miércoles, 18 de marzo de 2020

“El lugar lo hacen las personas"(el otro terroir)



Hace justo quince años, mientras tenía a una de mis niñas bien chiquita y la otra en la panza de mi señora, embalábamos en su totalidad el departamento donde vivíamos en Caballito con la idea de irnos a vivir a Florentino Ameghino; un pueblo de no más de 12000 habitantes ubicado a 420 km de la Ciudad de Buenos Aires.

La búsqueda de mayor calidad de vida era el motivo, sobre todo para que las niñas tuvieran una infancia más al aire libre, lejos de los miedos constantes de la gran ciudad, más tranquilidad para todos en definitiva.

Si bien en ese momento mi berretín por el vino ya se había despertado, era consciente que en pos de la paz y tranquilidad, estaba resignando todo aquello que me regalaba a diario el mundo del vino. Además, estaba seguro que sería imposible, en el año 2005, pretender vivir de comercializar vinos de marcas que eran nada conocidas, en un lugar con muy pocos habitantes y siendo yo un recién llegado.

Seguramente por la necesidad económica lógica de vivir, hubiera aprendido sobre otra actividad, animándome a confirmar que nunca hubiera desarrollado nada de lo que hice en Buenos Aires durante los últimos 15 años.

Por un motivo ajeno a mi pareja y a mi, ese destino nunca se cumplió, nos llevo bastante tiempo desarmar aquellas, cajas que realmente eran muchas, mientras algunos sueños se empezaban a derrumbar. Que sea como Dios quiera pensamos y aquí seguimos. En la ciudad de la furia.

En lo personal, como ustedes ya saben, desde hace largo rato haciéndome un pequeño lugar y un camino a través del vino.

Arranco un poco con mi historia, cuando en realidad lo que pretendo es hacer una intro para contar la de otros, probablemente la que en el 2005 me hubiera gustado empezar a mi, pero como dije creo que no hubiera sido posible.

Pero hay gente que sí la está haciendo, y seguramente haya muchos; hoy les quiero contar sobre dos de ellos, a los cuales ya conozco bastante pero quiero que ustedes también los conozcan, ya que pueden llegar a ser inspiración para otros que se encuentren en escenarios parecidos.

Al oeste de la provincia de Buenos Aires, cercano al Partido de General Villegas, se encuentra la ciudad de América, justamente no está tan lejos de Ameghino porque casualmente se encuentran a apenas 100kms de distancia entre sí, y en ambos casos la cantidad de habitantes no es tan lejana, porque la primera debe contar con no mucho más de 14000.


Y fue más o menos para la misma época en que con Nancy teníamos planeado emigrar, que Javier armaba su primer comercio, una despensa polirubro, de esas que hasta maxikiosco tienen, ubicada en el centro de la ciudad de América, y si bien el local no era tan grande, en la misma siempre tuvo vinos, los que el espacio acotado le permitió. Vale destacar que le interesaba mucho tenerlos y ofrecerlos a sus clientes.
Pero fue exactamente hace tres años que Javier hizo un cambio importante en su negocio ya que observaba que mientras alguien se detenía para elegir un vino en la despensa, el comentario o broma de algún vecino presente lo retraía a no comprar y fue ahí cuando pensó que era necesario tener un espacio donde el cliente que llegara con intensiones de llevarse alguna "botellita" pudiera relajarse y disfrutar de ese momento tan especial como es la elección.

El espacio elegido para ello fue un depósito pegado a la despensa, que gracias a la ayuda de seres queridos en poco tiempo se transformó en el nuevo "Wine Shop", o "la covacha" como le gusta llamarlo a él. Conservó el antiguo piso de pinotea, el escritorio del abuelo, y no hay día en que no piensa en detalle para mejorarlo, temperatura ambiente, luces y música que no puede faltar me aclara.

Un amigo cercano a la covacha lo contacta con algunos productores que no conocía hasta el momento, y un panorama que se empieza a despejar cada día más, notaba esa sensación de que la cosa puede ir por otro lado, al abrir el espacio para nuevos y pequeños productores; mientras la covacha empezaba a ser testigo de como aquellos "compradores de vinos" se iban transformando cada vez más interesados en informarse, aprender, conocer con más profundidad que es lo que van a descorchar antes de hacerlo.


