̶ Diego Rosso Malbec 2010
̶ Trivento muestra de Malbec 2016
̶ Trivento muestra de Malbec 2017
̶ Tupun Singular (Malbec/Cabernet Franc) 2014




Si bien todos fueron elaborados con fruta proveniente de SP, claramente los hubo en diversos estilos: con mayor, menor o nula presencia de madera; con diferente tiempo de crianza, más o menos maduros. Pero hubo un denominador común a todos y fue esa frescura que venimos resaltando desde el comienzo; porque no sólo la encontramos fácilmente en los vinos de perfil más calcáreo, como fue el caso del Polígonos, sino también en los más evolucionados, maduros y con más aromas de crianza en roble, como fueron los casos del SV Pinot Noir y el SV Chardonnay de Bodega Salentein.



Aromas a hierbas silvestres, florales y fruta tirando a ácida se compartieron tanto en las tres muestras de Trivento como en las de Tupun, y a pesar de todos poseer crianza en madera, y que se percibió en las cinco muestras, pero que no opacaron en ningún caso las características mencionadas. Allí, además, me permite percibir una sensación de buen futuro, porque estoy seguro de que tienen mucho por delante el Singular y las muestras de Trivento. Manuel Pelegrina, dueño de Tupun, me decía: “cuando en la bodega catamos diferentes añadas de las diversas fincas, con el tiempo en botella, suelen ser los de SP los que siempre se destacan porque tienden, además de crecer con la guarda, a sentirse siempre jóvenes”. Confirmo esa apreciación cuando tomo el Malbec de Rosso con 10 años encima, y veo que está transitando un gran momento, ya que combina complejos aromas terciarios, pero muy bien sostenidos con toda la fluidez típica de un vino joven, combinación ideal.


En algunas charlas que tuve, todos los productores hablaron de la belleza de SP, algo que pareciera ser menor, pero cada vez más coinciden en que estos lugares tan especiales cuentan con un paisaje único, y con una postal que los diferencia a primera vista de cualquiera de sus zonas vecinas, de igual manera como luego ocurre cuando los empezamos a descubrir degustando sus vinos.


Precisamente le pregunté a Germán di Césare, enólogo de Bodega Trivento, sobre qué percibía él cada vez que llegaba al lugar, y me comentó algo así: “es un zona que me encanta visitar. Desde bodega Salentein llegás subiendo por la calle San Pablo, siguiendo por una huella de tierra te empezás a encontrar al costado del camino con chañares, jarillares, algo de zampa, y hasta tomillo silvestre, que cuando lo pisás te sentís rápidamente rodeado por su perfume; esos viñedos tan altos, inmersos en ese típico paisaje de montaña, todo 100% natural es incomparable; sus piedras, arroyos, el aire en ese lugar te reaviva el alma. Disfruto mucho el simple hecho de sólo acercarme hasta ese viñedo”. Escuchando a Germán, me nació la pregunta: “¿cuánto tendrán que ver esas hierbas que me describe con las que percibimos en varias de las etiquetas degustadas?”.



Volviendo al clima, mucho se habló de una zona extrema, con vinos de PH tan bajo, similar al de un blanco, y lógicamente responsable principal de esa alta acidez natural que tanto destacamos. Éste es un atributo fundamental para una larga guarda. A pesar de que, en función de la marcha climática, puede que algunos años resulte muy complicada la maduración, seguramente habrá otros que no, y serán aquellos que seguramente se destacarán por excepcionales. Constancia, precisión en el trabajo, tiempo, y sobre todo catas verticales, evidenciarán en el futuro ello que les comento, estoy seguro.


Varios hablaron de lo importante que es la menor intervención para que el terroir quede expresado de la mejor manera posible. En lo personal, reconozco que yo también me estoy convirtiendo casi en un fundamentalista de los vinos “más desnudos” en pos de poder percibir más claramente su origen. Sin embargo, no dejo de festejar cuando cada productor aporta su interpretación a través de un estilo que va definiendo con coherencia y dedicación cosecha a cosecha. Es entonces cuando mi experiencia como consumidor me ayuda a distinguir esas dos variables, estilo del productor más lugar de origen, que combinadas suman en complejidad, y en ampliar las chances para lograr día a día vinos más especiales, únicos.


En resumen, para que nos distingamos en el mundo, un vino se debe distinguir previamente de su vecino del valle. Eso sí, ante todo respetando la identidad del lugar. Hoy aquí le tocó a San Pablo. Sólo espero yo también en mi relato, aunque simple, haber sido lo más respetuoso posible de lugar; también soy responsable, nunca más convencido de que esto se lleva adelante entre todos.

