lunes, 6 de marzo de 2017

"Tintillo, se abre una puerta a nuevos consumidores"

El Tintillo es un nuevo vino de Bodega Santa Julia que salió al mercado hace apenas algunos meses, para ser más preciso, en diciembre de 2016. Por el momento, su destino de venta está focalizado para restaurantes y vinotecas. Más allá de un diseño de etiqueta y de un nombre que para algunos pueda resultar bastante particular, algo que llama más aún la atención es que, si bien se trata de un tinto, sobre su etiqueta, debajo del nombre, lo segundo que se lee es “Bébase Frío”.


Podría quedarme con la sugerencia de enfriar, beber y disfrutar, que de hecho fue lo que hice con la primera botella: gustó tanto entre los presentes que “voló” mucho más rápido de lo imaginado. Sin embargo, desde mi experiencia como consumidor, comunicador y vendedor de vinos, creo que el Tintillo puede ser la puerta de entrada a un nuevo estilo, sobre todo para un amplio espectro de consumidores masivos que hasta hoy pueden sentirse lejos de ser seducidos tanto por el nombre como por la sugerencia de beber frío. Más aún, su tipo de cierre screw-cap (tapa a rosca), a pesar de ser cada día más habitual y acorde sobre todo para vinos jóvenes, sigue siendo resistido por muchos.
Este corte cosecha 2016, en cuya contraetiqueta se aclara que fue elaborado con uvas de malbec y bonarda fermentadas en granos enteros, de alguna manera resume el proceso por el cual fue vinificado, técnicamente conocido como “maceración carbónica” (MC). La MC es una técnica que consiste en dejar que fermenten dentro del tanque los racimos enteros sin despalillar ni prensar previamente. De este modo, el peso de los racimos ubicados en la parte superior genera que las uvas que están debajo se rompan, liberando parte del mosto que comienza una fermentación alcohólica (FA). De esa fermentación se libera el dióxido de carbono (CO2) que desplaza el oxígeno que hay en el tanque y, en ausencia de este último, las levaduras pasan de una respiración aeróbica a una anaeróbica, lo cual propicia la atmósfera ideal para que cada grano inicie lo que se llama su propia fermentación intracelular.



Los vinos obtenidos a partir de este proceso suelen ser bien frutados y con menos contenido de taninos. En el caso del Tintillo, el proceso de MC duró cuatro días, y posteriormente se realizó el prensado y se completó la FA. En similar segmento de calidad, desde hace algunos años han llegado al mercado algunas etiquetas con este tipo de elaboración, pero siempre con partidas acotadas y, por ende, con vinos destinados a un pequeño nicho de consumidores, seguramente el de los más inquietos o el de los constantes buscadores de novedades. Este público los supieron reconocer como tintos livianos, refrescantes, de acidez vibrante, bebibles; quienes saben de lo que estoy hablando, sospecho que terminarán siendo pocos en proporción a la cantidad de consumidores a los que podría llegar a conquistar el Tintillo, en cuya primera partida nos entrega 30.000 botellas.
Todos sabemos la capacidad de producción de la bodega que puede multiplicar este número a la cantidad que sea demandada; pero no es sólo una cuestión de volúmenes y alcance logístico, porque a las cualidades que enumeré típicas de los “tintos de sed”, en el Tintillo se agregan las siguientes: paladar con volumen, redondez, suaves taninos y acidez moderada. Estos atributos lo ubican en un punto intermedio, que lo hace bien amigable, fácil de disfrutar y, sobre todo, de entender para una media importante de consumidores.