 

“Poder traer otros vinos a mi ciudad y el momento en que la gente descubre la vinoteca al final de la despensa, son las dos cosas que más me llenan de alegría” dice.

Me aclara que además de tener una enorme variedad de etiquetas de vinos, más de 550 seguro, y donde la mayoría son poco masivas, tiene un rincón para fina cristalería, habanos y buena selección de destilados.

Javier se muestra muy agradecido con los clientes, amigos, seres queridos que estuvieron siempre cerca de él, y le ayudaron a llegar hoy a tener el negocio que soñaba, para poder trabajar día tras día en lo que más le gusta.


A pesar de todo ello, creo que él aún no sabe que lo mejor está por venir, porque junto a la vinoteca en un espacio de 42m2 , el cual antiguamente utilizaba como deposito, esta armando una sala de cata.

Agrandar el espacio para arrimar más gente al vino, público que quizás nunca se hubiera acercado sino fuera por cada una de las nuevas iniciativas de Javier. Imaginen si continuaba con la despensa original? Cuánta gente habría perdido la posibilidad de conocer nuevos vinos y de aprender más sobre ellos?

En los vinos solemos hablar de terroir, que las personas forman parte importante y decisiva en el mismo. Entonces, ¿por qué en nuestro terreno de las vinotecas a veces las personas no aprovechan para sumarle la impronta que lo pueden hacer especial?


Recién les presenté un caso, pero ahora quisiera contarles sobre otro, y es en la ciudad de Olavarría, lugar mucho más grande que el anterior, porque la cantidad de habitantes supera los 110000, pero al mismo tiempo también bastante alejado de Buenos Aires y sobre todo de su realidad. Esta última, para muchos, pareciera que fuera única, y me lo hacen sentir cada vez que me repiten la frase "Dios atiende en Buenos Aires".
Pero de vuelta, sin embargo, creo que son las personas que pueden cambiar ésto, al menos un poco, lo que si estoy seguro que no debería decirse nada si al menos no se hace el intento.


Obvio que se necesita tiempo, pero sobre todo trabajo, imaginación, ganas y más trabajo. No digo que sea fácil, así como tampoco es fácil cuando un productor se va a hacer un vino a mas de 2000 metros de altura para lograr algo con una personalidad especial, que si fuera por comodidad o seguridad nunca asumiría tanto riesgo, paciencia, o la gran inversión que ello requiere, innumerable cantidad de horas de camioneta seguramente tendrá que meterle hasta que llegue su primera buena cosecha.


Y si bien tiene todo tanto que ver para mi, vuelvo al plano original, que son estas "vinotecas especiales", que precisamente existen porque hay personas que se ocupan de hacerlas especiales.



Hablando de infinidad de horas, “muy difícil fue el arranque” - son las primeras palabras que salen de Luciano Starface el creador del "Club del Corcho" de Olavarria, a quien a partir de ahora lo empiezo a llamar "el corcho" aunque sus seguidores más fieles le digan "el pela"



Sigue: “partiendo de un alquiler muy caro, la intención de vender vinos nada conocidos para la mayoría de los consumidores y yo que al tener otra actividad era muy poco el tiempo que le podía dedicar; transcurrieron dos años y medio, que a pesar de hacer diversos eventos y en algunos casos tuvimos hasta visitas de lujo, no solamente no estaba claro el destino, sino que la venta de vinos seguía sin levantar. Tuvimos que parar la pelota, analizar la situación y replantearnos las cosas”.

Y continúa “si bien para mi socio de aquel momento la solución o alternativa era volcarse a las marcas comerciales, yo no estaba dispuesto a eso; estaba convencido que lo que faltaba era otra cosa, y una se llamaba comunicación, y que esa era la primera llave”, me afirma con seguridad.