(*) Las fotos de las fincas pertenecen a Bodega Tapiz, los mapas y el corte de suelo a Familia Zuccardi.





domingo, 30 de julio de 2017

Vertical + vertical, aprendizaje “al cuadrado”



Hace algunas semanas recibimos por segunda vez en Mr. Wines a Roberto de la Mota, enólogo y socio de la familia Sielecki en Bodega Mendel Wines. Algunos recordarán que su primera visita había sido allá por octubre del 2014. Aquella jornada fue sumamente especial para mí, ya que además de que Roberto estuviera visitando en ese momento mi nuevo espacio, nada menos que para realizar una cata vertical completa de Mendel Unus, luego de ello a ese 1 de octubre decidí tomarlo como la fecha de inauguración oficial de mi cueva. Ese día sentí una mezcla de nacimiento y bendición; siempre lo digo: algo que me marcó un camino que decidí seguir a fondo, y que me gusta contar con orgullo, porque suelo tenerlo muy presente.
Recuerdo también que ni bien habíamos terminado aquella primera vertical del blend, uno de los emblemas de la bodega, ante la “desafiante” pregunta de uno de los asistentes, Roberto se despidió afirmando que la próxima vertical debería ser de Mendel Semillon; blanco que en ese momento me gustaba como otros tantos, pero que tampoco lo sentía de la manera especial que sí lo percibo hoy cuando lo degusto. Esto me indica que mi cabeza, gusto o paladar cambió bastante en menos de tres años, porque si bien aquella noche la propuesta de Roberto pintaba más que interesante, debo confesar que yo poco confiaba en que un blanco pudiera conservarse durante tanto tiempo igual de bien, como lo había demostrado el Unus en esa oportunidad, y que pudiera regalarme la misma satisfacción que me entregó ese gran tinto aquella noche.
Desde aquel 1 de octubre corrieron casi treinta meses; no sé si es mucho, pero sí fue mucho el vino que probé y lo que creo haber cambiado. Fueron meses que, por mi actividad, se vivieron siempre intensos; saben de lo que hablo porque junto a muchos de ustedes lo vivo y lo comparto en el día a día. Así fue creciendo mi ansiedad por finalmente poder concretar aquella vertical prometida de semillon. Estimo que, además de empezar a confiar más en una buena evolución, también aprendí como consumidor a disfrutar de otra manera de los blancos, e inclusive de aquellos con más años de guarda; a valorar aquellas sutilezas que aporta el tiempo, y, al igual que con cualquier tinto, también aprender a identificar en qué parte de la curva de su vida está transitando, para determinar si continuar guardándolo para que crezca en botella o no.
Es cierto que hoy en día también ponemos más foco en distinguir los atributos de algunos blancos y la importancia del lugar de donde proviene la uva; en este caso, un antiguo viñedo de 67 años en Paraje Altamira (Valle de Uco), plantado a pie franco. En aquella primera oportunidad, Roberto también se refirió a los cuidados en su elaboración y al desborre previo a baja temperatura sin protección del oxígeno; de esa manera se oxidan tempranamente los compuestos más oxidables, para evitar que lo hagan en el futuro en su guarda en botella. Sólo un 15% del vino está fermentado en roble francés nuevo Taransaud; este último, además, tuvo seis meses de contacto con lías, sabiendo todo lo que aporta en complejidad, a la boca y a la guarda, lógicamente.