El Tintillo, además de un corte de cepas, es un blend de zonas. El malbec del Valle de Uco, fresco, aromático, de buena acidez y firmes taninos naturales, se combina con el bonarda de Santa Rosa, desierto al Este de Mendoza, zona más caliente, de un perfil algo más maduro, que aporta centro de boca y una sensación más golosa. Aunque en el resumen final del corte resulte un vino seco, fresco, de gran balance y frutuosidad, que imagino para beber dentro del año, esto no quiere decir que se vaya a “caer” rápidamente, porque se percibe con nitidez muy buena calidad de fruta. De cualquier modo, creo que dentro del año será cuando demuestre su máximo esplendor.
Charlando con Rubén Ruffo, enólogo responsable de Santa Julia, me comentó que desde los comienzos de la bodega solían hacer vinos de MC, pero siempre para mercados externos. Si bien tenían experiencia, hoy la uva utilizada para el Tintillo fue pensada originalmente para otro nivel de vino superior: de hecho, los rendimientos oscilan entre 100qq/ha en el malbec y 120 qq/ha para el bonarda. Ruffo aclaró que, al tener el malbec una piel bastante más fina que el bonarda, los procesos de MC hay que efectuarlos forzadamente por separado, para luego armar el blend, que en este caso es de 50 y 50.
Vuelvo al tema de la degustación. A pesar de que la ficha técnica de la bodega me recomienda beberlo —o, mejor dicho, sacarlo de la heladera— entre 11° y 12°, quise experimentar y probar cómo funcionaba en un espectro mucho más amplio, por ejemplo, entre 8° y 18°. El primer sorbo lo hice con el vino a 8° y me resultó placentero; eso sí, allí lo disfruté puramente por sed, con sensaciones similares a las de un blanco seco pero con volumen; a pesar del frío, su acidez nunca me molestó. A medida que la temperatura comenzó a subir, me pareció que entre 14° y 15° fue la ideal, cuando más sabroso me resultó. A partir de los 11/12° empecé a imaginarlo acompañando algún alimento, comida de picnic (tartas, sándwichs, picada), pizza a la piedra, vegetales grillados o salteados; sobre todo platos fríos. Entre los 16° y 18° me animo a acompañar hasta algún corte de carne magra (frío o caliente).

                                       

Son pocos los vinos que pueden adaptarse a semejante flexibilidad simplemente con variar la temperatura de servicio. Sabemos que muchos, si se escapan de los 17°, fácilmente tienden a sentirse alcohólicos, y que a bajas temperaturas suelen remarcar sus taninos y aplacar la intensidad aromática, aunque en el caso de los criados en roble la madera también tiende a sentirse en el primer plano cuando se los sirve fríos.
Otra nota de color es que, además de la prueba de las temperaturas, también lo degusté en un vaso de vidrio común. Me sorprendió que el vaso no opacara sus atributos, sabiendo que en la mayoría de los vinos de calidad siempre es notable lo que le suma un lindo copón. Vuelvo a pensar en el picnic, un escenario poco recomendable para los copones de cristal.
                               


Luego de la experiencia propia, y de haberla compartido junto a otros amigos con diversos niveles de interés y conocimiento, me animo a afirmar que por su estilo hasta puede llegar a gustarle a gente que inclusive nunca llegó a disfrutar plenamente de los tintos. Por todo lo detallado, se darán cuenta de que, al menos para mí, el Tintillo es un golazo. Remarco que, a mi favor, en ningún momento mencioné la cuestión del cambio climático que va sufriendo nuestra región: cada vez tenemos menos días del calendario para los tintos de invierno, pesados y corpulentos. 

La gente de la bodega también está muy conforme con la recepción que tuvo el vino en este primer trimestre de vida. Así me lo confirmó su “Brand Ambassador”, Nancy Johnson. Además de aplaudir a Rubén Ruffo, a Seba Zuccardi y al equipo de Santa Julia por el excelente resultado, creo que aquí también fue valioso el convencimiento que tuvieron aquellos pequeños productores al momento de elaborar sus primeros MC de calidad, y que poco a poco hicieron crecer ese nicho de seguidores. A partir de entonces comenzó a funcionar algo que me gusta destacar a nivel país, lo cual trasciende marcas, bodegas y profesionales. Lo importante es que se hagan cosas, se plasmen proyectos, ideas nuevas que sirvan de inspiración, para hacerlas crecer año a año, y —por qué no— para que otros las mejoren, las adapten, y así simultáneamente contagie a nuevos productores. Ahora hablamos de vinos, pero también pueden ser formas de comunicarlo o comercializarlo, obviamente siempre privilegiando qué es lo mejor para que crezca nuestra industria de manera genuina. La familia Zuccardi es un claro ejemplo de todo ello: trabajo, investigación, consistencia, comunicación. Esos resultados, que un nicho bastante especializado venimos observando en su alta gama, también se van reflejando en sus vinos masivos, como el Tintillo, una puerta nueva y grande para nuevos consumidores.

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