Aumentó considerablemente la frecuencia de las degustaciones, dándole más protagonismo al vino, pero siempre comunicándolo desde bien abajo, mejor dicho en el mismo nivel donde la gente se sintiera cómoda, jamás desde arriba. Otro punto importante fue ver como acercar al productor más a la gente, si en una presentación no pudiera estar presente el mismo, buscar la forma de tenerlo cerca, así sea con una llamada telefónica, videollamada o audio de Whatsapp.


El proceso de trabajo terminó triunfando pero después de por lo menos cuatro años. Logró que aquella "chispita" que en un principio prendió en una decena de personas, poco a poco se fuera multiplicando, porque la gente a la vez también fue cambiando, involucrándose mucho más, sintiéndose parte y con el boca en boca acercando a nuevos amigos al Club del Corcho (CdC).


Vuelvo a comparar con la elaboración de vinos porque los hay muy buenos y de todo tipo pero cuando encontramos alguno que se destaca, y uno se empieza a interiorizar con el hacedor, empieza a comprender el porque de las diferencias. En el caso anterior las personas interpretando al lugar, en el nuestro, el de las vinotecas, construyéndolo cada uno a su manera. Digo esto porque también existen aquellos que se quedan sobre la comodidad de un mostrador, una vidriera iluminada, o una contundente promoción. Es decir que nunca intentaron construir nada, mucho menos tratar de diferenciarse.

Quería conocer más sobre el CdC y primero le consulte a Luis Scipioni, un "corchense" de la primera hora, de esa manera les gusta que los llamen a los seguidores del Club.

“El Club del Corcho para Olavarría es una propuesta muy distinta, aquí no hay el movimiento de otras ciudades más grandes. Uno estaba acostumbrado a las vinotecas más clásicas, en donde se encontraban marcas comerciales y en donde el dialogo con el vendedor solía ser bastante acotado. Pero con "el pela", haciendo referencia a Luciano, apareció una propuesta distinta; con vinos no convencionales, de proyectos más chicos, y siempre con la posibilidad de conocer o al menos escuchar a los enólogos o hacedores que están detrás de cada uno de ellos”
Conocer a esas personas te contagian pasión, probar nuevos y distintos vinos te cuestiona constantemente lo que uno toma, te mueve la vara, te corre los limites, el CdC le ha dado otra dinámica a aquellos que nos gusta mucho el vino y ha cambiado un poco la forma en que nos entendemos con esta bebida.


Fue Mónica, otra corchense, la que se expreso sobre quizás una cara más social del Club: “El CdC es un gran hallazgo en mi vida, un lugar donde la paso genial, al que espero cada semana saber cual será la próxima degustación para poder anotarme”. Y confiesa que “muchas veces nos corremos carrera para ver quién se anota primero, porque lógicamente las degustaciones tienen un cupo limitado”.



Continúa diciendo “somos desconocidos que nos hicimos amigos a través de una copa de vino, es un lugar de disfrute ante todo, mientras vamos aprendiendo de a poco sobre vinos, y en donde me hice amigos que no hubiera pensado hacerlos fuera de ese lugar. Compartimos viajes y momentos únicos, para mi es muy importante porque el club tiene una energía muy especial”.

De una de esas charlas resaltó lo siguiente "en el CdC se genera una situación muy copada para compartir y opinar sobre el vino sin ser un experto", es un buen punto éste, para que nueva gente se vaya sumando sin temor por poco conocer.


Si hubiera visto yo con anterioridad el trabajo que realizan emprendedores como Javi o Luciano en sus respectivos sitios, me hubiera inspirado a que me animara a encarar mi sueño relacionado al vino pero en Ameghino. Es cierto que aquello ya pasó hace rato para mi, pero lo más importante hoy es que estas experiencias puedan sumar a aquellos que necesitan dar ese paso y que no saben exactamente como hacerlo.


"El lugar lo hacen las personas" era el título de la nota, estoy seguro que la mayoría esperaba leer sobre algo que no fue, pero esto no es menos importante, precisamente se necesitan de muchos lugares como estos para vender aquellos "vinos especiales, diferentes o de terroir" con los que los enganché en el titulo.
Si dejamos, como dicen algunos, que Dios atienda sólo en Buenos Aires es  responsabilidad nuestra que pueda atender en todos lados.


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