jueves, 4 de mayo de 2017

"La nueva tribu de mi ciudad”

Son muchas las veces que en charlas o notas, ya que me gusta mencionarlo, suelo hacer referencia a mis compañeros de la “ruta del vino”. Al hacerlo, no estoy hablando precisamente del clásico circuito de bodegas que solemos recorrer cuando realizamos algún viaje enófilo o visitamos un destino turístico relacionado con el tema.
Vivo en la Ciudad de Buenos Aires, donde residen, en una superficie de 200 km2, más de tres millones de habitantes, y no hay espacio para establecimientos que elaboren vino, mucho menos para viñedos. La bodega más cercana se encuentra aproximadamente a no menos de 400 km, dentro de la misma provincia pero retirada de la ciudad. Para llegar a la región vitivinícola más importante de nuestro país, que está ubicada en la parte noroeste de otra provincia, Mendoza, debo transitar más de 1.000 km de ruta desde mi ciudad.
La “ruta del vino” a la que hago referencia, si bien no existe físicamente, creo que cada día se puede sentir más por estos pagos. Siento que soy parte de ella desde aquella vez que comencé a interesarme de una manera más especial por el vino. A partir de entonces empecé a recorrer un camino, que al principio lo transitaba junto a algunos pocos, o al menos eso era lo que me parecía a mí. Hoy, cuando están por cumplirse casi dos décadas de aquella primera vez, luego de que el propio vino me haya regalado un lugar de privilegio que me permite observar desde un ángulo especial a aquellos compañeros de ruta, me doy cuenta de que se multiplicaron por tanto que ya es imposible contarlos.
Dejaron de ser un puñado de fanáticos del vino, para transformarse en lo que para mí ya es un nuevo grupo social en mi ciudad, que va mucho más allá del comprador y consumidor clásico. Este grupo, que tranquilamente me animo a identificarlo como una nueva “tribu urbana”, comparte ciertas características que lo distinguen del resto de los consumidores. Ser fanáticos de la más noble de todas las bebidas no sólo los ubica en un puesto de avanzado degustador, sino que cada vez son más protagonistas en esta cadena o “engranaje del vino” que nos une a todos: productores, comerciales, comunicadores, consumidores.

Perfil y características a destacar
Los fanáticos de los que hablo no prueban menos de 600/700 etiquetas diferentes al año, y en muchos casos pueden duplicar o triplicar ese número, ya que suelen ser asiduos concurrentes a degustaciones, presentaciones y ferias, o miembros de una o más cofradías. El circuito que nos propone el vino en nuestra ciudad viene creciendo constantemente y es más que tentador. Las alternativas son cada vez más variadas y, si uno se lo propone, podría ocupar su agenda con el 80% de los días de cada semana; basta con empezar a recorrer el circuito para enterarse de cada una de ellas. A esto se suman los posibles viajes enófilos a las diferentes zonas vitivinícolas, que no suelen ser menores a una o dos veces al año, y se caracterizan precisamente por su intensidad: días enteros probando, además de vinos del mercado, primicias próximas a salir o perlas que quizás nunca lleguen a la góndola.
Creo que ni siquiera la mayoría de la gente que trabaja en la industria tiene semejante “training”, dedicando tantas horas semanales a probar y probar. Si empezamos a acumular la cantidad de años en que ese individuo mantiene tal entrenamiento, ¿se dan una idea del nivel de registro que puede llegar a tener en el transcurso de una década? Si tomamos en cuenta que en el vino la práctica es casi todo, a medida que suma experiencia, ese consumidor claramente puede opinar con suficiente criterio sobre temas específicos como añadas, zonas, climas, fincas, momentos, profesionales, tendencias, estilos, y una serie de temas de seguro muy lejanos aún del interés del resto de la gran paleta de consumidores.
Para definir mejor este perfil, quiero destacar que estos fanáticos acostumbran a mencionar a los profesionales de la industria por sus nombres de pila o apodos, sin la necesidad de aclarar mucho más para que la otra parte comprenda a quién se refieren. Te hago una prueba para saber cuán cerca estás de este perfil: Ale, El Gato, Seba, El Colo, Mati, Daniel, Don Ángel, Carmelo, Don Raúl, Los Miche, El Flaco, Marcelo, El Pelado, Roge, Edy o David. Decime a cuántos conocés y te diré tu grado de fanatismo.
Estos fanáticos, a quienes todavía no se los identifica con ningún nombre, aunque por una cuestión personal me encantaría llamarlos “cueveros”, empiezan a ser reconocidos, además de por sus pares, por los propios protagonistas de la industria. Entre los eventos que suelen desarrollarse en la Ciudad de Buenos Aires, ya que buena parte de ellos se concentran ahí, los viajes a las diversas zonas vitivinícolas y, sobre todo, la gran actividad que buena parte de ellos despliegan en algunas o en todas las redes sociales (Twitter, Facebook e Instagram), van tejiendo una relación cada vez más solida con los propios profesionales (enólogos, agrónomos, bodegueros), la cual en muchos casos llega a la amistad.
Claramente la dinámica de las redes sociales ha sido fundamental, porque aceleraron y potenciaron la comunicación de las actividades de las diversas partes. Gracias a ellas soy un testigo cotidiano de lo que les cuento. Además de fuente de consulta, las utilizan para compartir sus experiencias con cada vino que prueban. Así, poco a poco, su rol de consumidor se va transformando casi sin querer también en el de comunicador y –por qué no– en el de formador de opinión entre quienes siguen su actividad.
Fanáticos de los vinos on line, enófilos 2.0, cueveros, llámalos como quieras. Lo claro es que estos tipos que pagan por los vinos que beben y los comentan en las redes sociales llegan instantáneamente a potenciales interesados y, además, incentivan su consumo con buenos comentarios, cuidadas imágenes y data fresca y precisa. Creo que los productores de vinos de gama media/alta no pueden tener un socio mejor que esta nueva tribu urbana que les estoy presentando.

En el difícil momento que está atravesando nuestra industria, con la gradual baja en las ventas y en el consumo, deseo que se “viralicen” fácilmente, es decir, que se multipliquen, ya que la fuerza de esta tribu es doble. Ellos cumplen con dos de las funciones del engranaje que les mencioné, la de consumidores y la de comunicadores. Además, no le suman ningún costo adicional al productor, todo lo contrario, ya que lo único que necesitan para funcionar es el combustible de la pasión.

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