Ahora la única incertidumbre que queda es saber cómo fue realmente su evolución. Finalmente el día llegó: Roberto visitó nuevamente la cueva, en primer lugar para cumplir con aquella vertical prometida que se llevó a cabo junto a los miembros de Argentina Wine Bloggers (AWB). Como si ello fuera poco, la jornada no terminó allí, porque hubo una segunda parte en la que los privilegiados fueron algunos clientes y amigos. Para ello Roberto tenía preparada otra vertical, pero de Mendel Cabernet Sauvignon. Ser dueño de casa lógicamente me permitió realizar ambas degustaciones, así que el disfrute fue “al cuadrado”. Con esto quiero expresar que el placer fue mucho más que el doble, porque pude sacar algunas conclusiones extras.
De los semillon probamos las cosechas 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015 y 2016; del cabernet probamos 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014 y 2015. Para ambos vinos, Roberto aclaró que en cada una de las etiquetas siempre se mantuvieron la misma elaboración y crianza. Por ejemplo, la de los cabernet históricamente combinó 1/3 de barricas de diversos usos, de grano fino y siempre con uva proveniente de su finca de Perdriel (Luján de Cuyo). Todas esas coincidencias año a año fueron ideales para comprobar que, si se encontraban algunas diferencias entre cosecha y cosecha, éstas tendrían que ver principalmente con la marcha climática de cada añada en el lugar de origen de la uva, y de este modo asegurarse de que no obedecían a las prácticas llevadas a cabo.
Para ambas catas servimos todos los vinos al mismo tiempo. La idea era que en copa todos pudieran tener la misma ventaja frente a la aireación. Además, es ideal para ver el comportamiento de cada uno en simultáneo.
Arrancamos con el blanco. Todas las botellas se encontraban en perfecto estado, inclusive el 2009; claro que tanto en nariz como en boca, a medida que transcurría el tiempo y subía lentamente la temperatura en el copón, se empezaban a percibir marcadas diferencias. En nariz, las notas de miel, algo de fruta tropical y, sobre todo, la de frutos secos (avellana principalmente) en los más añejos, se iban resaltando en diferentes medidas; todo muy sutil, pero nítido. En boca, en algunas añadas se percibía claramente su destacada frescura y acidez en el paso. Roberto aclaró que eso tiene que ver directamente con años que fueron más fríos, en los que la uva maduró más lentamente. Esos que se mostraron más vivaces fueron los que resultaron más interesantes al panel de cata, y seguramente sean los que seguirán manteniéndose mejor en el tiempo. En cambio, en algunos años más cálidos los aromas me recuerdan más a fruta tropical, pero madura, y cierto dejo a caucho o goma quemada; esa sensación la recuerdo principalmente en la 2014.
Haciendo memoria, algo similar había ocurrido en aquella vertical de Unus que habíamos realizado en el 2014: los años más fríos, de evolución más lenta en el tiempo, se percibían más vivos. A los semillon 2010, 2013 y 2016 los destaco con esa frescura, aunque el 2016 me genera una incertidumbre extra, ya que fue un año muy especial, según los productores, y así lo encontré también al degustarlo: un vino que se apoya más en la tensión en el paso, aportando largo, y con tonos aromáticos que van más hacia los cítricos. Roberto señaló que en esta añada no se hizo maloláctica, con lo cual esa sensación eléctrica en boca se acentúa. En lo personal, la suma de todo eso me encanta y me anuncia mucho futuro. No me gustaría dejar pasar por alto el momento actual de la 2015; a pesar de que no fue un año tan fresco como los anteriores, en boca se mostró muy expresivo, equilibrado, y con una paleta aromática compleja e interesante que combina mucho de lo mencionado, entre la miel, lo frutal y lo floral.
Un consejo que me gustaría darles a los consumidores es lo atractivo que resultan este tipo de blancos cuando se beben algunos grados de temperatura más arriba de lo que se hace habitualmente. Les aseguro que es otra historia cuando empiezan a abrirse en aromas; además de funcionar acompañando algún plato, porque suelen ser bien gastronómicos, también pueden disfrutarse muy bien solos y casi a la temperatura de un tinto liviano y joven.
Al terminar la cata de blancos, acomodamos rápidamente el salón para que ingresara el segundo grupo y comenzar con la vertical de Mendel Cabernet Sauvignon. Ni bien servidas las siete cosechas, lo llamativo fue no registrar de entrada las diferencias que sí habíamos encontrado con los blancos. Tuve que repasar más de una vez cada uno para tratar de encontrar mi preferido y sacar algunas conclusiones. Se me ocurre que, al menos en esta instancia, la variedad dejaba transparentar mucho menos las diferencias entre una añada y otra; posiblemente, los años en botella colaboran para que algunas se puedan despegar y distinguir en calidad.
Entre mis elegidos estuvieron el 2013 y 2015, o bien fueron lo que me dijeron más en la primera impresión. Francamente no pude tomar mucho más registro; imagínense: dos verticales en mi casa, sólo en un par de horas, tratando de no dejar pasar por alto cada comentario de Roberto, mientras lógicamente colaboraba con el servicio.


Pienso en la cata de Unus, blend que, a pesar de tener cabernet sauvignon en su composición, igualmente supo reflejar de manera franca y clara cada año. Quizá sea responsable de ello el malbec, que ocupa el mayor porcentaje de ese corte; mientras que el cabernet, no menos importante, aporta estructura y boca, y por ello resulta fundamental; en síntesis, es igual de efectivo en su función, pero mucho más en silencio.
Feliz, al igual que todos los asistentes, esta intensa y única jornada fue coronada con un petit verdot (PV) que Roberto utiliza en muy bajo porcentaje en el corte de Unus, del cual tiene vinificado como varietal sólo una barrica, y que lógicamente, al ser tan poca cantidad, nunca sacó a la venta. Esta variedad poco a poco me viene enamorando cada día más, y a éste me animo a ubicarlo entre los PV que más me gustaron en mi vida. Tiene una particularidad muy especial, que seguramente colabore para diferenciarlo del resto de los vinos que hay en el mercado con esta cepa: proviene de un clon que Roberto había traído de Chateau Margaux (Burdeos, Francia) allá por la década del 80, cuando poco y nada se sabía de esta cepa por nuestros pagos. Seguramente todos los clones que se importaron posteriormente no tienen nada que ver con éste. El vino proviene de un viñedo actualmente de 17 años, ubicado en Mayor Drummond (Luján de Cuyo) frente a la bodega; posee una crianza en barrica de doce meses, similar a la que se le hace al Mendel Cabernet Sauvignon.

Fue un lujo que Roberto haya traído para compartir semejante joya que sólo entrega 300 botellas al año, y que las conserva guardadas en su cava para compartir con sus amigos en momentos especiales. Desde ahora me hace empezar a soñar que la próxima vertical en la cueva la tenga como protagonista, para que el placer y el aprendizaje se sigan potenciando “al cubo”. 

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